The Politics of Political Science: Re-writing Latin American Experiences debe considerarse un libro erudito,1 el cual fue publicado en inglés en 2019. Es un libro internacional por sus interlocutores teóricos, pero local al mismo tiempo; ésta es una de sus virtudes. Su autor, Paulo Ravecca, formado en la Universidad de la República (Udelar) en Uruguay, en la que es profesor asistente, cuenta con un doctorado en la Universidad de York (Canadá), en esta obra se propone reescribir las experiencias latinoamericanas. Su estudio tiene que ver con situar las políticas de la ciencia política (PPS siglas en inglés) en América Latina2 con un enfoque especial sobre Chile, donde floreció una contraintuitiva “ciencia política”, la que comparará con Uruguay.
El autor analiza cómo las dictaduras chilena y uruguaya establecieron sus relaciones con la ciencia política y profundiza su estudio sobre estos dos regímenes. Afirma que fueron dos vías distintas. El caso chileno es un momento “positivo” en el sentido que produce una ciencia política autoritaria, que fue un instrumento importante para mantener el legado de la dictadura; y el caso uruguayo, en donde no hubo un pensamiento autoritario, pues la academia está más ubicada a la izquierda, no hubo desmantelamiento, pero el desplazamiento ocurrió por el lado traumático del impacto que generó la derrota de la izquierda revolucionaria, hacia centros privados dedicados a las ciencias sociales, en los que se instala la ciencia política liberal en este país y se orienta hacia el mercado a través de fondos internacionales para hacer investigación.
Haciendo obligadamente una lectura simplificada del libro, se identifican dos ejes de análisis. Uno de ellos es el vínculo entre el conocimiento y el poder, que el autor traduce en una crítica a su disciplina y que habla objetivamente sobre la política misma, a partir del pensamiento crítico de dos vertientes, una que viene del marxismo y otra que pasa por Nietzsche y Foucault, la tradición posestructuralista. El otro eje es una propuesta del propio autor por la autorreflexión y su dimensión transformadora y emancipatoria de las personas en las comunidades académicas y, quizás también, en los movimientos políticos.
El argumento central de la investigación es que las mutaciones de la ciencia política han sido resultado, en la región, de transformaciones más extensas; y lo más importante, estas mutaciones son, en sí mismas, políticas. Pero la forma en que frecuentemente han sido discutidas y enmarcadas por los practicantes de la disciplina, ha sido por medio de lo que el autor llama “la narrativa de la cultura dominante”, que constituye un momento interno de los procesos políticos que sepulta a la academia, con el argumento de que el cambio académico, a partir de la fuerte presencia del marxismo en la década de 1960 hacia la hegemonía del liberalismo en la década de 1990, fue un progreso escolar ascético, narrativa que se ha convertido en un sentido común disciplinado, que concilia con el poder.
Son varias las preguntas que pretende responder el autor en esta relación entre conocimiento y poder. Solamente recuperamos aquellas que consideramos principales para la demostración de sus principales explicaciones. ¿Existían conexiones significativas entre los conceptos dominantes de la democracia y en el derrocamiento del socialismo? ¿Acaso el neoliberalismo afectó la práctica de la ciencia política en la región y más allá? ¿Cuáles fueron las implicaciones políticas del positivismo? ¿Cuál deberá ser nuestro papel como estudiosos de la ciencia política en un mundo con injusticia?
La primera historia fascinante la encontramos en el capítulo 2 (un capítulo “frío” le llama el autor, pues habrá otro “caliente” en el que la subjetividad ingresa al escenario), en el estudio del caso de Chile y la ciencia política desarrollada durante la dictadura de Pinochet, la cual tuvo un rol muy importante. El autor construye una categoría para ilustrar uno de sus principales hallazgos: la denomina ciencia política autoritaria (CPA) y afirma que al demostrar los elementos importantes de la infraestructura de la disciplina (un departamento académico, una revista, etcétera), que fueron creados durante este régimen autoritario, el planteamiento se da de bruces con una hipótesis muy establecida entre los colegas que trabajan sobre la historia y desarrollo de la disciplina, según la cual “cuando hay democracia se desarrolla la ciencia política”. Además, reta a la dominante narrativa de la ciencia política en América Latina (Altman; Barrientos Del Monte; Buquet; Fortou, Leyva Botero, Preciado y Ramírez; Huneeus; Viacava, entre otros) que vincula la institucionalización de la disciplina con la democracia liberal de una manera lineal. Este análisis es teóricamente significativo porque transforma al liberalismo de un “héroe” a una creación menos atractiva -una criatura privada de sus intrínsecos poderes democráticos-, así la trinidad del liberalismo-democracia-ciencia política autoritaria es cuestionada, por lo que Ravecca supone la necesidad de un entendimiento matizado, teórica y empíricamente informado, sobre múltiples trayectorias históricas de la disciplina.
