Hay quien recomienda embreñarse en el Ulises de James Joyce como un predicador bautista analfabeto se acerca al Antiguo Testamento, con fe. En Caracoles, moscas, cabras y otras arquitecturas animales acontece algo similar porque es posible enseñar el germen de la arquitectura animada por medio de las moscas intrauterinas de Jane Birkin en Urbino, y transitar desde las ovejas señoriales a las cabras desérticas buñuelescas, entreveradas al concepto de la caracola como guarida -o jaula- del cuerpo desvalido que van a desarrollar Giovanni Bellini y Andrea Previtali en la tablilla de la Alegoría de la mentira, y en el que la descripción minuciosa de la xilografía salida del taller del promotor Aldo Manucio (Francesco Colonna, Sueño de Polífilo, 1499) plantea ser la argamasa, la forma de proceder, un engrama “para ver con los propios ojos […] lo que hay más adentro y tocarlo con las propias manos”.1
Veintidós escenarios. Su autor, el arquitecto José Joaquín Parra, en su voluntad de resguardar, de estabular sus arquitecturas animales hisopadas en las 312 páginas fecundas, trufadas por 231 imágenes, al principio de la inaudita empresa, en su introducción propone de apoyatura una división académica en tres volúmenes para ayuntar lo aparentemente disperso, titulados: ‘‘Caracoles’’, ‘‘Moscas’’ y ‘‘Cabras’’. Un libro trino, un documento base a recurrir como fin divulgativo: la difusión es un proyecto arquitectónico más. La reivindicación de las inacabadas tablas del Atlas Mnemosyne2 que componía Aby Warburg mientras se preguntaba si estaba completamente demente.
En el primer catálogo donde empaqueta caracoles de tierra, marinos, lácteos, caracolas antropomórficas, entre otros, hay algo de coleccionismo: cohabitan el escarabajo ciervo de Alberto Durero con la antropóloga mexicana Valeria Mata inmiscuyéndose en las mujeres-casas de Louis Bourgeois en Todo lo que se mueve para hablar de la yuxtaposición de la carne con la materia. Se encastra el cuerpo orgánico con lo artificial, la carga de la envoltura carnal puede conducir a lo edilicio, es al mismo tiempo el edificio parte de la piel, en la cual se empiezan a establecer relaciones geométricas ligadas al cuerpo humano: la materia pasa a ser sujeto. Pero los caracoles comunes son naturaleza: “Sólo la arquitectura perezosa y deficiente piensa en refugios […] cuando observa a los caracoles reptando verticales, mientras lubrican con su baba espesa”.3 José Joaquín Parra Bañón expone en el capítulo ‘‘El exoesqueleto del caracol no es una habitación’’ que la arquitectura no es capaz de emerger en la cavidad de la concha del caracol huido, nace en la erótica espiral del molusco, corresponde al habitar el artificio, la torre de Babel se convierte en ella edificada, se reitera enroscada alrededor del pezón de Mar Gascó Sabina, y estos caracoles que adquieren el ánimo, abundan obsesivamente, empotrados y grafiados en el suelo de las iglesias escarchadas barrocas: “Son arquitecturas claustrales aprisionadas por el peso del mundo y de la realidad”.4
El segundo volumen propone conocer en el capítulo II.I, titulado ‘‘Musca depicta’’, a aquella mosca, “la que le interesa al espacio arquitectónico y a la atmósfera que ellas condicionan con su presencia”,5 infectando con su existencia, entre otros, al ermitaño Antonio Ligabue, y que busca afinidades con los bodegones de la artista Giovanna Garzoni y las vírgenes con el niño de Carlo Crivelli. En el cuarto capítulo comparecen los enjambres de dípteros que se transforman, pintados por Lucas Cranach, en abejas, para viajar de la mano de Francesco Borromini y Gian Lorenzo Bernini al Palacio Barberini en Roma; trae a colación a Antonio Machado quien no oye el cortejo de moscas impías, sino el silencio que hay en todas las soledades, y es que, a veces, “son las moscas las que dinamizan el espacio, las que animan la arquitectura”.6 Dejan su huella extraordinaria. José Joaquín Parra Bañón, que en su singular metodología analítica se ocupa de coreografiar moscas, moscardas y moscardones, afirma: “Escribir en un papel es dibujar moscas. Es enfilar enjambres de moscas, ordenar ejércitos de moscas indisciplinadas que cambian de posición y alteran el significado de las expresiones si no se les clava un alfiler en el tórax”.7 Quizá, como sugiere el aventurado entomólogo Simón el columnista que, al igual que el poeta sevillano, echó de menos a esas criaturas aladas cuando vivió sobre un capitel en el desierto, debería haberlo practicado para conseguir la belleza.
Por último, el tercer conjunto está dedicado a lo caprino, en el que los ungulados brincadores hacen acto de presencia, son la escena, el panorama. Parra Bañón continúa complaciéndonos en esta arriesgada arquitectura atendiendo a la saturación de “las cabras poéticas de los libros fundacionales en las cabras barrocas, al igual que la persistencia de la espiral jónica conmemora el helicoide sucinto de sus cuernos, presente en los capiteles y en las galaxias, en la estructura del adn y en la areola de los pechos”.8 A ofrecer una arquitectura narrativa, dejando a la vista “los diversos procedimientos destructivos que la afectan”:9 defender su destino terminal. A desentrañar la arquitectura con, por ejemplo, el grabado Fauno descubriendo a una mujer por Pablo Picasso, para que el arquitecto con su minuciosidad intervenga quirúrgicamente en esa habitación exterior.
Y al final, y a propósito de la Isla Citerea y de los lugares imaginarios que engloban la ensoñación del amante de Polia en Hypnerotomachia Poliphili, dice el constructor de Arquitecturas animales, “la arquitectura es la que desencadena los actos, la que invita a la acción”.10 En su ‘‘Bestiario lecorbuseriano’’, en la página 275 reside el espléndido dibujo con luz de la arquitectura natural que inmortalizó Jesús Granada, y Lucien Hervé trajo de una ráfaga de viento que sale por Chandigarh; atravesando el Cabo de Gata eludió acariciar las fachadas del cortijo de El Fraile, siguió hacia las balsas de Huebro, y se arremolinaron cabras, ovejas, borregos y corderos parraítas frente a la arquitectura racional nijareña. Sumar, añadir formas: un caracol subido al lomo de una cabra que hace equilibrio sobre las ruinas de la Universidad Laboral de Sevilla que conduce a posar a una mosca en la espiral nacarada. Arquitecturas sin raíces, positivas (tectónicas), de adición a la tierra: la idea de reconciliación con el suelo al que pertenece. La arquitectura convertida en el vientre parabólicamente abovedado de un centauro, siendo el sistema de refugio contra las agresiones del medio a un lapita. La puesta de la primera piedra. Pues José Joaquín Parra es sabedor, como demostró en Pies de foto para arquitecturas descalzas, de que la arquitectura comienza por los pies.11










nueva página del texto (beta)



