Dedicado a la memoria de Pilar Gonzalbo Aizpuru. Querida y admirada formadora de historiadores.
Un Hernán Cortés, un Washington, un Colón, un Napoleón, hombres cuya memoria, sea para el bien o el mal, ha de sobrevivir a través del tiempo y de lo mudable, ¡qué extraordinario y portentoso sería si pudiera uno contemplar los rostros como estaban en vida!
Madame Calderón de la Barca1
A manera de introducción: el semblante de la muerte
En términos prácticos, las máscaras mortuorias han tenido como finalidad rescatar el rictus mortis del fallecido mediante una técnica de vaciado en yeso para posteriormente ser reproducido en diversos materiales. Si bien es cierto que a lo largo de la historia del mundo se han hallado registros funerarios de máscaras o representaciones faciales en diversos contextos de la vida cotidiana, no todas tuvieron una misma función o significado para las culturas de antaño, hasta nuestros días. Desde la Antigüedad, en Grecia, Roma y Egipto, pasando por las grandes civilizaciones mesoamericanas, hasta la época medieval y aún en nuestros días, el uso, simbolismo, ritualidades y significados de las máscaras mortuorias en diversas partes del mundo implican todo un hito en el ámbito de los cultos funerarios y la remembranza del ausente, trátese de un soberano, un político o un familiar, mediante su efigie luctuosa, aunado a otro tipo de usos utilitarios dados a esta clase de reliquias.2
A este respecto, a decir de Víctor Mínguez e Inmaculada Rodríguez Moya (basados en el estudio clásico de Ernst H. Kantorowicz),3 las representaciones mortuorias de personajes ligados a la realeza, en Europa, fueron determinantes dentro del ritual de continuidad de la dinastía monárquica con base en la idea de los “dos cuerpos del rey”, uno mundano y mortal (simple), y el otro trascendental e inmortal (político). En este sentido, la creación de imago mortis implicó diversas funciones: como testimonio tangible de la muerte del soberano, como elemento de sustitución en las exequias reales a causa de la descomposición del cadáver, como objeto-reliquia con el que se recordaría al difunto, e incluso como propaganda política con la que se difundirían y preservarían en la memoria colectiva los ideales heroico-monárquicos más allá del tiempo y de la vida terrenal.4
En consideración a lo anterior, la presente investigación -planteada desde la perspectiva de la historia cultural de lo material-5 tiene como propósito exponer una reconstrucción histórica de los orígenes, vicisitudes y trascendencia sociocultural de un par de ejemplares de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte en el contexto mexicano de mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XX, al exponer su dimensión simbólica, alcance y devenir en las interrelaciones e imaginarios sociales, en ciertas coyunturas, durante aquel periodo histórico de larga duración. La reconstrucción de esta historia, elaborada mediante un exhaustivo examen de diversas fuentes documentales no sólo pretende dar luz a un suceso sociocultural de nuestra compleja historia nacional, sino también revalorar los vínculos políticos, culturales y artísticos entre México y Francia, enmarcados en la epopeya napoleónica.6
Una curiosa donación
El 25 de julio de 2005, en el Castillo de Chapultepec, sede del Museo Nacional de Historia, en la Ciudad de México, tuvo lugar una peculiar donación filantrópica. A nombre del Instituto Napoleónico México-Francia (INMF),7 su fundador y director, Eduardo Garzón-Sobrado entregó al director del museo, Salvador Rueda Smithers, un singular obsequio: una réplica en yeso de la máscara mortuoria del general Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses, fallecido en la isla de Santa Elena el 5 de mayo de 1821. El ejemplar, elaborado por el escultor mexicano Tarcisio Fernández, con base en un modelo realizado en el siglo XX,8 posee “un sello de lacre en dos colores con la efigie de perfil de Napoleón, coronado en César, según un modelo clásico de [Jean] Bertrand Andrieu9 y la inscripción en relieve: Napoleón I - Empereur” (fig. 1a).10

Figura 1a y b) Tarcisio Fernández, vista frontal y posterior (receptáculo) de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte, siglo XX; donada por el Instituto Napoléonico México-Francia (INMF), al Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. Fotos: Carlos G. Mejía Chávez. Secult.- INAH.-MÉX. “Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia”.
Además, la reliquia ostenta un receptáculo (fig. 1b) al que le fueron agregados:
*Una pequeña piedra volcánica; simbolizando el peñón fatal de Santa Helena, […]. *Una rama de sauce llorón; recordando el árbol bajo el cual reposaron los restos mortales de Napoleón durante 19 años en el Valle del Geranio, junto a su manantial querido. […] *Dos hojas de laurel, una grande y una pequeña; que se refieren respectivamente a la Corona imperial de Francia, y a la Corona real de Italia. […] *Un rosario con crucifijo de ébano y plata; representando el crucifijo de Santa [H]Elena, que tras haber sido empleado por el abate Vignali11 durante el servicio de la extremaunción del emperador, reposó sobre el pecho del monarca cuando éste yacía en su lecho de muerte, los días 6 y 7 de mayo de 1821. Este crucifijo está rematado con una medalla con la efigie de Nuestra Señora de Guadalupe, santa patrona de México y de América. […] [Y] Algunos versos de circunstancia.12
Por último, Garzón-Sobrado entregó un mensaje dirigido por el príncipe Carlos Napoleón (jefe de la Casa Imperial de Francia) al pueblo mexicano, congraciándose por la recepción de la reliquia que figuraba como “un punto de anclaje” entre la historia de ambas naciones, al evocar la memoria de Napoleón para que “sirva para proseguir la construcción de una humanidad de progreso, de respeto de los pueblos y de paz”.13
Es importante señalar que aquel acto trascendente estaba enlazado a un suceso histórico acaecido en nuestro país hacia 1830, pues la intención del director del INMF era restituir simbólicamente una edición original de la máscara de Napoleón que Francesco Carlo Antommarchi14 entregó al gobierno mexicano “en junio de 1837”, la cual se extravió, bajo circunstancias extrañas, en algún momento impreciso. A decir de Garzón-Sobrado:
El recibimiento de Antommarchi en el país fue tan cálido que entregó a los representantes del congreso la máscara mortuoria de quien impulsó la independencia de las colonias americanas. Más tarde, la pieza pasó al Ayuntamiento de la ciudad [de México] para luego integrar la colección del museo que hoy se conoce el Nacional de las Culturas […].15No existe registro alguno, […] ni en este museo ni en el de Antropología, de la existencia de esa máscara, tampoco en el archivo del gobierno local, quizá desapareció o bien pudo haber sido robada durante la invasión estadounidense, la Guerra de Reforma, el imperio de Maximiliano, la Revolución y las más de siete décadas del priísmo.16
Esta declaración está cargada de “verdades a medias”, pues testimonios fehacientes sobre la donación, presencia, extravío y recuperación de aquella reliquia existen, y todos ellos se encuentran resguardados en los archivos mencionados por el director del INMF. Es evidente que las circunstancias que animaron la donación en 2005 no están del todo aclaradas, lo que hace de la entrega original de la máscara napoleónica al gobierno mexicano en el siglo XIX, uno de los episodios más curiosos y, hasta ahora, desconocidos de nuestra historia, y cuyos orígenes se encuentran vinculados a un momento icónico de la historia europea.
Querella de máscaras
La intrigante historia de las máscaras mortuorias “mexicanas” de Bonaparte está intrínsecamente ligada a la epopeya napoleónica, cuyo legado cultural pervive en lo que he denominado como “la querella de las máscaras”. Se trata del controvertido debate académico y público sobre los orígenes y autenticidad de la variedad de máscaras mortuorias de Napoleón que existen en diversos museos y colecciones privadas de Francia, Inglaterra, España,17 Austria, Córcega18 y Suecia;19 muchas de ellas reconocidas como reproducciones “originales” y otras tantas “desconocidas” o falsificadas que han sido valuadas por diversas casas subastadoras en miles de dólares.20 Esta querella ha dado pauta no sólo a candentes debates entre la comunidad académica, artística y la opinión pública acerca de la originalidad de las máscaras mortuorias,21 sino también a la conformación de teorías delirantes como el que el modelo representado en la máscara no fue tomado directamente del rostro de Napoleón.22 O la presunción de que el cuerpo resguardado en la rotonda del Hospital des Invalides no es el de Bonaparte, toda vez que éste pudo ser exhumado y trasladado subrepticiamente a la Gran Bretaña para evitar que los devotos del Gran Corso robaran su cadáver.23 Más importante aún es saber el paradero y perduración del molde original que fue utilizado para hacer las subsecuentes reproducciones de la mascarilla mortuoria; enigma que al día de hoy sigue generando toda clase de conjeturas sobre la originalidad de dichas piezas.24
A este respecto, es importante resaltar que algunos de los países americanos que poseen ejemplares de la mascarilla (certificadas o no), no han sido del todo considerados en la querella cultural, dada la exigua información sobre ellos. México es uno de esos casos25 pues, a diferencia de Estados Unidos, Venezuela26 y Cuba, poco o nada se sabe de las reproducciones que existieron o que se conservan en nuestro país. Y es de notar que el de Cuba es uno de los pocos casos dentro de esta disputa en el que una nación americana es reconocida no sólo por contar con un museo dedicado exclusivamente a Napoleón Bonaparte, sino, además, por poseer cuatro ejemplares de la máscara, resguardados en “el Museo Napoleónico de La Habana, el Museo Municipal de Cárdenas Óscar María de Rojas y el Museo Provincial de Santiago de Cuba Emilio Bacardí Moreau”.27
Al considerar lo anterior, bien cabe preguntarnos entonces, ¿cuántos ejemplares de la reliquia napoleónica poseemos? ¿Quién los resguarda? ¿Cuál es su historia? ¿Se trata de reproducciones originales o copias? ¿Cuál es su relación con la historia de México?
