En 2018 se cumplieron 50 años del movimiento estudiantil de 1968 y la academia lo conmemoró con gran actividad: conferencias, mesas redondas, artículos, testimonios, producciones audiovisuales, entre otras cosas. A pesar de la variedad, fue posible observar que la mayoría de las narrativas conservan las mismas lecturas: el México autoritario, el impulso transformador de 1968 y su impacto en las ciencias sociales en el país y en el mundo.
Ariel Rodríguez Kuri tomó su tiempo para brindarnos una lectura diferente. El libro Museo del universo. Los juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968 ofrece una nueva perspectiva, llena de matices, que permite conocer una historia más compleja de lo que suele decirse al respecto. Su trabajo hace recordar el estilo de los del propio Hobsbawm, pues le da un sentido diferente a elementos aparentemente inconexos o pasados por alto desde la narrativa tradicional.
Rodríguez Kuri teje finamente la relación entre los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil. Propone entenderlos como procesos complementarios, ya que la narrativa tradicional no es capaz de explicar su relación. Suele entenderse como si la conexión entre ambos procesos fuera superficial, antagónica o un simple recordatorio del contexto. El autor insiste en que fueron procesos simbióticos, pues el movimiento mexicano adquirió características específicas gracias a la presencia de los Juegos Olímpicos. Asimismo, los Juegos hubieran sido realmente distintos sin la presencia de los jóvenes.
Esta compleja relación que se desenvuelve entre lo internacional y lo nacional, así como entre lo planeado y lo inesperado, se mostró en el México de 1968, razón por la cual Rodríguez Kuri titula su obra Museo del Universo. Un museo, dice el autor, es un espacio en donde se conservan y exponen objetos valiosos sea para contemplarse, estudiarse o apreciarse. Además, tienen historia y reúnen en un espacio un todo de una cultura.
En 1968, la Ciudad de México devino un museo que presentó y representó el gran estado de la cuestión -de la ciudad, de la nación, del Estado, del mundo, del deporte, de la competencia, del arte, de la violencia, del cinismo, de los límites y alcances de una década (p. 13).
Este proceso manifestó una metamorfosis mexicana en donde se construyó un público más allá del “pueblo” y donde se desarrollaron otro tipo de dispositivos culturales para la discusión de la cosa pública (Rodríguez, 2019). “Los juegos olímpicos y la protesta estudiantil (...) constituyeron una revolución de la manera de comunicar, significar y decir en México, el universo que se expandió fue el de las palabras y las persuasiones” (p. 38).
El autor enfatiza que el movimiento estudiantil en México presentó particularidades con respecto a la agenda global. Aunque se inscribió en una inercia que venía fuera de las fronteras nacionales donde las demandas partían desde el bienestar, no fue un movimiento propiamente contracultural. Se trató, más bien, de un movimiento por la garantía y cumplimiento de derechos previamente existentes, pero no garantizados.
Como es de esperarse, la obra es basta en contenido, el cual se desarrolla a lo largo de ocho capítulos. El primero de ellos se encarga del problema para obtener la sede olímpica. Detalla el juego de la geopolítica, el papel del Comité Olímpico Internacional (coi), así como la experiencia de la burocracia olímpica. El autor resalta una idea que se sabe, pero se deja pasar: “los Juegos son mucho más que juegos” (p. 22). Son un fenómeno global que refleja el estado de las relaciones internacionales. Con ello, pretende desnaturalizar la presunta obviedad de que la sede sería para México.
El segundo capítulo resalta que obtener la sede no era la única complicación, sino la organización de los Juegos en territorio nacional para que respondiera a las expectativas globales. El problema era adaptar los Juegos y la ciudad no sólo a lo que a infraestructura se refiere, sino en cuanto al público que sería testigo y participante de los mismos y que, sobre todo, sustentaría la identidad de la Olimpiada del 68. La identidad que pretendió ofrecer México era la imagen de un país empeñado en conciliar lo universal y lo propio. México se presentó como “hermano de todos los países de la Tierra”, en donde los Juegos eran “la fiesta de todas las naciones”.
