La figura del intelectual-académico, que fue tan decisiva y visible en la cultura en México entre las décadas de 1930 y 1990, se desvanece día con día. Se entiende que el trabajo cada vez más especializado en el campo de las humanidades ha sido una de las causas por las que los investigadores y profesores de las universidades se alejan de los medios o de que su producción no tenga repercusión en la opinión pública (aunque es verdad que, en menor medida, esto no sucede entre los profesionistas de las ciencias sociales). No hablemos de la figura de los humanistas en los campos de la filología, la historia, el pensamiento y el arte, a quienes raras veces los vemos participar en los grandes debates nacionales, salvo notables y muy escasas excepciones. El gabinete o el archivo y la cultura mediática de nuestros días no son espacios compartidos o que puedan habitarse por un “profesionista” de manera indistinta o simultánea. Todos perdemos cuando una voz verdaderamente autorizada, en un momento de crisis cultural, arbitrariedad gubernamental o pérdida patrimonial, se queda omisa o silenciada intramuros de los claustros universitarios. Basta volver la mirada a una figura tan atractiva, polifacética y valiente como fue la de Francisco de la Maza (1913-1972) para cercioramos de que este perfil del intelectual “totalizador” ya no tiene equivalentes en nuestro medio profesional o que su genealogía de pensamiento ha cambiado de identidad y reduce su limitada participación a los foros abiertos de la historia del arte y la cultura.
También es verdad que Francisco de la Maza fue un personaje singular e inédito en su tiempo. En este número monográfico de la revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas no sólo hemos querido evocar algunas de sus múltiples facetas como escritor, crítico, erudito, historiador y defensor del patrimonio, sino también restituir a nuestra historiografía algunos rasgos de su inagotable biografía intelectual y, desde luego, algunas de sus precursoras contribuciones a los estudios de las imágenes novohispanas y la literatura virreinal, la tradición clásica en el arte y la modernidad. En suma: nos proponemos ponderar su papel preeminente de “intelectual” e historiador tan diverso.
Esta publicación es el resultado de una jornada académica de homenaje para conmemorar el 50 aniversario luctuoso de De la Maza, que celebramos en el Museo Nacional de San Carlos de la Ciudad de México, además, con una exposición dedicada a uno de sus mejores y más originales libros: Antinoo, el último dios del mundo clásico (aparecido en 1966 y recientemente reeditado). Durante aquella jornada del 22 de junio de 2022, bajo los auspicios del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos reunimos varios colegas y el público interesado en el auditorio de dicho museo y algunos de nosotros nos cercioramos de que la obra del doctor homenajeado sigue siendo una rara avis de su tiempo y del nuestro. Por ello mismo, era impostergable revisitarlo en su extensa bibliografía, pero con la crítica y empatía desde nuestra mirada contemporánea: el autor sigue brindando un caudal de claves e ideas, inquietantes o provocadoras, para resolver los múltiples temas y problemas que conforman nuestra agenda de investigación. Me consta que, entre los jóvenes participantes y estudiantes del posgrado, la escritura del autor ahora levanta nuevos lectores, sorprendidos no sólo por sus ideas atrevidas, agudas o punzantes, sino por su trayectoria tan vital y apasionada.
En efecto, luego de una vida intelectual fecunda y creativa, Francisco de la Maza y Cuadra murió en la Ciudad de México el 7 de febrero de 1972, poco antes de cumplir 59 años; para entonces, ya era autor de 30 libros y 300 artículos, todo un personaje intelectual que descollaba en el ámbito de la cultura y miembro de varias academias (entre ellas la de San Fernando en Madrid y la Hispanic Society). Fue considerado el discípulo más aventajado de Manuel Toussaint, miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas desde 1941 y aún recordado como una de sus figuras torales y de mayor reconocimiento nacional e internacional.