El enigma de una máscara
Antes de proponer respuestas a tan intrigantes cuestiones, es preciso volver al principio de esta historia, y exponer algunos errores en las apreciaciones de Garzón-Sobrado, lo que permitirá entrever los pros y contras a los que se ha enfrentado esta investigación. La primera discrepancia corresponde a la fecha de la donación del ejemplar original, y es que el señor Antommarchi no entregó al Congreso mexicano la reliquia napoleónica (un busto de bronce membretado) en junio de 1837, sino el 23 de mayo de 1835, toda vez que la ceremonia de donación se verificó veintiséis días después, tal como lo asienta el acta expedida por la Secretaría del Excelentísimo Ayuntamiento de México, localizada en el Archivo Histórico de la Ciudad de México,28 lo mismo que un decreto presidencial aprobado por el Congreso General de la Nación Megicana,29 así como algunas notas periodísticas, crónicas y otros artículos divulgados años después. Estas fuentes, en conjunto con las proporcionadas por el Archivo Histórico del Museo Nacional de Antropología y del Museo Nacional de Historia, invalidan la afirmación de Garzón-Sobrado sobre la inexistencia de evidencia documental de la presencia de la máscara en México.30
Sin embargo, cierto es que estas fuentes no han certificado del todo su paradero, pues una vez que la máscara pasó a manos de las autoridades del Ayuntamiento ha resultado difícil inferir qué ocurrió con ella durante las siguientes décadas; suponiendo, en principio, que pudo haber sido resguardada por el Museo Nacional,31 de lo que no existe registro inconcuso hasta principios del siglo XX. Irónicamente, como sugirió Garzón-Sobrado, es probable que a causa de los difíciles escenarios sociopolíticos que se suscitaron en México entre 1835 y 1867, la máscara bien pudo haber sido robada u olvidada. De hecho, atendiendo a testimonios documentales, sabemos de la recuperación de una mascarilla que sería devuelta a las autoridades del Museo Nacional a finales del siglo XIX,32 donde permanecería hasta principios del siglo XX, “extraviándose” de nuevo en los albores de la Revolución mexicana.
Pero la situación se complica más debido a que el Museo Nacional de Historia ha resguardado desde principios del siglo XX una reproducción original de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte con características físicas e históricas similares al busto que Antommarchi donó a México en 1835.33 Se trata de un bello ejemplar fabricado en bronce, en perfecto estado de conservación, que representa el rictus mortis de Bonaparte, y descansa sobre una base con forma de almohadilla decorada con ramas de laurel. La reliquia, cuyas dimensiones son 23 cm de alto, por 23 cm de largo y un espesor de 36.8 cm, se divide en dos piezas (figs. 2a y b):
La fracción 1/2 corresponde a la máscara mortuoria de Napoleón emperador, elaborada en bronce vaciado y bruñido, cuenta con una placa discoidal metálica, troquelada en forma de medalla con el siguiente motivo central: Busto de perfil a la derecha de Napoleón. Lo circunda la inscripción: “Napoleón EMP. ET ROI. Suscription. D. Antommarchi. 1833.” La siguiente inscripción grabada en la parte baja del costado derecho: “Fondu Par L. Richard et Quesnel A Paris.” […] La fracción 2/2 corresponde a la base rectangular igualmente de bronce vaciado atornillado, remachado, lleva una borla de bronce en cada esquina.34
El examen visual, la consulta de las fichas técnicas y la entrevista a los especialistas del Museo dieron fe de que el ejemplar fue fabricado en 1833 por solicitud de Antommarchi. Y si bien no está del todo clara su procedencia, su registro de donación al Museo nos ha dado una pista: 25 de febrero de 1914. Y es que, al atender los testimonios sobre el ejemplar donado en 1835, debemos considerar que, durante su estancia en México, Antommarchi obsequió un par de máscaras más de las que sólo existen pequeños indicios sobre sus características y paradero. A este respecto, las memorias del literato regiomontano Alfonso Reyes nos ofrecen otra pista, vinculada a la presencia de una máscara napoleónica en el hogar de sus mocedades:
Entre todas las reliquias de Napoleón, sobresalía aquella mascarilla de bronce, protegida por un capelo de cristal, […]. La frente del emperador estaba ceñida por un laurel, e impresionaban la delgadez del rostro y el dibujo afilado de las facciones. Pero así dicen algunos que era Napoleón, tal vez corroído por el cáncer, al acercarse el fin de su vida.
Esta mascarilla era un obsequio hecho a mi padre por cierta familia de Guadalajara, quien parece la había recibido del doctor Francesco Antom[m]archi, uno de los médicos de Napoleón en Santa Elena y artífice de la mascarilla en yeso, que luego, en París, mandó fundir en varios ejemplares de bronce.35
Ignorante del paradero de la reliquia, Reyes conjeturó que la máscara del Museo Nacional de Historia bien podría ser la misma que perteneció a su familia: “¿Vino realmente a Guadalajara, la de México? […] ¿De dónde procedía, entonces, la mascarilla de mis recuerdos infantiles? ¿Y de dónde la mascarilla idéntica que hoy se custodia en nuestro Museo Nacional de Historia y sobre cuyo origen nadie me ha podido dar noticias exactas?”36

Figura 2 a) Vista frontal de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte b) inscripción de la firma del Dr. F. Antommarchi grabada en la misma. 2c) Vista lateral derecha. Fotos: Carlos G. Mejía Chávez. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. Secult.-INAH.-MÉX. “Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia”.
Cabe señalar que, meses antes de la ceremonia de donación en Chapultepec, el INMF donó a la Capilla Alfonsina una réplica en yeso de la mascarilla de Bonaparte como reconocimiento a la memoria del “Regiomontano universal”, en cuya obra dejó constancia de su pasión por Napoleón. El presente fue recibido por la entonces directora Alicia Reyes, quien expresó: “Esta hermosa donación me llena de orgullo pues mi abuelo, […], estuvo siempre interesado en Napoleón, a quien consideraba un mito, un héroe, pero sobre todo un gran hombre” (fig. 3).37
¿Es acaso la máscara de los recuerdos juveniles de Reyes la que actualmente custodia el Museo Nacional de Historia? De ser así, ¿qué ocurrió con el ejemplar donado al gobierno mexicano en 1835? ¿Se trataría, en todo caso, de un mismo ejemplar o de dos reproducciones distintas que por diversas circunstancias corrieron con diferente suerte? Responder a estas preguntas complejas implica rastrear los orígenes de la máscara mortuoria en la isla de Santa Elena, la posterior fabricación de las ediciones en bronce y yeso por petición de Antommarchi, así como la llegada y estancia del médico en estas tierras, ligando todos esos sucesos con varios momentos y personajes representativos de nuestra historia durante el sinuoso periodo de 1835 a 1914.
