Presentación
Este ensayo rinde homenaje a Francisco de la Maza y a Raúl Flores Guerrero, su efebo eterno.1 Estas letras quedan inmersas en un conjunto de estudios sobre la figura del célebre historiador a propósito de las Jornadas académicas por su 50 aniversario luctuoso. En honor a don Francisco de la Maza presento las siguientes actualizaciones del rastreo de los yesos de la Colección de Escultura de la Academia de San Carlos que retratan al joven Antinoo. Algunas obras analizadas forman parte de las colecciones carolinas que están bajo el resguardo de la Facultad de Artes y Diseño (FAD) en la Coordinación de Investigación, Difusión y Catalogación de Colecciones (CIDyCC).2 Algunas otras están perdidas o no se han encontrado y formaron parte de las piezas escultóricas que se repartieron hacia mediados del siglo XX en museos nacionales y estancias gubernamentales de cultura.3 El rastreo de las esculturas dispersas es un reto personal y académico que pretende devolver a los yesos su importancia como objetos de arte para comprender la formación de los artistas carolinos desde finales del siglo XVIII y hasta principios del siglo XX. Este ensayo es producto de mi trabajo personal como curador responsable de la colección de yesos de San Carlos y pretende continuar con el legado e interés por la gipsoteca universitaria que maestros como Clara Bargellini, Jaime Cuadriello y Aurea Ruiz, entre otros, emprendieron. Para ellos van también estas líneas.
Esbozo de la colección escultórica de la Academia de San Carlos
La colección de yesos de San Carlos se formó en tres periodos: 1791, 1856 y 1903. La remesa fundacional llegó en 1791 a la Nueva España. Fueron 63 cajas con más de 190 esculturas en yeso que fueron vaciadas por José Panucci, vaciador oficial en la Academia de San Fernando de Madrid.4 Este acervo se enriqueció con piezas que donó Antón Raphael Mengs en 1776 y 1779; también con obras vaciadas de las colecciones de Palacio Real y de la colección de Cristina de Suecia, así como con obras escultóricas que Velázquez copió en sus viajes a Italia hacia el siglo XVII y que se depositaron en el extinto Palacio del Alcázar. Este conjunto lo solicitó Jerónimo Antonio Gil para las clases de dibujo de la incipiente academia americana. La gipsoteca de San Carlos se nutrió de piezas entre los siglos XIX y XX. Para 1843, la Academia de San Carlos se vio respaldada económicamente por los Fondos de la Lotería Nacional. Con una economía más estable, la escuela pudo adquirir de nuevo materiales para las clases y la compra de yesos formó parte de este otro proceso. Entre 1856 y 1857, con la intervención de José Bernardo Couto -presidente de la Junta Directiva- y el catalán Manuel Vilar - director de Escultura - se inició el trámite de la segunda remesa para engrosar la gipsoteca de la Academia. Para 1855, Vilar le solicitó a Larraínzar la compra de varios yesos en 2000 pesos. La lista incluyó los siguientes objetos:
24 estatuas, entre vestidas y desnudas, que no sean más grandes del tamaño natural, entre las cuales se incluyen los dos Discóbolos, el Demóstenes, el Zenón, los dos amorcillos del Capitolio
12 torsos antiguos
24 bustos de todos los tipos, […] varias piezas de ornamentación, cornisas, frisos, arquitrabes, capiteles, bases, y otros fragmentos de ornamentación de los estilos más notables que puedan servir a los arquitectos y a los decoradores.5