El autor, al optar por comparar los dos casos Chile y Uruguay, afirma que las similitudes incluyen experiencias democráticas relativamente robustas y los coup d’etats en 1973, seguidas de dictaduras del ala derecha. Sin embargo, las trayectorias de la ciencia política fueron diferentes. La ciencia política autoritaria no se desarrolló en Uruguay. La dictadura en ese país fue monolíticamente represiva vis-a vis las ciencias sociales. De hecho, la ciencia política en Uruguay no estará completamente institucionalizada sino hasta después de la transición a la democracia.
Para desglosar estos complejos caminos convergentes, en el capítulo 3, el autor acomete un comprensivo estudio de la pps en Uruguay. El capítulo procede con una re-descripción problematizada de la historia de la ciencia política (Shapiro) desde el punto de vista de la dinámica del poder del conocimiento (Foucault, Marcuse, Gramsci), e identifica los componentes conceptuales e institucionales que constituyen el discurso disciplinario dominante. Una vez más, el énfasis se encuentra en las formas en que la democracia es discutida. El análisis concluirá describiendo las diversas intersecciones entre el poder y el conocimiento que revelan significativamente las similitudes y los contrastes con Chile.
En este sentido, según el autor, la ciencia política estaría más ligada a la ideología liberal de lo que suele reconocerse, pues los cambios ideológicos dentro de las ciencias sociales, y en la ciencia política más específicamente, están relacionados con un complejo grupo de cambios que incluyen la derrota política de la izquierda, los efectos de las dictaduras derechistas de los años setenta y la hegemonía regional de Estados Unidos. En este sentido, la historia de la institucionalización y desarrollo de la ciencia política en América Latina, en especial la consolidación de su pensamiento dominante, es una oportunidad para explorar la relación entre conocimiento y política.
En los sesenta, el marxismo influyó en América Latina en las ciencias sociales. En la década de los noventa, esta situación cambió y el liberalismo se hizo dominante. Esta cuestión es particularmente destacada en los casos de Chile y Uruguay, pero se aplica al menos hasta cierto grado para otros países latinoamericanos también. Conviene recordar que Latinoamérica es el continente que recibió la teología de la liberación, la teoría de la dependencia, la pedagogía crítica y las expresiones locales del pensamiento socialista, lo que implicó que el avance de las ciencias sociales en el pensamiento dominante tuviera cambios significativos en la escritura y en el pensamiento.
La narrativa de esta ciencia política describe tal cambio como un proceso de modernización y de mejora, ya que los estudiosos de la ciencia social se hubieran cambiado del “activismo” a la “ciencia seria” en forma “correcta”, abrazando el principio de la neutralidad académica. Pero el estudio de Paulo Ravecca propone una interpretación alternativa (Bevir, Geertz,) de este proceso, y cuenta la historia de estos cambios en una forma diferente.
Aquí el argumento se refuerza en el sentido de que los cambios dentro de la ciencia política en la región están cruzados con las relaciones de poder y las transformaciones contextuales en niveles diferentes: el surgimiento hegemónico de Estados Unidos, el colapso de la Unión Soviética, las traumáticas dictaduras de los años setenta, las transiciones democráticas, la hegemonía del neoliberalismo, así como la dinámica académica del conflicto y la creación de instituciones, todo esto impactó en el discurso y en los estudiosos de la ciencia política.
La influencia de la Europa continental, la tradición del intelectual público, así como la presencia de formas de análisis inspiradas por el marxismo, han sido más fuertes en América Latina que en América del norte. Ravecca advierte, por ejemplo, que la teoría de la dependencia (Cardoso y Faletto) fue escrita después de la revolución conductista consolidada en Estados Unidos (Berndtson), aunque la penetración en aumento de la academia americana es algo visible (Bulcourf, Krzywicka, y Ravecca; Rocha Carpiuc; Borón). Este tipo de heterodoxia en teoría y los métodos persisten hoy en día.
¿Qué significa el pensamiento dominante (mainstream), entonces, en este contexto? La ecuación que el autor quiere resaltar en su libro es entre la cultura dominante de la ciencia política latinoamericana y el orden liberal.3 Por “narrativa de la cultura dominante sobre el desarrollo de la ciencia política”, el autor del libro entiende la forma en que la historia de la disciplina ha sido contada predominantemente en diversos medios, como libros, artículos, conferencias, presentaciones, tradiciones orales y otros.










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