Antommarchi y la fabricación de la máscara en Santa Elena
Remontemos nuestra imaginación hacia mayo de 1821. Como bien sabemos, tocó al médico Francesco Antommarchi jugar el doble papel de testigo y protagonista de los días finales de Napoleón durante su exilio en la remota isla de Santa Elena;38 y, una vez que éste exhaló su último aliento (5 de mayo), el médico se dio a la tarea de practicar la autopsia con la intención, siguiendo los deseos de Bonaparte, de prevenir al rey de Roma39 de las enfermedades hereditarias, así como enviar algunos de sus órganos a sus familiares para su resguardo; peticiones que fueron negadas por las autoridades de Santa Elena.40 Unas horas después de consumarse el examen postmortem, Antommarchi escribió un meticuloso registro del procedimiento, así como las observaciones sobre los restos de Napoleón, constatando que:
la cara y el cuerpo estaban pálidos, pero sin alteración ni aspecto cadavérico. Su fisonomía era apacible, tenía los ojos cerrados, y no se hubiera dicho que estaba muerto, sino que dormía en profundo sueño. Su boca conservaba la expresión de la sonrisa, con la diferencia de que el lado izquierdo estaba levemente contraído por la risa sardónica.41
Por su parte, una vez seguro de la muerte de Napoleón, el gobernador de la isla, sir Hudson Lowe, autorizó al médico hacer un molde de la faz del emperador, toda vez que éste:
le había enviado a pedir yeso para sacar un modelo de la cara del difunto, él enviaría uno de sus cirujanos muy diestro en esta clase de operaciones para que me ayudase. Di las gracias a su Excelencia, manifestándole que siendo cosa tan fácil el hacer el molde, no necesitaba auxilio alguno. Solamente me faltaba yeso, pues, aunque la señora de Bertrand42 había mandado buscar por todas partes, no había recibido sino una especie de cal. Ni yo sabía cómo hacer cuando el doctor [Francis] Burton43 nos indicó un paraje donde se encontraba espejuelo. El contralmirante dio orden para que fuese inmediatamente una chalupa, la cual pocas horas después trajo varios trozos de aquella piedra, y haciéndolos calcinar obtuve yeso y saqué el molde de la cara.44
Como se ha visto, fue a partir de la iniciativa de Madame Bertrand que se dio pie a la realización de una máscara mortuoria, la que tardó en hacerse debido a la carencia del material. Recientes investigaciones sugieren que, bajo la presión de Lowe, Burton presidió el día 6 de mayo la confección de un primer modelo ayudado por Antommarchi y que dicho ejemplar quedó en poder de los británicos. Sin embargo, el día 7 se fabricó el molde definitivo, lo que deja abierta la cuestión sobre el destino del molde original de la mascarilla fúnebre lo que, como he señalado, ha dado pie a múltiples y candentes debates entre la comunidad académica y la opinión pública en Europa. Este detalle no es baladí, deja en claro que muchos “detalles” de esta historia están sumergidos en el pantano de la especulación y la invención, pues existen diversas versiones, o teorías, sobre la verdadera autoría y paradero del modelo original de la máscara.45 Pero, según parece, Madame Bertrand sustrajo una pieza (central) o el molde original, del que se hizo una copia, la que fue entregada a Antommarchi, quien partiría de Santa Elena pocos días después de la muerte y sepultura del “Héroe de los siglos”.46

Figura 3 Vista lateral de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte, donada por el INMF a la Capilla Alfonsina. Foto: Carlos G. Mejía Chávez. Reproducción aprobada por las autoridades de la Capilla Alfonsina.
Algunos años después de su regreso a Europa, según las fuentes, Antommarchi radicó un tiempo en Varsovia, donde laboró como inspector oficial de hospitales durante el levantamiento polaco de noviembre de 1830 contra los rusos, cuya victoria lo obligó a salir a la Toscana,47 para luego regresar a Francia donde alcanzó la fama gracias a la publicación de sus memorias (1825) y por lucrar con las reproducciones en bronce (elaboradas en 1833 por la firma francesa Richard et Quesnel) de la máscara mortuoria de Napoleón;48 circunstancia que, sumada a su carácter beligerante y a las competencias comerciales por la posesión de los derechos de la máscara, le atrajo la animadversión de diversas personas.49 Fue así que, en 1834, Antommarchi partió a Nueva Orleans, Luisiana, en los Estados Unidos, para después dirigirse a México, donde radicó un tiempo en la capital y en el interior de la república, para finalmente embarcarse a Santiago de Cuba donde murió en 1838 a la edad de 49 años.50 Cabe subrayar que durante su estancia en esas ciudades, Antommarchi “pagó” a sus benefactores con una edición (en bronce o yeso) de la máscara mortuoria de Bonaparte.
Antommarchi en Nueva Orleans
En algún momento de septiembre de 1834, Antommarchi partió de Francia con rumbo a América, atracando el 10 de noviembre en el pueblo portuario de Nueva Orleans, Luisiana, en los Estados Unidos, en donde, como agradecimiento al generoso trato de las autoridades de la ciudad, entregó una copia de la máscara mortuoria de Bonaparte: “Impregnado de los sentimientos generosos y profundamente sensible a la notable bienvenida con la que los habitantes de Luisiana me honran, tengo el honor de ofrecer a esta ciudad la máscara del emperador Napoleón, en bronce, moldeada por mí en Santa Elena después de su muerte”.51 Dicho ejemplar, pese al lamentable trato que sufrió,52 se conserva hoy día en el Louisiana State Museum, y sus características son similares a la que conserva nuestro Museo Nacional de Historia (fig. 4).
Otra reproducción de la máscara se encuentra en el pueblo de Chapel Hill, Carolina del Norte, y es parte del patrimonio de su universidad. Este ejemplar llegó ahí luego de que:
El médico francés también entregó una copia en yeso pintado de “la grandiosa imagen” a un colega en Nueva Orleans, el Dr. Edwin Smith. Tras su muerte, la máscara de yeso se le entregó a la familia del capitán Francis Bryan, residente de St. Louis, Missouri, y graduado de la Universidad de Carolina del Norte. En 1894, Bryan donó esta máscara a su alma mater, expresando su esperanza de que fuera “un objeto de mucho interés para los numerosos visitantes de la Universidad”.53
Pero ocurrió que las desavenencias con los franceses de Nueva Orleans obligaron a Antommarchi a emprender un viaje a México, donde su andar se ha perdido entre la especulación y la veracidad. Por ello, los siguientes párrafos presentan una interpretación de lo que pudo ocurrir durante el andar de Antommarchi por la República mexicana entre 1835 y 1837. Todo ello ligado al destino de un ejemplar de la máscara mortuoria de Bonaparte.

Figura 4 La máscara mortuoria de Napoleón exhibida en el Cabildo en 1970. New Orleans, Louisiana. State Library of Louisiana, http://www.state.lib.la.us.
Antommarchi en la Ciudad de México
Existen numerosos ensayos históricos a partir de los cuales se rescataron las andanzas de Antommarchi durante su estancia en estos territorios. Uno de ellos es el de Fernando Quijano Pitman, quien afirmó erróneamente que el médico francés llegó a nuestro país en 1833,54 cuando en realidad, ocho días después de haber zarpado de Nueva Orleans en la goleta Esperanza, pisó puerto en Veracruz el 15 de abril de 1835,55 solicitando el 29 a las autoridades mexicanas una Carta de seguridad, siendo acreditada su ciudadanía francesa y otorgado el permiso para viajar libremente por nuestro territorio (fig. 5).56
Quijano Pitman sostuvo que Antommarchi tomó rumbo directo a la capital al alojarse, según Enrique Flores Tritschler, en el Hotel de la Gran Sociedad (hoy edificio o Casa Boker), siendo bien recibido “en un ambiente en donde se le prodigaron las más finas atenciones”.57 Finalmente, en mayo, el médico pudo entrevistarse con el presidente interino de la República mexicana, el general Miguel Barragán,58 “quien lo ayudó pecuniariamente y recibió [a cambio] una mascarilla del genial corso”.59 Sin embargo, no hay constancia de que Barragán hubiese ayudado monetariamente a Antommarchi;60 de hecho, el diputado Carlos María de Bustamante aseguró que Antommarchi, esperanzado en obtener alguna ayuda del presidente por cuenta del busto obsequiado, debió haberse llevado “un chasco, [pues] la aceptación está concebida en términos tan áridos como lo está el tesoro nacional”.61 Por su parte, Flores Tritschler (basado en una fuente no confirmada) aseguró que, como agradecimiento, Antommarchi obsequió una reproducción de la máscara mortuoria al gobierno mexicano teniendo como intermediario al ministro de Relaciones exteriores, José María Gutiérrez Estrada:62
Señor ministro:
Permitidme rogaros que deis a conocer a las Cámaras que habiendo sido objeto en esta República de la más honrosa recepción, tengo el honor de ofrecer a la Representación Nacional mexicana la mascarilla en bronce de Napoleón, sacada por mí en Santa Elena, después de su fallecimiento, así como su soporte de bronce. Si la oferta de este precioso objeto recibe la acogida de que me lisonjeo, ruego a Vuestra Excelencia que dicte órdenes para que sea recibida dignamente. Tengo el honor de ser, con profundo respeto, de Vuestra Excelencia muy humilde y obediente servidor.