Esta remesa, una de las más grandes en la historia de la escuela, llegó en 31 cajas hacia 1857. Es posible que dicho emprendimiento se viera interrumpido por la muerte de Manuel Vilar, en 1860.6 El acervo de la Academia gozó de un buen estatus a mediados del siglo XIX: las grandes remesas, las obras de los alumnos pensionados en el extranjero, y algunas compras entretiempos fueron conformando una gran colección. Si bien el impulso de adquirir piezas no se detuvo durante los primeros años del siglo XX, dichas décadas trajeron cambios en San Carlos. Las nuevas modas y movimientos artísticos repercutieron en las colecciones resguardadas. Aun así, en 1903, gracias a la intervención del director Antonio Rivas Mercado, el arquitecto Carlos Lazo y Enrique Alciati, director de escultura, se recibió la tercera gran remesa de yesos para la gipsoteca de la Academia. Esta compra se le encomendó a Sebastián Mier, ministro de México en Francia, a quien apoyó Alciati para seleccionar y comprar “útiles obras de texto y consulta”.7 Se adquirieron copias en yeso de la Academia de París de obras como el Moisés de Miguel Ángel, y Las tumbas de Lorenzo y Juan de Medicis -piezas que se exhiben al día de hoy en el patio de la Antigua Academia. En ese mismo lote llegaron otras réplicas, como los bajorrelieves, de Luca della Robbia; la Fuente de las Ninfas, de Jean Goujon; el Apoxiómenos, de Lisipo; fragmentos del Partenón; la Victoria de Samotracia, entre otras.8
Dentro de estas tres remesas llegaron varios Antinoos. De manera general menciono que, para esta búsqueda, se utilizaron fuentes como el documento titulado “Relación de las 63 cajas que contienen los yesos”, de 1791, localizado en el Archivo General de Indias, en el apartado Indiferente 103.9 Se utilizó el catálogo que hizo Manuel Revilla de las piezas que se resguardaban hacia 1905 y, por último, se consultó el Inventario de Bienes de la Academia que se hizo hacia 1916 y que se resguarda en el Archivo Lino Picaseño de la Facultad de Arquitectura de la UNAM.10
Antinoo en dos libros de la Academia
Para la enseñanza de la figura humana, Jerónimo Antonio Gil poseía, entre muchos otros títulos, un texto sobre la escultura clásica antigua titulado, Las proporciones del cuerpo humano. Medidas de las más bellas estatuas de la Antigüedad de Gerardo Audrán.11 Este volumen fungió como uno de los primeros acercamientos al arte antiguo en la Nueva España. El texto lo estudió y publicó Eduardo Báez; un ejemplar original se localiza en la Colección de la Academia de San Carlos en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Mediante los trazos, proporciones y medidas, el artista -en particular el oficio de grabador y pintor, según comentario del propio Gil-, podría reproducir la belleza y la simetría de los antiguos cánones. Entre las láminas destacan dos Antinoos muy famosos: el Ídolo egipcio y el del Antinoo de Belvedere.
La inscripción en la lámina del Antinoo egipcio dice “La estatua de un Término, obra Egypcia, tiene de altura 7 cabezas, una parte y siete minutos. Nótese que el alto de la cabeza está rebajado”. En la lámina del de Belvedere dice La estatua de Antinoo llamada la admirable, que se conserva en Roma en el jardín del Vaticano tiene de altura 7 cabezas y 2 partes. La proporción de las piezas, sus poses y los ángulos de la anatomía del joven favorito de Adriano fueron retratados en las dos láminas que aquí se presentan.
En el Fondo de la Academia de San Carlos de la Biblioteca Nacional, en el librero XV, se resguarda un ejemplar de la obra de José López Enguidanos, titulada Colección de vaciados de estatuas antiguas que posee la Real Academia de las tres Nobles Artes de Madrid12 que se publicó en 1794. Este ejemplar permite conocer cuáles son las obras que con seguridad llegaron a la Nueva España en la remesa que acompañó Tolsá en 1791. Sobre Antinoo existen tres dibujos: Antinoo de Belvedere (ahora catalogado como Antinoo Hamilton), el Ídolo egipcio (ahora catalogado como Osiris-Antinoo) y el Antinoo capitolino. Estas imágenes permiten saber qué yesos se encontraban en la escuela madrileña poco después del envío escultórico a San Carlos.