La ingente obra de este historiador del arte mexicano -y universitario distinguido- destaca por la amplitud y originalidad de sus ideas, su curiosidad e imaginación inagotables y el manejo de una prosa seductora, crítica y apasionada. Como dije, ha sido un referente inaugural porque abordó temas y problemas que entonces estaban invisibilizados o francamente desdeñados en nuestra disciplina, o yendo más allá de las tradicionales monografías sobre ciudades y artistas. Hagamos el recuento breve: la arquitectura regional, el arte efímero y la fiesta, la oratoria sagrada y su relación con la imagen, la mitología en el barroco, los retablos y su lenguaje simbólico, el guadalupanismo como expresión culturalista e ideológica o la diversidad poética de sor Juana Inés de la Cruz; e incluso el entonces inexplorado arte del siglo XIX. También De la Maza es aún recordado por el magisterio que ejerció en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, donde formó varias generaciones de profesionistas, quienes abrieron nuevas líneas de investigación y consolidaron nuestra disciplina. El legado de sus libros sobre arte y cultura novohispana continuó despertando vocaciones entre quienes no lo conocimos o más bien lo recobramos gracias a algunos de sus amigos más íntimos y fieles. No menos valiosa fue su decidida participación como defensor del patrimonio artístico novohispano en tiempos de especulación e indiferencia oficial, para lo cual abrió una columna periodística o de plano se iba a tocar la puerta de altos y medianos funcionarios (“Paco, el batallador”, le llamaron sus amigos).
Pero lo que más llama la atención, por apartarse radicalmente de sus colegas y contemporáneos en su país, incluso en el marco de la producción historiográfica de Hispanoamérica y España, es su valentía y dignidad para manifestarse con toda la sensibilidad personal -y sin ambages para la crítica estética- desde el ímpetu de su preferencia sexual. Todo en armonía con su vida íntima y afectiva, ya en la esfera pública o la académica; es decir, por medio de sus estudios dedicados a la cultura clásica y su peculiar homoerotismo u homosociabilidad (como decimos hoy día), tanto entre los autores grecorromanos como de los héroes míticos y antiguos. De sus 30 libros, cinco de ellos están dedicados a ponderar, desde una crítica estética e histórica, las representaciones de las relaciones amorosas entre varones, y fueron redactados, con toda naturalidad, desde su particular mirada de género y sin asomo de escándalo, merced a su erudición incontestable y a la gracia de sus enunciados. El prestigio tan ganado del autor hizo la otra parte para que este “atrevimiento” no despertara suspicacias o escrúpulos entre sus colegas timoratos o autorreprimidos.
Es verdad que, pese al medio siglo que ha transcurrido desde su muerte, algunas de sus obras se han reeditado exitosamente o son parte de antologías reimpresas y prologadas; sin embargo, seguimos a la espera de que un colega joven, a partir de su riquísimo archivo personal depositado en el Instituto de Investigaciones Estéticas, dedique varios años a redactar una verdadera biografía humana e intelectual de este personaje. Puedo asegurar que la suya es una vida digna de ser contada y comprendida en múltiples sentidos, ante todo se trata de una vocación intensa y plena de atisbos sentimentales, asombros académicos; entreverada por un epistolario amistoso que desvela las prácticas gremiales de su tiempo y notable por los apuntes o proyectos que se le quedaron en el tintero.
Con los ponentes que participaron en las jornadas de junio de 2022 estamos muy agradecidos por las propuestas y luego por adecuar sus participaciones al formato de un artículo arbitrado, y que ahora se publican enriquecidos sustancialmente, lo mismo que con los respectivos dictaminadores. Considero que cada uno de ellos ha hilado muy fino para penetrar en algunas de las facetas o momentos vitales de De la Maza, casi desconocidos, o en otros casos para glosar y proseguir algunas de sus pesquisas iniciales.
Debo destacar en primer lugar el estudio genealógico de Javier Sanchiz, intitulado “Una mirada a las raíces familiares de Francisco de la Maza”, el cual nos presenta una revisión historiográfica de la biografía de nuestro autor, mediante la reconstrucción meticulosa de sus orígenes potosinos y andaluces, incluso regiomontanos, así como la conformación tan contrastada de sus líneas familiares, hasta ahora estudiadas de forma superficial y al margen de sus respectivas identidades culturales. Del mismo modo, ésta es una propuesta toral para su futuro rescate biográfico a partir de sus propias memorias, el testimonio de sus colegas cercanos y un intensivo rastreo documental. Lo cual también nos obliga a la reescritura de su biobibliografía a partir de las sorpresivas noticias que aporta Sanchiz: las múltiples raíces familiares matizan la vieja idea del “puro y perfecto criollo”, como solía definirlo Justino Fernández.