Doctor F. Antommarchi, 18 de mayo de 1835.63

Figura 5 Archivo General de la Nación-México (AGN), Cartas de Seguridad, “Certificado de nacionalidad francesa de François Antom[m]archi. Solicita Carta de seguridad”, vol. 12, exp. 275, 1835, f. 223. Foto: Nicolás Eduardo Baños.
El obsequio fue bien recibido por el mandatario, quien solicitó al ministro Gutiérrez Estrada que informase al Congreso mexicano de la donación del busto del emperador Napoleón, lo que acaeció el 23 de mayo, decretándose que “el gobierno hará recibir este obsequio [a la Representación nacional] y comunicará a su autor el presente decreto”.64 Y el 14 de junio, el oficial mayor encargado del despacho del Ministerio del Exterior, José María Ortiz Monasterio, informó al gobernador del Distrito Federal, Ramón López Rayón, que
El Exc[elentísi]mo S[eñ]or Presidente interino, en cumplimiento del decreto de 23 de mayo último, de que acompaño a V[uestra] S[eñoría] copia, ha tenido a bien disponer que el busto del Emperador Napoleón, a que aquel se refiere sea recibido por V[uestra] S[eñoría] y el exc[elentísi]mo Ayuntamiento, en la sala principal de Cabildo, la mañana del 18 del corriente después de concluida la procesión del Corpus; lo que tengo el honor de participar a V[uestra] S[eñoría] a fin de que dicte las prevenciones oportunas, en concepto de que por la secretaría a mi cargo le comunica esta disposición al señor D[o]n Fr[ancesco] Antom[m]archi.65
Del júbilo a la incertidumbre
Enterados del particular enviado por el ministro de Relaciones Exteriores a la representación de la capital mexicana, los miembros del Ayuntamiento respondieron a dicho oficio (16-17 de junio) con el anuncio de la creación de una comisión que organizaría la ceremonia de recepción de la reliquia napoleónica, la que debía realizarse con los cuidados debidos por tratarse de un evento que “es tan digno un hombre tan celebre p[o]r sus extraordinarios hechos, los cuales han influido tan directam[en]te en la civilización de los pueblos”.66
Así se determinó que:
P[ar]a luego q[u]e se hayan hecho anunciar los s[eño]res conductores del busto del emperador Napoleón, saldrá del seno de V[uestra] E[xcelencia] una comisión de dos s[eño]res regidores a recibirlos hasta la puerta de la sala, conduciéndolos de allí al interior, y después de colocado el busto, les indicarán sus asientos q[u]e serán sobre el tarimón […].
Sobre el mismo tarimón en el lateral derecho, se colocará una mesa muy bien adornada y con un pedestal en q[u]e descansará el busto ya dicho.
Después de q[u]e tomen asiento los s[eño]res capitulares y conductores, el s[eño]r Presidente tomará la palabra y pronunciará un discurso alusivo a las proezas del gran Napoleón y dando las gracias a nombre del Supremo Gob[ier]no como comisionado de las cámaras.
Pasado este acto se trasladará el busto susodicho a una pieza decente y se avisará al Supremo Gob[ier]no haber cumplido V[uestra] E[xcelencia] con su orden, y que el busto queda a su disposición.67
Fue así que el 18 de junio, tras la solemne y bulliciosa fiesta de Corpus Christi, celebrada en la Catedral metropolitana, se llevó a cabo la entrega de la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte al Ayuntamiento de la ciudad, que atrajo a propios y extraños, debiendo recordar algunos -con no poca ironía- que años atrás, cuando la Ciudad de México se concebía como una de las más distinguidas de la otrora Nueva España, enterados de la traición cometida contra Fernando VII, mujeres y hombres ofrendaron su amor por el “Deseado”, jurando lealtad a sus retratos, mientras que las efigies del “perjuro” Bonaparte fueron violentamente execradas e incineradas sus proclamas por mano de verdugo ante el júbilo popular.68 Desde luego, las cosas habían cambiado radicalmente para 1835, y, una vez que México logró independizarse de España, no fueron pocos los que discurrieron que ésta pudo darse gracias a la intervención del “brillante Napoleón”. Fue la trágica muerte de Bonaparte en su exilio la que hizo trascender su leyenda épica en el mundo, dando pauta a un proceso de asimilación política entre los dirigentes de los emergentes estados modernos quienes se concibieron como herederos del “Héroe de los siglos”.69 Este proceso político-cultural tuvo mayor cauce gracias a la difusión de la obra cumbre del ideario napoleónico, el Memorial de Santa Elena del que se desprendieron numerosas versiones (censuradas por el propio Napoleón)70 que expusieron al público el carisma de Bonaparte, concibiéndolo como víctima de los pérfidos británicos.71
Al considerar esto, me atrevo a inferir que entre 1835 y 1847 tuvo lugar en México un proceso de construcción y difusión del imaginario napoleónico que incidió en diversos ámbitos, lo que podría sustentarse no sólo en la venta de libros, publicaciones periódicas y en las representaciones teatrales dedicadas a la vida del Gran Corso,72 sino en el gobierno: el caudillo xalapeño Antonio López de Santa Anna, encumbrado por el Congreso mexicano como el Benemérito de la patria el 23 de mayo de 1835,73 se había convertido en una representación (satirizada) de Bonaparte, de este modo se formó un culto popular a su personalidad gracias a las arengas proclamadas desde la palestra por sus adeptos,74 así también por la construcción o proyección de monumentos y efigies, la celebración de fiestas, desfiles y conciertos que pregonaron sus victorias militares -incluso sus derrotas-75 como dignas de aquel autoproclamado “Napoleón de oriente”,76 o bien el “Napoleón mexicano”.77
Sin embargo, no todos estaban contentos con tan “absurda comparación”, entre ellos Carlos María de Bustamante, pues razones le sobraban.78 En efecto, el diputado oaxaqueño, quien hacia 1805 era conocido como un orgulloso adepto de Napoleón I, siendo editor del Diario de México fomentó la participación de notables literatos de la capital para que expusieran en las planas del Diario sus lisonjas al “Héroe de los siglos”.79 Pero una vez sobrevenida la crisis monárquica de 1808 y la guerra de Independencia de España, Bustamante y muchos otros declinaron (u ocultaron) su admiración por Bonaparte para evitar atraer el recelo de las autoridades. No obstante, una vez consumada la Independencia de México, Bustamante retomó su pasión por Napoleón, alabándolo en sus escritos y censurando cualquier acto que liase un ataque a la épica memoria del Gran Corso, especialmente si éstas procedían de los británicos. A este respecto, existe un curioso testimonio que muestra la gran devoción que Bustamante profesaba por Bonaparte y que tuvo lugar justo en 1835. Con motivo de la llegada a la capital de un circo itinerante en el que se exhibirían varios animales, Bustamante expresó su desprecio por esos eventos “como si México no fuera una verdadera Simiópolis o corte de ellos de toda especie”. Pero la gota que derramó el vaso fue que uno de los elefantes anunciados para la función que se llevaría a cabo en la plaza de toros de la Alameda se llamaba Napoleón: “Conócese que es inglés el dueño del elefante, porque sólo ellos han menospreciado con mengua suya a Napoleón, que es nombre de un santo de Córcega, pero a tal canalla le importa poco confundir a los santos con las bestias”.80
Por su parte, hacia 1844 el literato y diplomático Manuel Payno también exteriorizó opiniones favorables a la memoria e imagen idílica de Napoleón Bonaparte. Asiduo a las representaciones teatrales que se ofrecían en el Teatro de Santa Anna, Payno dejó registro de sus impresiones sobre algunas escenificaciones; y no fueron pocas las veces en que manifestó disgusto por alguna mala caracterización de un torpe actor que encarnó a Bonaparte:
la vida y hechos de Napoleón, admirables y llenos de interés cuando se leen en ese lenguaje severo y reflexivo de la historia, y ridículos y casi chocantes cuando se ven reducidos al círculo estrecho del foro de un teatro. Las representaciones teatrales, dice Rousseau, mientras más se acercan a la naturaleza y a la verdad; de suerte que el espectador llegue a enajenarse tanto, que no crea que es una ficción lo que ve, sino la realidad y las escenas de vida. ¿Cómo, pues, ha de causar ilusión el ver al señor Mata vestido de Napoleón, de Napoleón, cuya fisonomía marcada y cuya figura se reconoce hasta en los pomitos de agua de colonia?81
Al retomar la ceremonia del 18 de junio (a la que, por cierto, no asistió Santa Anna),82 el presidente del Senado, don José Ramón Pacheco,83 dictó una efusiva arenga que fue rescatada por La Lima de Vulcano:84
*El S[eño]r D[octo]r Antommarchi que me honra con su amistad85 y que no puede explicarse como quisiera en nuestro idioma, me ha encargado sea el intérprete de sus sentimientos; y a ese motivo debo el honor de dirigir a su nombre la palabra a V[uestra] S[eñoría] y V[uestra] E[xcelencia].