La cercanía de estos textos para los alumnos académicos fomentó el uso del modelo del Antinoo en tareas esenciales como el trazo, el dibujo de proporción y el dibujo de cuerpos. Esta actividad se reforzó con la fórmula académica de la enseñanza del arte: la copia en yeso. El dibujo era la base de toda creación académica, su preparación, de tiempo extendido y niveles constantes de desarrollo. La copia en yeso era el método que permitía a los alumnos conocer las grandes obras de la estatuaria antigua de manera directa. Su análisis y reproducción los dotaba de maestría y habilidades en la representación de cuerpos, cabezas, manos, ojos y músculos. Las aulas académicas generaban las condiciones perfectas para observar, dibujar, corregir y solucionar las composiciones grecorromanas. Las investigadoras Clara Bargellini y Elizabeth Fuentes mencionan algunos incisos de los estatutos de 1785, en los cuales se insiste y destaca la importancia del dibujo en los planes de estudio carolinos.13 La formación profesional de los alumnos se dividía en tres fases: la Sala de Principios, la Sala del Yeso y la Sala de Modelo Natural o Vivo. Los estudiantes recorrían estas etapas de acuerdo con su capacidad y desarrollo en la técnica.14 Este modelo se aplicó a todas las academias fundadas en el periodo ilustrado y tuvo eco hasta bien entrado el siglo XIX.15 En el acervo gráfico de la Academia se resguardan dibujos del yeso que sirven como documentos fidedignos de la existencia y uso de las piezas de la colección escultórica.
Esculturas de Antinoo en la Academia de San Carlos
Busto Adriano
El primer yeso que trataré es el del retrato de Adriano. La pieza está perdida o hasta ahora no se ha encontrado. En el Acervo Gráfico de la Academia se resguarda un dibujo con la cabeza del emperador romano, realizado por el alumno Mariano García en 1794 y es la única obra de este personaje que se ha encontrado en resguardo. Sus líneas muestran calidad y precisión en la ejecución y se trata de un retrato del yeso que lleva el visto bueno del profesor de la clase, Ximeno y Planes. La pieza no aparece registrada en la relación de cabezas que envió la Academia de San Fernando a la Nueva España hacia 1790. Parece ser que esta pieza es anterior a dicho envío; Gil -ya con el nombramiento de grabador mayor- se embarcó hacia América en 1778 y arribó al puerto de Veracruz el 5 de diciembre de ese mismo año a bordo del navío Nuestra Señora del Rosario y San Francisco.16
Llegó con 24 cajas de madera que contenían objetos personales y material didáctico para la Casa de Moneda y la Escuela de Grabado; el viaje, tan complicado como todos los de la época, accidentó algunos materiales que Gil había traído consigo para la docencia, quien relató, sobre todo en el caso de los yesos, que “de éstos no han quedado más de cuatro o cinco cabezas, todo lo demás se hizo pedazos en el camino”.17
Estas pocas sobrevivientes integraban un grupo de ocho cabezas en yeso vaciadas por Felipe Castro. En el Archivo de la Academia de San Fernando, existe documentación que da fe de que, en 1754, a Felipe Castro, escultor principal del Rey, se le encomendó la misión de vaciar en el Palacio Real de Madrid algunos de los bronces traídos por Velázquez desde Italia.18 Estas piezas, que ahora se encuentran en el Salón del Trono, se entregaron ese mismo año a la Academia en calidad de donación real. Las piezas mencionadas son los retratos de Safo, Nerón, Zenón, Mario, Apolo y Adriano -más un Cicerón y un Platón que actualmente están perdidos.19
Este retrato de Adriano es evidencia de la existencia de un yeso o de un dibujo que llegó a la Nueva España y que fue modelo para el dibujo que aún se conserva en la academia.
Antinoo del Museo Británico
El catálogo del Antinoo de 1966 se vio actualizado por una serie de notas que De la Maza publicó en la revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas.20 Entre ellas menciona las reproducciones en yeso que llegaron a la Academia de San Carlos: “A México trajo Tolsá una nutrida colección de yesos, para la Academia de San Carlos, entre los cuales están el busto del Museo Británico y el Antinoo-Osiris del Vaticano”.