El tercer capítulo introduce, en términos narrativos, un primer contrapunto al ambiente universal de los Juegos Olímpicos que el autor había construido hasta el momento. Señala que un incendio en la Catedral Metropolitana el 16 de enero de 1967, que dejó destruido casi en su totalidad el Altar del Perdón y el coro de la catedral, abrió paso a una compleja discusión sobre su reconstrucción o restauración. En ella se reflejaron las “tensiones subterráneas de una cultura” que ponían sobre la mesa la identidad colectiva de México y los públicos existentes que podrían no coincidir con aquel público con aspiraciones de universalidad que se estaba gestando para los Juegos. Esta discusión, además, reveló un ambiente político de apertura y libertad para participar en las discusiones colectivas.
En el cuarto capítulo se encarga de analizar la amenaza del boicot a los Juegos por las demandas internacionales de racismo. También pone atención en el papel contradictorio de la televisión como medio para la comercialización y la transmisión de los Juegos Olímpicos, pero no como medio de información sobre las protestas y los conflictos del movimiento estudiantil. Con este capítulo termina de presentar el ambiente de los Juegos, cómo hubiera sido sin el cruento 2 de octubre, pero también muestra las actitudes del gobierno hacia lo que consideraban amenazante para el cumplimiento del compromiso internacional más importante de México en el siglo XX.
El capítulo cinco desarrolla el inicio del movimiento estudiantil, el 22 de julio de 1968 en La Ciudadela. Pone atención en la violencia como elemento clave para la creación de un espacio de interlocución y resolución de los conflictos; y para la constitución del actor estudiante, compuesto por jóvenes con agravios, aunque no fueran estudiantes. De igual forma, señala la incapacidad material y simbólica de la policía para manejar el conflicto, lo que llevó a la presencia del ejército en las calles.
El sexto capítulo puede ser especialmente ilustrativo en la simbiosis de los Juegos y el movimiento estudiantil, pues explica las movilizaciones y protestas estudiantiles en el marco del ambiente olímpico que se vivía en la ciudad. La presencia de los jóvenes que se adueñaban de las calles a través de la protesta, los panfletos y la movilización en medio de un ambiente festivo. Incluso, señala la novedad del pliego petitorio que demandaba la garantía y cumplimiento de derechos previamente existentes; la rendición de cuentas; y un rasgo característico: establecer un plazo de 72 horas para la respuesta de las autoridades.
El séptimo capítulo evidencia el cambio de actitud del gobierno de Díaz Ordaz. El ambiente festivo de agosto se esfumó cuando llegó septiembre. A partir de este momento la actuación del gobierno se tornó conservadora, pues a medida que se acercaban los Juegos crecía la paranoia de enfrentar un sabotaje desde adentro. Enfatiza que los estudiantes no eran enemigos de los Juegos, no querían sabotearlos ni atacarlos, aunque desde el gobierno se percibían como una verdadera amenaza. Su intención no era tal, porque formaban parte esencial del público al que aspiraban los Juegos.
Finalmente, el capítulo ocho se encarga del fin del movimiento estudiantil. Sostiene que “el impulso homicida que desembocó en el 2 de octubre vino del interior del propio gobierno” (p. 403). Entre el 27 de septiembre y el 2 de octubre, el gobierno se encargó de construir un ambiente caótico para que las personas encontraran necesarias medidas más fuertes, como la de Tlatelolco, con el fin de retomar la paz y el orden. Más aún, resalta que el papel de las Guardias Presidenciales fue clave y su actuación representó el cisma dentro del ejército y la traición a éste.
La intención del autor es mostrar el estado del mundo y la apertura del México autoritario ante éste. Pretende mostrar lo que significa obtener la sede de los Juegos Olímpicos y lo que significó para México en particular. Su narrativa deja claro el esfuerzo del gobierno mexicano por cumplir el compromiso internacional más importante del siglo XX para el país; por lograr la creación de un público que sostuviera la imagen que pretendía ofrecer.
De esta manera, pretende dimensionar el impacto, la ruptura que significó el movimiento estudiantil para el gobierno de Díaz Ordaz. Tanto los Juegos Olímpicos como la generación de los estudiantes del 68 eran las máximas expresiones del Estado de bienestar mexicano. Bajo esta lógica no debió existir un 2 de octubre, una tragedia en medio del ambiente festivo que se vivía. Sin embargo, el curso de la historia fue diferente…









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