*[…] De este genio [Napoleón], después de que se consumó una horrible venganza [en su persona], es el busto en bronce con que el S[eño]r D[octo]r Antommarchi ha obsequiado la representación del país que ha querido escoger para su residencia. Ya no reina, ya no hay que temer ni que esperar de él; y, sin embargo, no se pueden fijar los ojos en su imagen sin penetrarse del sentimiento que se debe a un hombre ilustre, y del que se debe a la desgracia. *En esas facciones están impresos la dignidad y las huellas de un prolongado sufrimiento. Y no son estas consideraciones generales las que hacen este don precioso para los mexicanos.
Es bien sabido que merecimos del grande hombre una mención particular en la apertura de las sesiones del Cuerpo legislativo de 1812: “Las jóvenes naciones de América que han lanzado el grito de su independencia, los votos del universo los acompañan en tan gloriosa lucha”.86
*Su grandeza de alma lo perdió, escogiendo la Inglaterra, para buscar como Temístocles un asilo en medio de sus enemigos; y cuando después en la roca de su destierro se arrepentía de no haber venido a México87 [donde], exclamaba, habría encontrado [como] Arquímedes su “punto de apoyo; desde ahí podría yo todavía conmover al mundo”.88
*La Representación Nacional mexicana ha dado un testimonio del aprecio que da a este presente, con un decreto de 23 de mayo próximo pasado; y el Supremo Gobierno lo ha dado igualmente, habiendo encargado de recibirlo en este día que es el vigésimo aniversario de la batalla de Waterloo, al S[eño]r Gobernador del Distrito Federal y al Exc[elentísi]mo Ayuntamiento, en cuyas manos tiene el honor de ponerlo el S[eño]r D[octo]r Antommarchi, agradecido por los términos en que se ha aceptado.89
Así concluyó aquel excelso evento cuya crónica se publicó en beneficio de la memoria colectiva, “pues los recuerdos históricos en que abunda, tan brillantes como el héroe que los produjo, excitan la veneración más profunda de su nombre, los más tiernos sentimientos de gratitud y de admiración”.90 Sobra decir que para algunos de los asistentes al evento, entre ellos Bustamante, “no debió haber caído en gracia” el que la ceremonia se hubiese celebrado en el vigésimo aniversario de la derrota del Imperio francés en Waterloo:91
Antier se presentó el busto de Napoleón que regaló Antommanchí [sic] al Ayuntamiento. La función habría tenido mucho esplendor a no haber estado esta corporación de duelo discutiendo sobre sus privilegios. Acompañaron al que hizo de orador (que fue Ramón Pacheco, el guadalajareño, persona de farsa y de dichoso olvido por las fechorías que de luengos tiempos ha hecho y de que hemos hablado)92 porción de franceses, y escogieron este día para este acto el del aniversario de la batalla de Waterloo en que expiró la gloria del héroe. ¡Qué borricada! Si hubieran escogido al de la batalla de Austerlitz, Marengo o Jena habría sido más acertado. En fin, la oblación se hizo y quiera Dios que la presencia de este busto no aliente al loco de Santa Anna a ejecutar alguna de las fechorías que manchan el cuadro de las glorias de aquel personaje, por ejemplo, el entrar de salteador en España, atentado que fue el principio de su ruina.93
¿Qué ocurrió con la reliquia napoleónica una vez que se entregó a las autoridades de la Ciudad de México? Las evidencias sugieren que la máscara no permaneció mucho tiempo en el Ayuntamiento pues, según parece, fue llevada ante el caudillo de México. En efecto, a los pocos días de su regreso triunfal a la Ciudad de México, Santa Anna organizó una junta privada94 en la que se discutiría el sistema político que regiría el destino del país. Horas más tarde siguió una serie de festejos en honor a Santa Anna que incluyeron el engalanamiento de edificios, palacios y casonas, corrida de toros, fuegos artificiales y una esplendorosa recepción y baile en Palacio Nacional.95 Bustamante, según cuenta en su Diario, asistió a la recepción de la que dejó un interesante testimonio:
Después de un largo poste de una hora en el Salón amarillo de Palacio, se nos dejó ver “el héroe de Zempoala” para abrir la sesión en la junta a que había convocado a algunos diputados, senadores y particulares, […]. Él tomó su asiento inmediato a un tocador de damas cuya mesa es de mármol y sobre la que estaba colocado el busto de Napoleón muerto, formado de bronce, el mismo que regaló Anton M. [sic] a las cámaras, está sacado de la misma mascarilla de arcilla que se le puso a su cadáver. A la palidez natural del bronce parece que está reunida la de un cuerpo muerto, está a lo que parece perfectamente sacado, está colocado sobre una especie de féretro, de modo que la cabeza de Santa Anna casi tocaba con la del busto de aquel hombre que dio porte en sus antesalas a los reyes de Europa, que se daban por satisfechos con una sonrisa suya, que su presencia enmudeció una gran parte de la tierra culta y que tuvo por término un destierro en la roca de Santa Elena, sirviendo de triste ejemplar a los que aspiren al supremo poderío y mando. Todos los circunstantes hicimos alto sobre esta circunstancia y tal vez no lo hacía Santa Anna.96
¿Cómo y cuándo llegó el busto mortuorio de Bonaparte a Palacio Nacional? Aunque no cuento con evidencias, deduzco que Santa Anna, enterado por Pacheco de la recepción del obsequio de Antommarchi, ordenó que la reliquia pasase a sus aposentos en Palacio para examinarla y conservarla en el lugar que le correspondía, al lado del “Napoleón mexicano”. Esto podría sustentarse con los testimonios de cronistas o viajeros que describieron los ornatos y pinturas que engalanaban las paredes de aquel recinto: “[La sala de recepciones de Palacio] es un aposento amplio y recién amueblado, todo él pintado al fresco; sus paredes están cubiertas de vulgares cuadros al óleo, que representan la historia de Napoleón, y el piso de alfombra también vulgar”.97 Quizá la reliquia permaneció en la Sala Amarilla de Palacio Nacional, siendo admirada por los invitados a las recepciones diplomáticas en aquel recinto. Sin embargo, sabemos que el 29 de julio98 la máscara fue hurtada junto con otros bienes del recinto parlamentario emplazado en ese edificio. Tamaño escándalo no fue expuesto al público por los diarios oficiales, quizá para evitar la vergüenza; aunque “algo debió saberse”, pues Bustamante -de alguna forma- se enteró del suceso y lo dio a conocer en su Diario, ocupándose también de exponer su irascible opinión sobre Santa Anna:
Anoche se han robado de la Sala Amarilla de Palacio el busto de bronce de Napoleón que regaló al Congreso Antonmardió [sic], médico de este grande hombre en la Isla de Santa Elena. Habíalo retenido el gobierno y en la Cámara no se había hecho reclamación sobre la posesión que le tocaba de él porque no había local donde tenerlo. Ignórase quién haya podido hacer esta fechoría harto deshonrosa para la nación y que dará copiosa materia a la francesa para que declamen contra la desmoralización del pueblo mexicano (y tendrán razón). Robáronse igualmente los galones del dosel del Senado, sólo la persona del general Santa Anna, que es lo único que convenía que se robasen, la han dejado viva, libre e intacta. Dos semanas a que estoy moliendo a los ministros para que den una iniciativa a la Cámara de Diputados para que se arregle un tribunal de ladrones; se me han mostrado tan esquivos como si fuera a implorar una gracia extraordinaria.99
Pero días después el propio Bustamante dio cuenta de la recuperación de la reliquia fúnebre:
Ha aparecido el busto del cadáver de Napoleón robado de la Sala Amarilla donde estaba. Lo ha presentado el padre Moldü100 [sic] con sonrisa sardónica, diciendo que él lo había ocultado para manifestar el estado de abandono en que está aquel salón de los porteros, lo cual no es cierto, como ni en nuestro juicio es que el tal padre lo tomase, sino que algún oficial de los arrancados101 lo hizo, supo que se habían dictado providencias especiales autorizando al secretario de Justicia [José Justo] Corro para que obrase discrecionalmente y echase de Palacio [a] la gente que tuviese por sospechosa, y esto le obligó a devolverlo.102