El yeso del Museo Británico que De la Maza menciona ahora está perdido. No se ha localizado ni en la Academia de San Carlos, ni en el Museo Nacional de Arte, el Museo Nacional de San Carlos o el Museo Nacional de las Culturas del Mundo. Sin embargo, la escultura aparece en el inventario que Revilla publicó en 1905, donde dice: “46. Antinoo representado de Baco, del Museo Británico. Cabeza colosal coronada de piedra de facciones hermosas, aunque un tanto femeninas”.21
De la Maza lo describe así:
La cabellera es más abundante, con largos rizos que caen sobre la espalda, cubierta por grandes hojas y frutos de yedra. El óvalo del rostro se agudiza hacia el mentón en gradación firme y a la vez exquisita. Los ojos son más grandes y más rasgados y las cejas rectas, finamente cinceladas.22
En el listado de cabezas de 1791 existe la referencia a una cabeza de Baco monumental, Bargellini y Fuentes Rojas registran esta obra como Antinoo como Baco.23 En los avalúos de las esculturas de la Escuela Nacional de Bellas Artes, realizados en septiembre de 1867, aparece la referencia a dos bustos de Antinoo con valores de 14 y 18 pesos. No obstante, la lista de objetos no especifica de qué obra se trata y el listado de Revilla es el único documento que garantiza la existencia de la pieza hacia principios del siglo XX.
Antinoo capitolino
La tercera pieza es una reducción del Antinoo capitolino (fig. 1). Es una copia vaciada en yeso de la obra de Isidro Carnicero, académico y escultor español. Carnicero, como pensionado en Roma, remitió a la Academia de Madrid, entre otras obras, esta pieza en barro del Antinoo capitolino. Ésta mide cerca de 73 centímetros y tiene inscrita en su base la frase: “Ysidro Carnicero la copió en Roma año de 1760” (fig. 2).24

1 Anónimo, Reducción del Antinoo capitolino, escultura. Foto: CIDyCC, AASC, FAD. Colección Academia de San Carlos.

2 Isidro Carnicero,reducción del Antinoo capitolino, escultura. Imagen de acceso libre en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, tomada de https://www.academiacolecciones.com/esculturas/inventario.php?id=E-127.
Se trata de una reducción del original que se resguarda en el Museo Capitolino y que se encontró en la Villa Adriana en Tívoli, Roma, hacia 1738. De la Maza, en su enorme conocimiento del canon, sentencia que la cabeza no corresponde al célebre personaje:
No es Antinoo en la cabeza por la cabellera, totalmente distinta de todas las típicas e indudables cabelleras antinoicas; no es Antinoo en la poderosa si bien armónica nariz; no lo es en el acusado óvalo del rostro ni en el agudo mentón, ni en las cejas, que es un punto clave para Antinoo.25
Sin embargo, es más gentil con el cuerpo al decir “sí es un cuerpo antinoico. Más fino, más esbelto, más exquisito que otros, pero del efebo bitinio en el momento en el que sale de la adolescencia para entrar a su robusta juventud”.26
Esta pieza llegó a la Nueva España en la remesa fundacional de 1791. En este mismo envío se registra otra obra que Isidro Carnicero realizó para la Academia de San Fernando: es una Inmaculada Concepción vaciada en yeso que realizó en 1763 durante la misma estancia romana.27 La pieza de San Carlos se localiza, hoy día, en el Museo Nacional de Arte. Fue sin lugar a dudas una obra importante y cuyo alcance se mide mediante los dibujos que hay en el acervo gráfico con su retrato y que datan desde finales del siglo XVIII a principios del siglo XX. Las obras de R. Martínez, de 1909 y de Pablo González, de 1910, hechas en carboncillo sobre papel, demuestran la presencia de este yeso en las clases de dibujo.
El gusto y la cercanía de De la Maza por este yeso se suma a la noticia que Jaime Cuadriello registra en el prólogo del libro sobre Antinoo,28 cuando Justino Fernández solicita a los talleres de vaciado que se copie el Capitolino en bronce para conmemorar la publicación del libro homónimo:
De estas estatuillas vaciadas en bronce y con la misma escala, entonces, en 1966, se hizo un tiraje limitado solo para los íntimos […]. Para realzar la grácil hermosura del efebo en reposo se liberó al cuerpo de la tornapunta o tronco arbóreo; y las estatuillas se distribuyeron, montadas en una base de mármol negro.29
La pieza aparece retratada en un número importante de dibujos que se resguardan en San Carlos. Los alumnos de la academia copiaron este Antinoo desde principios del siglo XIX y hasta 1907; su uso significó la revalorización de los cánones clásicos de la belleza, la proporción y el fino perfil del personaje.