“Francisco de la Maza, amante del arte” se titula la contribución de Clara Bargellini que, por una parte, nos acerca a las tempranas impresiones que tuvo Francisco de la Maza sobre el arte virreinal del norte de México, área donde ella es experta. Pero también se asoma un rasgo más íntimo en la relación epistolar que mantuvo con el poeta Carlos Pellicer, a quien consideraba su maestro y amigo. Estas reflexiones permiten entrever la entrañable relación cultivada entre ambos durante décadas y sus afanes por conservar el legado artístico de la Nueva España en una región, hasta entonces, al margen del interés de los estudios de historia del arte en México. Estas cartas de dos amigos-cómplices y otros textos académicos que compartían eran, al mismo tiempo, un alegato en defensa del patrimonio amenazado por la indolencia de los gobiernos estatales y por algo de lo que más repudiaban: la ignorancia.
“Correrías por la arquitectura novohispana: los edificios, los materiales y los sistemas constructivos” es una propuesta original de Alejandra González Leyva que explora la vocación por el magisterio de Francisco de la Maza y su consecuente legado bibliográfico proyectado en la formación de los historiadores del arte de varias generaciones. A partir del temprano contacto con las obras de De la Maza, la autora nos devela, por medio de una anécdota, cómo nació en esas lecturas su vocación por esta disciplina, merced a una prosa renovadora y, en ocasiones, sarcástica. Esta investigación es al mismo tiempo una puesta en valor de la trascendencia historiográfica de la obra del autor potosino en lo que respecta a los problemas de análisis de la arquitectura virreinal y su peculiar integración plástica entre pintura y arquitectura: una aproximación novedosa e integral que nos exige mayor atención para mirar los conjuntos y reconsiderar la escritura de una nueva historia del arte mexicano.
Franziska Neff plantea un estudio situacional sobre el análisis realizado por Francisco de la Maza de los retablos novohispanos, sus tipologías, estilos, testimonios documentales, que al mismo tiempo puede ser leído como un estado de la cuestión y de la conservación en su tiempo. “A siete décadas de Los retablos dorados de Nueva España: una revisión del estado de la cuestión” es el título que ha dado a su contribución precisamente para destacar que esta publicación fue un texto precursor en la historiografía sobre el tema (impresa en 1950), al valorar la producción retablística en la Nueva España del siglo XVIII y las propuestas torales que hizo el autor sobre la materialidad, la conceptualización, la clasificación y las prácticas artísticas que desató su hechura, así como las primeras aportaciones teóricas en defensa de la definición del barroco americano como fenómeno estético.
“Cristóbal de Villalpando y Francisco de la Maza. Un diálogo a dos tiempos” es un artículo que pone los puntos sobre las íes y ahora más que necesario cuando este artista ha ganado nuevamente fama y prestigio internacionales por la calidad de sus obras y su estilo tan personal y atrevido. En esta contribución, Pedro Ángeles, por otras sobradas razones, se detiene en este hito bibliográfico de Francisco de la Maza y su esclarecedora valoración sobre otro hito en la historia de la pintura novohispana. Todo sucede en un momento tan brillante de la cultura local que le son afines en la literatura y la historia: sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora. Además, en el contexto historiográfico, esta monografía sobre el pintor novohispano fue la primera investigación extensa dedicada enteramente a dicho artista. La innovadora propuesta publicada en 1964 representó una referencia editorial para la disciplina que generó un modelo para estudiar a otros artistas y sus obras. Con un estilo vivaz y provocativo, nos dice Ángeles, De la Maza defendió la producción pictórica novohispana en diálogo con la producción española de la época, al enfatizar que la obra de Villalpando surgió en un contexto aparentemente marginal, pero fértil para la originalidad y el lenguaje visual.
La contribución de Sara Gabriela Baz se intitula: “Construir desde la ausencia. Un acercamiento historiográfico a Francisco de la Maza en Las piras funerarias en la historia y en el arte de México” y sienta las bases epistemológicas e historiográficas mediante las cuales De la Maza llegó al tema y roturó una visión entonces invisibilizada del arte novohispano en uno de sus libros precursores: las piras funerarias y los rituales en torno a la muerte de las personas ilustres en dicha obra editada en 1946. A partir del estudio de estos monumentos efímeros, Baz nos revela las múltiples facetas de la curiosidad intelectual del autor, al describir el lenguaje y la función de las prácticas fúnebres, mediante el discurso simbólico y político de los catafalcos, y su origen en las piras de la tradición grecolatina. Mediante este análisis, la articulista se pregunta qué tipo de conocimiento se generaba por entonces en la disciplina.