¿Estuvo el busto mortuorio de Napoleón sin el cuidado debido a una reliquia de su calidad y valor? No sería difícil de creerlo pues, dada la situación de desorden y violencia habitual que se vivía en la capital, algunos temieron por el destino de la máscara: “Vamos ahora a la Casa de Moneda. Se nos ha asegurado que hay abusos en esto del recibo de cobre; y de ahí es quizá, que ni la cabeza de Napoleón se escapará de manos atrevidas, ni aun las campanas de las ermitas están seguras de reducirse a tejoletas”.103
Es aquí donde el rastro de la máscara napoleónica comienza a difuminarse, pues ignoro qué pudo ocurrir con ella después de su recuperación. En un artículo periodístico publicado en 1916, Rivera de la Torre sostuvo que, en algún momento impreciso, el Ejecutivo donó la máscara al Museo Nacional, “donde la exhibieron más de quince años, según lo aseguran varios historiadores de la época”.104 Ahora bien, suponiendo que la máscara pasó al cuidado del Museo Nacional, es muy probable que hubiese terminado arrumbada junto con otros tesoros artísticos y culturales debido al limitado espacio que poseía el Museo en el edificio de la Universidad, lo que acarreó fuertes dilemas para su sostenimiento, tal como lo expuso Madame Calderón de la Barca en su diario.105 Por otro lado, las autoridades y custodios del Museo no podían garantizar el cuidado cabal de los tesoros que estaban a su resguardo pues, poco antes del hurto de la máscara del Palacio Nacional, “se cometió un robo en el que rompiendo la puerta se sustrajeron pepitas de oro y plata; piedras preciosas como diamantes y amatistas, aguamarinas, topacios y ágatas; piezas prehispánicas de oro, relicarios de la época de la Independencia; y alrededor de 185 monedas y medallas de oro y cobre dorado, mexicanas y extranjeras”.106 Además, los frecuentes levantamientos armados en la capital, así como la trágica intrusión de los ejércitos estadounidenses en septiembre de 1847, también implicaron problemas para la seguridad del Museo pues, temeroso de posibles saqueos, “el Ministerio de Relaciones ordenó al conservador poner a salvo los objetos más preciosos, depositándolos, si juzgaba conveniente, en manos de particulares”.107 ¿Acaso la máscara fue trasladada para evitar su robo? No he localizado testimonios que certifiquen o afirmen lo contrario. Desde luego, como dije, es posible que la máscara hubiese permanecido almacenada en las bodegas del museo y por eso nadie dio cuenta de ella en alguna crónica de la época.
Sin embargo, un testimonio documental podría certificar la presencia de la máscara mortuoria de Bonaparte en el Museo Nacional durante la segunda mitad del siglo XIX. En 1865, durante el Segundo Imperio mexicano, se gestionaron una serie de reformas institucionales con las que se pretendió generar beneficios económicos y culturales para favorecer al pueblo mexicano. Entre esas instituciones destacó por su valor formativo el Museo Nacional que, para entonces, se encontraba en decadencia.108 Embelesados por la riqueza arqueológica e histórica de su nueva patria, los emperadores fomentaron la reestructuración interna del Museo, otorgándole una nueva sede en la antigua Casa de Moneda.109 Fue así que Maximiliano ordenó el traslado de las colecciones a las nuevas instalaciones del denominado Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia. Y correspondió a su director, don Manuel Orozco y Berra preparar el inventario de las colecciones para su traslado, fechado el 27 de diciembre de 1865.110 Cabe señalar que entre los objetos registrados destacó “una cabeza de Napoleón de bronce”.111 ¿Se trataba acaso de nuestra reliquia? Probablemente, pero el registro no detalla las características de la pieza. Sin embargo, debemos considerar que bien podría tratarse de cualquier otra efigie en busto del emperador de los franceses, comunes por aquella época.
No debemos olvidar que el Segundo Imperio mexicano tuvo como impronta el devenir e imaginario artístico de la Francia imperial, dictado por Napoleón III, cuyos retratos y bustos se difundieron en nuestro país. La influencia artística de aquel imperio también se verificó en la planeación arquitectónica y urbanística con la que diversos artífices proyectaron el embellecimiento de los palacios y paseos de la Ciudad de México conforme a los designios de los nuevos soberanos.112 De lo anterior, como ejemplo, da cuenta la bellísima talla de perfil del rostro de Bonaparte que engalana la arcada lateral derecha de la fachada principal del Castillo de Chapultepec ejecutada, entre las muchas adaptaciones hechas a la residencia imperial, por el afamado arquitecto mexicano Ramón Rodríguez Arangoiti (fig. 6).113

Figura 6 Relieve-efigie de Napoleón Bonaparte en la arcada lateral derecha del balcón principal del Castillo de Chapultepec. Foto: Carlos G. Mejía Chávez.
Ya que el registro de Orozco y Berra es auténtico, asumiremos que la máscara mortuoria estuvo a salvo en el Museo Nacional desde 1835. Sin embargo, un suceso lamentable ocurrió durante los siguientes años pues, de alguna forma, la máscara fue sustraída de su repositorio; y fue gracias a un inaudito “golpe de suerte” que pudo ser recuperada y devuelta al recinto. Todo comenzó el 25 de junio de 1874, cuando el señor Francisco Híjar anunció en La Voz de México114 que poseía:
El retrato de la cabeza de Napoleón I, fundido en bronce después de la muerte de este emperador. Es enteramente parecido pues se supone que fue sacado primero en yeso y después fundido. Tiene grabadas las inscripciones siguientes: “Dr. F. Antommarchi.” Sabido es que este gran médico acompañó a Napoleón hasta su último momento. Fondu Par L. Richard [et] Quesnel A Paris. Y una medalla con esta inscripción “Napoleón, Emperador y Rey, 1833”.115
El saberse dueño de una reliquia tan magnífica concibió en Híjar la magnánima idea de compartir su tesoro con el público curioso:
Los artistas y afectos a esta clase de recuerdos pueden pasar a la casa del S[eño]r Híjar, cita en la calle espalda de San Lorenzo núm. 2, en donde dicho señor tendrá el gusto de manifestarla. Ante la vista de esta cabeza se admirará el arte y se convendrá en el parecido. El S[eño]r Híjar está demasiado satisfecho, y tiene justicia de ser el poseedor de la efigie de un hombre tan célebre en su tiempo y de tantos recuerdos en la Historia.116
¿Se trataba acaso de la reproducción que Antommarchi entregó treinta y nueve años atrás a la Representación mexicana? De ser así, ¿cómo llegó a manos de Híjar? Es difícil inferirlo; sin embargo, gracias a los expedientes resguardados en el Archivo del Museo Nacional de Antropología fue posible saber qué fue lo que ocurrió posterior al anuncio publicado por Híjar. Reza el viejo adagio que “en boca del discreto, lo público es secreto”, y es que la indiscreción del señor Híjar atrajo la atención de las autoridades pues un mes después de la publicación de su anuncio, la policía capitalina remitió el busto de Napoleón al Museo Nacional, aduciendo, según el propio Híjar, que éste perteneció al Supremo Gobierno:
Habiéndose ordenado al Gobierno del Distrito Federal con f[ec]ha 25 del mes pasado que recogiera el busto de Napoleón I por ser propiedad del Gobierno de la República, el c[iudadano] Gobernador117 con f[ec]ha 1° de este mes, después de remitir el expresado busto, me dice lo que sigue:
“La Inspección G[ene]ral de policía en oficia f[ec]ha de ayer dice a este gobierno: en comunicación f[ec]ha de antier con la cual remitió esta oficina a esta superioridad el busto de Napoleón I, agregaba que ya pedía informes a la persona en cuyo poder se encontró para que explicara el título legal en que la había adquirido. Hoy la propia oficina tiene el honor de informar a u[sted] que el c[iudadano] Francisco Híjar ha manifestado que la compró al c[iudadano] Francisco Díaz por un valor metálico; y este a su vez en la cantidad de cuatro reales a una señora a quien no conoce, quien la vendía a la mano de la esquina de la calle del Seminario. El referido ciudadano Híjar manifestó que, supuesto que el busto en cuestión pertenece al Supremo Gobierno, la entrega sin hacer objeción alguna. La que tengo la honra de transcribir a u[sted] para sus efectos”.