Antinoo egipcio, Ídolo egipcio, Osiris como Antinoo
En el Archivo Fotográfico de la Antigua Academia de San Carlos se localiza una pieza cuya imagen retrata una de las galerías antiguas de la institución y que está fechada hacia 1912; las piezas, notables y de tamaño natural, se mantienen arrumbadas en las Galerías de Escultura Antigua de la escuela. Esta percepción, lejos de sonar juiciosa, aparece descrita en la parte trasera del papel donde se lee: “8. Estado actual de una de las salas de las galerías de escultura de la Academia N. de Bellas Artes, donde se ven los ejemplos amontonados y en desorden. 28 […] 1912” (fig. 3).

3 Anónimo, Galerías de Escultura Antigua. Foto: CIDyCC, AASC, FAD. Colección Academia de San Carlos.
En la imagen destaca la silueta de un ídolo egipcio que la historiografía del arte y la tradición han nombrado como Antinoo egipcio u Osiris como Antinoo. La pieza original se localiza en los Museos Vaticanos y se encontró en Tívoli en terrenos de Liborio Michilli entre 1739 y 1741, donde se ha identificado en tiempo reciente el Antinoeion o templo de Antinoo de la Villa Adriana. La escultura ingresó en el Museo Capitolino por donación de Michilli al papa Benedicto XIV en 1742 y posteriormente Gregorio XVI la trasladó al Museo Egipcio del Vaticano en 1838. La pieza la vació Mengs en uno de sus viajes a Italia. El mismo artista retrata la obra en la célebre Sala de los Papiros en los Palacios Vaticanos.30 La Academia de San Fernando tiene en la actualidad un yeso moderno que sólo retrata el busto del personaje. La pieza antigua se localiza en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid.31 Se encuentra dividida en cuatro partes: cabeza y torso, abdomen y sexo; brazo izquierdo y las piernas que se recargan en el tronco de soporte.
La copia de este yeso llegó a la Academia de San Carlos en la remesa de 1791 y aparece en los listados del Indiferente 103, dividida en dos cajas de embalaje: “No. -1. -Los muslos y pedazos del medio con los dos brazos del Ídolo egipcio […]No. 2.-i […] la cabeza del Ídolo con el pecho”.32
Revilla describió, así, la pieza:
10B. Estatua Egipcia ó Antinoo. Museo del Vaticano. En esta figura semicolosal se ha creído reconocer los rastros fisonómicos del favorito del Emperador Adriano, representando un sacerdote egipcio. Presenta la simetría de los miembros característicos de la escultura egipcia, así como el tocado y la vestidura. Fue descubierta en Tívoli, en la Villa Adriana.33
El yeso se encuentra hoy perdido; existe un notable dibujo de 1798 que la retrata de cuerpo completo; es un carboncillo que lleva rúbrica de Ximeno y Planes. Esta pieza es similar a un dibujo que Mengs realizó de la escultura original durante su estancia en Italia y que en la actualidad se localiza en el Museo del Prado.
Cabeza y estatua completa del Antinoo Hamilton
Esta cabeza corresponde a la escultura conocida como Antinoo Hamilton (fig. 4). El busto de San Carlos es una copia vaciada de la pieza que Mengs donó a San Fernando. Aparece retratada en la obra que el alumno Gilberto García hizo en 1888, donde se ve el pecho desnudo sin paño alguno que caiga del lado derecho del personaje.