Bajo el título “Diego Valadés y Enrico Martínez a los ojos de De la Maza. Astrología, imprenta y grabado en la globalización ibérica”, la investigación de Alonzo Loza Baltazar nos aproxima a la obra del historiador potosino para destacar y hermanar la trascendencia de dos personalidades afines y de finales del primer siglo de la Nueva España. En el plano de la alta cultura y de las empresas editoriales de esta enjundia, es imprescindible referirse al método biográfico aplicado en ambas figuras y las claves que aporta el estudio de la vida y las peculiares circunstancias históricas para comprender los significados de sus obras, al igual que los géneros de que se ocupan. Sus respectivas publicaciones fueron precursoras en la biobibliografía e historiografía por hacer uso intencionado de las imágenes, al concebir a estos dos sujetos tan eruditos y originales como agentes de la mundialización católica e ibérica, y a su vez, son una puesta en valor del estudio de la producción cultural del virreinato.
El trabajo de José María Lorenzo Macías es un examen sobre la iconografía del milagro de las rosas como desenlace del ciclo aparicionista guadalupano, en la saga de los intereses inaugurales de De la Maza por este tema. Se trata de la representación del momento en que Juan Diego muestra al obispo Zumárraga su manto con la estampación de la imagen marial, el último episodio mariofánico pintado de manera aislada o como el milagro preternatural y físico en sí mismo. Este trabajo también ofrece una explicación sobre las causas de que estas imágenes tan tempranas hubieran caído en desuso, para quedarse solamente en el programa visual de las cuatro apariciones. Por eso ha llamado su artículo: “El milagro de las rosas: un canon perdido. Un acercamiento a las representaciones pictóricas de la cuarta aparición de la Virgen de Guadalupe”, en el entendido de que las exigencias de la propagación masiva de este relato visual inhibieron que los artistas del siglo xvii continuaran explayándose sobre las particularidades de este episodio.
Con el título “‘La pintura mexicana no necesita reivindicaciones’: la defensa y visión del muralismo en Francisco de la Maza”, la contribución de Dafne Cruz Porchini devela una faceta insospechada o prácticamente olvidada dentro de la vasta obra de De la Maza: no sólo su faceta periodística, como buen polemista y defensor del patrimonio, sino también la capacidad que tuvo de interlocución para debatir con el arte de su tiempo y lanzar una mirada comprensiva y crítica entre defensores y detractores del muralismo mexicano. Del mismo modo, no deja de ser sorprendente su destreza y agudeza para ser crítico de las malas políticas estatales para el ornato urbano y de sus cuestionables prácticas monumentales en los espacios públicos. Aquí vemos a De la Maza en el uso de su pluma punzante y que, en tono de denuncia, arremete para conformar y reformar en los usos del espacio público, siempre ideologizados por el Estado mexicano y pocas veces acertados en su propuesta estética.
Eder Arreola Ponce en su investigación “El Antinoo. Esbozo de las réplicas del Antinoo en la colección de escultura clásica de la Antigua Academia de San Carlos”, publicada en nuestra sección “Obras, documentos”, efectúa un seguimiento puntual o rastreo de las reproducciones del dios bitinio albergadas en México desde el siglo XVIII, integrando y glosando los comentarios que Francisco de la Maza hizo de las obras para su libro sobre la estatuaria del favorito del emperador Adriano. Esta publicación fue sin duda la obra de más enjundia y trascendencia sobre estatuaria clásica en la historiografía nacional, testimonio de la diversidad de sus inquietudes, erudición y particular interés por el arte grecolatino y la figura de Antinoo, así como prueba del alcance de su agenda intelectual. Arreola Ponce ha seguido puntualmente las huellas de esta figura en México, entre las pérdidas patrimoniales o sus recuperaciones, rectificaciones y paraderos; sin duda, este esfuerzo documental y analítico sería de enorme agrado del autor homenajeado.
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Luego de esta breve revista a las participaciones de este volumen, sólo nos queda agradecer el apoyo de las dos directoras institucionales que hicieron posible este evento: Mireida Velázquez Torres, del Museo Nacional de San Carlos, y Angélica Velázquez Guadarrama, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM; e igual lo hago extensivo a José de Santiago, de la Antigua Academia de San Carlos (coordinador de investigación, difusión y catalogación de colecciones de la Facultad de Artes y Diseño) por respaldar la exposición respectiva. Lo mismo estamos en deuda con Julián Alonso Briones Posada y Claudia Garay, quienes estuvieron atentos auxiliando este proyecto de homenaje.










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