Lo que transcribo a u[sted] por acuerdo del ciudadano presidente118 remitiéndole el referido busto y una copia del expediente relativo al mismo que se formó en el Ayuntamiento de esta capital en 1835119 para que se conserve todo en el Museo Nacional de su digno cargo.120
¿Debemos entender entonces que la máscara mortuoria de Napoleón, custodiada por el Museo Nacional desde 1835, se perdió o fue “sustraída” en algún momento impreciso, y que la casualidad hizo que las autoridades dieran con ella en 1874? Existe esa posibilidad, pues si bien el decreto de Maximiliano estipuló el traslado de las colecciones a su nueva sede, el Segundo Imperio tenía los días contados y, una vez restaurada la República en julio de 1867, las disposiciones imperiales fueron derogadas y algunos funcionarios fueron encarcelados y juzgados por colaborar con los intervencionistas. Entre dichos colaboradores se contó a Orozco y Berra, lo que implicó una acefalía en la dirección del Museo, que permaneció cerrado y sus colecciones y libros hacinados en deplorables condiciones durante un largo tiempo. Esa lamentable situación provocó la irremisible pérdida o sustracción de muchos de esos valiosos tesoros:
la colección de libros […] se halla hacinada en desorden y tememos que cercenada notablemente, en las bodegas [bajas y húmedas] de la Casa de Moneda, a donde se trasladó el Museo. Lo que había en este de algún interés, en materia de antigüedades, jeroglíficos y pinturas se halla en el mismo lastimoso desorden, que hasta pudiera creerse intencional, para cubrir algunas sustracciones.121
A la luz de esta evidencia bien podríamos inferir que, en algún momento entre 1867 y 1870, la máscara volvió a ser hurtada, pasando de mano en mano hasta llegar al señor Híjar quien, enterado por las autoridades de su procedencia, “decidió” devolverla al Museo Nacional en 1874. Todo bien hasta aquí, salvo por un detalle: el silencio del Museo. Hasta donde tengo entendido no existe respuesta, u otro registro oficial expedido por sus autoridades sobre la devolución y destino de la máscara; que debió no ser grato pues, según Rivera de la Torre, la máscara mortuoria de Napoleón quedó hacinada con otros objetos del Museo, hasta que fue rescatada del olvido en 1903 por Alfredo Chavero.122 De hecho, este testimonio tiene mayor validez y sentido si consultamos las guías para visitantes al Museo Nacional, realizadas bajo la dirección de Jesús Galindo y Villa pues, en contraste con las ediciones publicadas entre 1895 y 1899,123 la de 1906 contempló en sus registros “un vaciado en bronce de la mascarilla de Napoleón I. Objeto donado por el D[octo]r Antom[m]archi”.124
Entonces, hasta este punto podríamos concluir que la máscara que originalmente donó Antommarchi al pueblo de México resistió “milagrosamente” las fatalidades del siglo XIX mexicano y, pese a los atentados de 1835 y 1874, fue preservada en el viejo Museo Nacional hasta su traslado a sus nuevas instalaciones en el Castillo de Chapultepec entre 1941-1944.125 Ojalá fuera tan sencillo, pero nos encontramos ante otro dilema. Y es que, como mencioné, según la información del registro técnico de la máscara mortuoria de bronce que se custodia en Chapultepec, ésta fue donada al Museo Nacional el 25 de febrero de 1914. Esto supone entonces que durante las primeras décadas del siglo XX ¿hubo dos máscaras en el Museo? No hay un registro que lo certifique, situación que de haber ocurrido debió llamar la atención de autoridades y custodios.
¿Qué fue lo que ocurrió con el ejemplar de 1835? ¿Fue sustraído de nuevo? ¿“Se perdió” en los albores de la Revolución de 1910? De ser así, ¿bajo qué circunstancias se suscitó la donación de la “otra” máscara al Museo Nacional en 1914? Tal vez esta embrollada situación podría encontrar una luz si regresamos a los andares de Antommarchi por nuestro país. Ocurrencia que lo vincula con los recuerdos juveniles de Alfonso Reyes.
Antommarchi y el busto de la familia Reyes
Luego de su estancia en la capital de la república, Antommarchi viajó hacia Guadalajara y San Luis Potosí, donde residió durante un par de años.126 De hecho, algún testimonio lo sitúa también en Durango donde realizó cirugías a enfermos de cataratas.127 Según Quijano Pitman, Antommarchi llegó a San Luis Potosí en algún momento de 1835,128 donde:
abrió su consultorio en la calle de la Merced (hoy Zaragoza) #6 y en el Hospital de San Juan de Dios. Visitó lugares aledaños: Santa María, La labor del río, el valle de San Francisco; analizó las aguas termales de Gogorrón; teniendo gran actividad quirúrgica. Tuvo un enfrentamiento con el Ayuntamiento de la ciudad, pero en cambio recibió efusivas felicitaciones del gobernador Juan José Domínguez por su altruista labor, en abril de 1836. Según D[on] Nereo Rodríguez Barragán, Antommarchi dejó en San Luis una mascarilla de Napoleón que es propiedad de la familia del Lic[enciado] Don Melchor Vera.129
Antes o después de llegar a San Luis Potosí, Antommarchi residió en Guadalajara (1836) donde, según Flores Tritschler, el médico “vivió algunos años iniciando numerosas amistades entre la sociedad tapatía de aquellos tiempos. Agradecido por las numerosas atenciones que le había dispensado el S[eño]r don Manuel Ocampo, regaló a este una copia más del preciado molde que conservaba en su poder. Esta última mascarilla es la que todavía se encuentra en Guadalajara”.130 Al tomar como referencia a Tritschler, García de Alba y Ramírez Pedrosa aseguraron que la mascarilla donada al señor Ocampo pasó posteriormente “a poder del Lic[enciado] Juan G. Mayen y de este al S[eño]r Agustín Villa;131 herederos después de haber dispuesto en 1901 que el escultor Guzeri132 [sic] hiciera una reproducción, obsequiaron la original al general Bernardo Reyes. Sin embargo, hasta hace algunos años en el Museo Regional de Guadalajara, existía una mascarilla de Napoleón”.133 Volveré a este punto en un momento.
La presencia de Antommarchi en Guadalajara es casi legendaria, pues de los hechos veraces de su estancia en esa ciudad, donde también realizó gratuitamente operaciones de catarata a los pobladores,134 han partido algunas invenciones populares, como la que sostenía que el médico murió y fue enterrado en esa ciudad, generando entre los vecinos un orgullo local.135 La realidad es que Antommarchi salió de México en marzo de 1837 hacia la isla de Cuba; residió en distintos puntos de La Habana, dedicado al auxilio de los enfermos, en donde inauguró la primera casa de salud en Santiago, y realizó actividades ligadas al ejercicio de la farmacéutica.136 Se cuenta, además, que en agradecimiento a las atenciones dadas a su persona donó valiosos presentes relacionados con Napoleón como mechones de sus cabellos o trozos de su paño mortuorio.137 Al final de sus días, enfermo de fiebre amarilla, dictó su testamento, en el cual heredaba sus bienes a su primo hermano Antonio Antommarchi, propietario de un cafetal en el barrio de Santiago del Prado en Villa del Cobre. Expiró el 3 de abril de 1838, y en su funeral recibió honores de “coronel-general del ejército muerto en campaña”.138 Ahí culminó la historia del médico Antommarchi, pero no así su memoria y polémico legado cultural,139 representado en la máscara mortuoria de Napoleón, dejando varias reproducciones en la isla, cuya autenticidad sigue siendo fuente de controversia.140
Ahora es preciso volver al asunto de las reproducciones de las máscaras que Antommarchi obsequió en San Luis Potosí y en Guadalajara. Además de los datos expuestos párrafos arriba, no conozco otros documentos que proporcionen información sobre aquellas reliquias. Y si bien no tengo noticia cierta de la existencia de la máscara potosina, se me ha dicho que la copia en yeso, realizada por Gusmeri Carpa, permanece resguardada en el Museo Regional de Guadalajara.141 Pero ¿y la edición original en bronce? Como mencionaron García de Alba y Ramírez Pedrosa, la máscara que Antommarchi obsequió a sus benefactores en 1836, de algún modo, llegó a manos del general Bernardo Reyes, oriundo, junto a su esposa doña Aurelia Ochoa, de Jalisco, ciudad donde residieron hasta su partida en 1889 a Monterrey, cuando fue nombrado gobernador de Nuevo León. Y aunque no se especifican las características de esa máscara, es claro que se trataba de una edición bruñida en bronce con la firma de Antommarchi y el sello de la casa fabricante, pues así lo reveló don Alfonso en la evocación a su recuerdo juvenil.142 Por tanto, podemos asumir que era similar a la edición donada en 1835.