En la tesis de Almudena Negrete, que versa sobre los yesos que Mengs donó a Carlos III, se registran los listados de envío de varios yesos italianos con rumbo a Madrid a petición del artista; en esta lista aparece una referencia a la pieza:El Antinoo del inglés Gavino Amilton, réplica antigua del de Belvedere.34 La pieza original se encontró en 1771 en la excavación de Via Appia por Gavin Hamilton -de ahí su nombre.35 Su grandeza y calidad causaron celos en el papa respecto a su Hermes de Belvedere, así que prohibió su exportación fuera de Italia. A pesar de ello, existen referencias históricas que narran la compra de esta escultura por 600 libras a cargo de Lord Shelburne, futuro marqués de Lansdowne. La pieza original se resguarda actualmente en el Santa Barbara Museum of Art, California, pues lo donó Wright Ludington, quien la había adquirido en una subasta de antigüedades procedentes de la colección del Marqués de Lansdowne, hacia 1984.36
En el catálogo razonado de obra de Revilla (1905) se nombra a este Antinoo como Mercurio del Vaticano y lo describe:
2. Mercurio, vulgarmente llamado (conocido por) Antinoo. Estatua en mármol del Museo del Vaticano. El Papa Paulo III la reputó digna de figurar al lado del Laocoonte y del Apolo de Belvedere. Buena expresión de la carne juvenil, desnudo noble, cabeza bien dibujada y modelada, aire tranquilo, robustez y elegancia, excelentes proporciones y bella actitud. Miguel Ángel no se atrevió a restaurar el brazo derecho y la mano izquierda por temor de dañar la perfección de la obra.37
En los listados antiguos de la Academia confunden ambos tipos Hamilton y Belvedere. En la remesa de estatuas de 1791 se registra una pieza completa de Antinoo y en los avalúos de 1867 la pieza llamada Antinoo del Vaticano tiene un valor de 150 pesos. Esta confusión es válida; las piezas son similares y en ambas se dejan ver ecos importantes del estilo de Praxíteles. Sin embargo, la obra del Vaticano no llegó a San Fernando de Madrid y, por consecuencia, a la Academia de San Carlos de la Nueva España; la única copia cercana a la institución la solicitó Velázquez en su segundo viaje en Roma y la vació el formador Orazio Albrizio, en 1650. Sin embargo, este yeso se quemó en el terrible incendio que sufrió el Palacio del Alcázar de Madrid en 1734.38
Existe una serie de fotografías que dan fe de la presencia de la estatua completa de este Antinoo. La primera imagen se tomó en 1912. Aquí aparece de espaldas acompañada de otras esculturas notables (fig. 5). Se puede observar en ella el estado de los yesos hacia principios del siglo XX. En la parte trasera lleva escrito con lápiz: “11. Estado actual de las galerías de Escultura de la Academia N. de Bellas Artes, donde se puede apreciar el hacinamiento, abandono y desorden en que se encuentran los ejemplares”. La segunda fotografía pertenece al álbum de Manuel Buenabad y se tomó en 1897 en las Galerías de Escultura Antigua. En la imagen aparece junto a otras obras que llegaron en la remesa de 1791 como Laocoonte y sus hijos, el Germánico del Louvre y los Luchadores de Florencia. Por último, el busto aparece en una fotografía en el salón de la Clase Pillet, en donde se ve el mismo busto en lo alto de las paredes. Está acompañado de otros yesos antiguos como la cabeza de Júpiter y Homero (fig. 6).
En la fotografía titulada Gerardo Murillo Atl y alumnos en los salones de la Academia39 de la Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), también se localiza la escultura en cuestión. Este yeso se copió a los pocos años de haber llegado a la Nueva España; en el Acervo Gráfico de la Academia existe un dibujo hecho por Juan Fortes y firmado por el profesor Aguirre. Lleva la fecha de 1793 y se trata de un retrato del busto de esta obra.
El yeso completo no se ha localizado en ningún museo donde se depositó obra de San Carlos y el busto que aquí se presenta es la única pieza que ilustra esta notable obra.
Antinoo de Duquesnoy (?)