¿Tuvo razón don Alfonso cuando infirió que la máscara que se encuentra hoy en Chapultepec bien podría ser la que perteneció a su familia? Quizás el año de donación (1914) podría ofrecernos una pista. Para ello debemos evocar el recuerdo de la Decena trágica, de aquel “febrero de Caín y de metralla” en 1913 cuando el alzado general Reyes perdió la vida frente a las armas del régimen legítimo del presidente Francisco I. Madero. Poco tiempo después de esa tragedia, en agosto, el joven Alfonso emprendió un viaje a Francia, en compañía de su esposa Manuela Mota y su hijo Alfonso, sumido en sus añoranzas y sueños:
lo acompañaban también algunos recuerdos particularmente queridos: una leopoldina, medallón de oro con busto de Napoleón, regalo del general Reyes, que cuelga de su reloj con una cinta de seda negra (“Napoleón se lanzó conmigo a la conquista del mundo”) y sarapes de saltillo, tejidos cerca del Monterrey de su infancia.143
Mientras tanto, en México debido a las penurias que la familia Reyes sufrió por causa de la dictadura de Victoriano Huerta, alguno de sus miembros (quizás Rodolfo Reyes quien salió rumbo al exilio en febrero de 1914) hubiese vendido o donado al Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía144 los objetos que pertenecieron a su difunto padre, entre ellos la máscara mortuoria de Napoleón que le había sido obsequiada años atrás.145 Esta conjetura, basada en hechos probados, podría dar sentido al registro de donación de la máscara fechado el 25 de febrero de 1914, que debió estar inscrita en los archivos del Museo, resguardada y, seguramente, usada durante los cursos de estudios antropológicos que se llevaban a cabo en sus instalaciones.146 De hecho, una carta escrita el 25 de junio de 1941 por el historiador jalisciense Antonio Pérez-Verdia Fernández al director del (recién fundado) Museo Nacional de Historia, Luis Castillo Ledón bien podría confirmar mi teoría:
Allá en los primeros años de este siglo […] promoví yo información testimonial ad perpetuam para comprobar hasta cierto punto la autenticidad de la mascarilla de Napoleón que, según tradición que conservaba la familia Villa Gordoa [sic], trajo a México el doctor Antom[m]archi […]. Esa mascarilla fue obsequiada por el señor profesor Jesús Villa Gordoa al general Bernardo Reyes […] y se la envió juntamente con el testimonio de la información judicial instaurada por mí. Supe entonces que el general Reyes donó el objeto histórico al Museo y supongo que allí se encuentra.147 Si usted sabe de él y si encontrara la información, me agradaría recibir su permiso para sacar una copia y publicarla alguna vez, si en ello no hay inconveniente.148
Un mes más tarde, Castillo Ledón ofreció una reveladora respuesta:
el antiguo Museo Nacional de la calle de la Moneda posee un ejemplar en bronce de la mascarilla de Napoleón Bonaparte, donada a dicho establecimiento por el mismo médico de Napoleón, doctor Antommarchi, cuando estuvo en México, acompañándola de una carta escrita en francés, cuyo original se conserva en el Archivo General de la Nación.
Por datos precisos que se tienen en el Museo, sólo existen tres ejemplares de esa mascarilla: uno que se conserva en los Inválidos en París, otro en el Museo Británico de Londres y el del Museo Nacional de México, los cuales fueron reproducciones hechas en bronce, inferiores en calidad artística y el mismo Museo de México conserva una de ellas. Hay asimismo reproducciones en yeso que poseen algunos particulares. Con seguridad que el ejemplar de bronce que posee la familia Villagordoa era de estos últimos, el cual nunca fue obsequiado al Museo por el general Bernardo Reyes.149
¿Qué podemos concluir de esta declaración? ¿Estaba el director del Museo Nacional de Historia en lo cierto? ¿Tuvo entonces el Museo Nacional bajo su custodia los dos ejemplares de la máscara mortuoria? ¿Qué ocurrió entonces con la donada en 1835? ¿Cómo sustentar entonces la evidencia del registro de donación de 1914, ocurrida al tiempo en que Rodolfo Reyes se exilió? Es de advertir que Castillo Ledón vivió en carne propia la violencia del régimen huertista, siendo obligado a abandonar sus labores en el Museo en 1913, ausentándose de la Ciudad de México, a la que regresó una vez que el ejército Constitucionalista lograra el triunfo en agosto de 1914. Quizá durante ese periodo de ausencia tuvo lugar la donación de la máscara de los Reyes, misma que ocupó el lugar de la edición obsequiada en 1835. ¿Sería posible? Por otro lado, es curioso que don Luis no mencionara nada sobre la máscara en su historia sobre el museo, publicada en 1924.150
No puedo concebir, de momento, otra explicación, pues me arriesgaría a forzar la evidencia documental. De ser el caso, este escenario probaría (por ahora) que la reliquia napoleónica resguardada actualmente en el Museo Nacional de Historia no es la edición que fue donada por Antommarchi a la Representación nacional en mayo de 1835, extraviada bajo circunstancias inciertas en algún momento impreciso de la primera década del siglo XX; sólo eso podría explicar su “inexistencia” en los inventarios del Museo Nacional a finales del siglo XIX. ¿Se trata entonces de la máscara que perteneció a la familia Reyes, donada en 1914? Es probable; sin embargo, la última palabra sobre este fascinante caso todavía no está dicha.
Consideraciones finales
Este trabajo no ha tenido mayor pretensión que la de plantear, con base en un examen cuidadoso de una serie de fuentes documentales y hemerográficas, una propuesta sobre los orígenes históricos de un par de ejemplares “mexicanos” de la máscara funeraria de Napoleón Bonaparte, cuyo devenir artístico ha estado ligado a esta nación desde su donación por el médico Antommarchi en 1835. Al tomar como excusa la ceremonia de donación de una copia en yeso dada al Museo Nacional de Historia por cuenta del Instituto Napoleónico México-Francia en 2005, me di a la tarea de recopilar información sobre las circunstancias que dieron cauce a la llegada del médico Antommarchi a estas tierras, en donde obsequió algunos ejemplares de la reliquia napoleónica, cuyo destino no ha sido del todo develado.
Al tiempo de reconstruir el incierto “peregrinar” de dichos ejemplares ha sido posible dar cuenta del relevante papel que esta clase de objetos ha poseído dentro de la cotidianidad humana a lo largo de los tiempos y las culturas. Según López de Munain, la de la máscara mortuoria de Napoleón, en similitud con la de William Shakespeare, representa por sí sola un complejo fenómeno social que ha sido explicado en diversos ámbitos como el artístico, el político y el simbólico, todos ellos contemplados en las diversas coyunturas presentadas en esta investigación. Dada su importancia como un objeto material y artístico, la máscara de Napoleón trascendió como un valioso objeto de culto cuya posesión implicó para el gobierno mexicano, dentro del contexto político de la época, un importante aliciente dentro de su devenir político como nación independiente, toda vez que entre partidarios y detractores del sistema centralista se encontraban adeptos a Napoleón Bonaparte, de cuyos ejemplos políticos y heroicos era preciso imbuirse. José María Tornel, Carlos María de Bustamante y el aclamado Antonio López de Santa Anna sólo representan un ejemplo de la trascendencia del “imaginario político de Napoleón” y su relevancia social en la historia de México.
Desde luego, los descuidos y atentados que sufrió el ejemplar de la mascarilla funeraria durante poco más de sesenta años también dan cuenta de los difíciles momentos que sufrió la nación mexicana a lo largo de su construcción como nación independiente y republicana. El peregrinar, la pérdida, recuperación y desaparición de una máscara, en conjunto con la posible donación de otro ejemplar al Museo Nacional por parte de la familia Reyes, sólo exponen una pequeña muestra de esta gran historia que debe continuar escribiéndose, con la esperanza de que nuevos testimonios documentales sean hallados, lo que abrirá nuevas sendas para la investigación, vinculando nuestro pasado y devenir histórico al de otras naciones.
No podría concluir este texto sin hacer la invitación a los lectores a visitar las galerías del Museo Nacional de Historia, en el emblemático Castillo de Chapultepec y, de entre los maravillosos tesoros patrimoniales que están bajo su resguardo, considere buscar la reliquia napoleónica de la que hemos hablado a lo largo del texto. Prueba fehaciente de la riqueza multicultural y artística que como mexicanos debería hacernos sentir orgullosos, y responsables, de nuestro pasado y porvenir.151










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