Existen dos dibujos que han sido considerados como posibles Antinoos. El primero es un retrato hecho por Pedro Patiño Ixtolinque en 1788. Es de los primeros años de la Academia y corresponde a un cuerpo más estilizado, con un movimiento de cadera más dramático que la escultura del Capitolino; la cabeza gira hacia el costado derecho y crea un perfil digno de retrato. La otra obra es de Mariano García, realizada en 1794. El cuerpo del joven aparece con una figura joven, viril, firme, pero con un claro movimiento de cadera que hace evidente el peso que se deposita sobre una sola pierna. Ambos dibujos recuerdan el llamado Antinoo de Duquesnoy. También un bronce se resguarda en el Museo de Viena, creado por el escultor flamenco François de Duquesnoy durante su estancia en Roma hacia 1630 y 1640. El modelo sale de la figura del Antinoo de Belvedere y destaca por el contrapposto tan peculiar. Las figuras son similares y es probable que un modelo parecido se utilizara en la ejecución de los dibujos. Los listados de 1791 no son muy claros al describir la obra y, aunque en este envío se contó con yesos del flamenco, como amorcillos y otros personajes, no queda claro en qué periodo pudo haber llegado un yeso o muy probablemente se trate de la copia de algún dibujo que Gil trajo consigo como material docente para la enseñanza del dibujo. En una fotografía titulada Alumno en la Academia de San Carlos, fechada a principios del siglo XX y resguardada en la Mediateca del INAH, se adivina en un segundo plano un modelo a escala que evoca la posición de la pieza de Duquesnoy. La torsión del cuerpo y la posición de los brazos siguen recordando la obra del flamenco.40
Castor y Pólux (conjunto escultórico de San Ildefonso)
Para finalizar, esta pieza se registra en el lote de yesos enviados desde la Academia de San Fernando en 1791; la estatua original pertenece a la Colección de Cristina de Suecia que fue adquirida por Isabel de Farnesio y Felipe V, padres de Carlos III. Este lote estaba integrado por estatuas antiguas que fueron resguardadas en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, en Segovia, y que habían sido traídas desde Roma en 1725.41 A la obra se le conoce como el Grupo de San Ildefonso, aunque en las descripciones más antiguas aparece registrada como Cástor y Pólux. La cabeza laureada y la jovial figura de uno de estos jóvenes recuerdan el canon de Antinoo. El yeso de San Carlos costó 240 reales según una lista de avalúos hecha por Josef Panucci, vaciador de San Fernando. La pieza completa llegó en la caja 54 de las 63 en las que se repartió la primera gran remesa de yesos y aún se conservaba en la escuela hacia principios de siglo XX, cuando Revilla hizo su célebre inventario de la colección:
19. Cástor y Pólux, (gemelos) del Museo de Madrid, y perteneciente á la antigua colección del Palacio Real de San Ildefonso. Los dos jóvenes amigos, apoyado uno en el hombro del otro, contemplan la antorcha que uno de ellos inclina sobre una ara pequeña. A un lado está una estatuilla arcaica de Coré. Obra poco original y de una armonía dudosa. Especialmente la figura de la derecha, recuerda demasiado al Sátiro de Praxíteles y al Apolo Sauróctono.42
Se conserva un dibujo al carbón de Juan Fortí que se resguarda en el Acervo Gráfico de la Academia de San Carlos con fecha de 1793; el retrato lleva la firma de Manuel Tolsá. Otro retrato de este yeso lo realizó González hacia 1803. La pieza aparece dibujada por la parte trasera y es un claro ejemplo de la innovación del alumno que recibió el visto bueno por Manuel Tolsá, quien volvió a firmar como profesor. Por último, una obra de 1857, firmada por José María Velasco de la Colección Pellicer, también presenta el yeso.
Conclusiones
La relación de Francisco de la Maza con la Academia de San Carlos es innegable. Como un ávido investigador de las artes en México su acercamiento con la escuela fue constante y tocó planos como la docencia, los acervos y su investigación. El interés de Francisco de la Maza por estudiar la figura del Antinoo generó uno de los estudios más importantes de la historiografía nacional. Su pasión y devoción por las esculturas resulta inspirador para la misión que, desde San Carlos, realizó: el rastreo de los yesos que conformaron la gipsoteca más antigua e importante de América. Que esta actualización de datos sobre el Antinoo en San Carlos rinda homenaje a la pasión, persona e historia de don Francisco De la Maza y a Raúl, su Antinoo, su efebo eterno.










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