SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.68La germinación del ser humano y la concepción del maíz: Repensando la noción nahua de personaHomo ridens en los textos doctrinales franciscanos en náhuatl del periodo colonial temprano índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Estudios de cultura náhuatl

versión On-line ISSN 3061-8002versión impresa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.68  Ciudad de México jul./dic. 2024  Epub 19-Ago-2025

https://doi.org/10.22201/iih.30618002e.2024.68.78108 

Artículos

La construcción de lo colectivo entre los chilas, nahuas de la Sierra Norte de Guerrero

The Construction of the Collective among the Chilas, Nahuas from the Northern Sierra of Guerrero

* Universidad Autónoma de la Ciudad de México (México) olivia.leal@uacm.edu.mx


Resumen

Los nahuas oriundos de la Sierra Norte de Guerrero cuentan con una larga historia de asentamiento definitivo en diversos puntos de la zona metropolitana del valle de México. Destacan de sus experiencias organizativas fuertes referencias al trabajo colaborativo, el cual se alimenta de nociones de ayuda y reciprocidad que actúan bajo un dinámico conjunto de redes sociales, en particular de la continua creación de asociaciones civiles y grupos organizados de diversa índole. Es mediante la operación de dichas agrupaciones que subyace la construcción de una idea de lo colectivo, la cual considero ha sido central para reproducir en el contexto contemporáneo tanto sus procesos de etnicidad urbana como de reconocimiento étnico. En este artículo identifico, justamente, los referentes históricos de su región de origen que dotan de contenido semántico y discursivo a lo que refiero como una idea de lo colectivo, con el fin de abonar a la compleja relación dialógica entre identificaciones sociales y reconocimiento étnico en escenarios de disputas políticas, conflictos sociales y desigualdades urbanas. Este análisis parte de la revisión de un periódico informativo impulsado por los propios nahuas durante diez años (1982-1992), estrechamente vinculado con datos etnográficos recopilados en la última década.

Palabras clave: organizaciones étnicas nahuas; reconocimiento étnico; luchas políticas; identificaciones sociales; etnicidad urbana; acciones colectivas; nahuas urbanos

Abstract

The Nahua people native to the northern highlands of the state of Guerrero have a long history of permanent settlement in various parts of the metropolitan area of the Valley of Mexico. Their organizational experiences include strong references to collaborative work, which is nourished by notions of support and reciprocity operated under a dynamic set of social networks, but particularly by the continuous creation of civil associations and organized groups of various kinds. Underlying the operation of these groups is the construction of an idea of the collective, which I consider central to the contemporary reproduction of both its processes of urban ethnicity and ethnic recognition. In this paper I identify precisely the historical references of the region of origin that provide semantic and discursive content to what I refer to as an idea of the collective, to contribute to the complex dialogic relationship between social identifications and ethnic recognition in scenarios of political disputes, social conflicts and urban inequalities. The analysis is based on the review of an informative newspaper promoted by the Nahuas themselves for ten years (1982-1992), closely linked to ethnographic data collected in the last decade.

Keywords: Nahuas and ethnic organizations; ethnic recognition and political struggles; social identifications; urban ethnicity; collective actions and urban Nahuas

Introducción

Mis primeros encuentros con los nahuas residentes de una colonia periférica en el norte de la ciudad de México se remontan al 2009. Oriundos del pueblo de Chilacachapa (municipio de Cuetzala del Progreso en la sierra de Guerrero), contaban para ese momento con una historia de tres décadas de radicar de manera definitiva en la capital del país. No se trata, por lo tanto, de migrantes recientes, sino, por el contrario, de habitantes permanentes, que acumulan experiencias organizativas intensas, donde hombres y mujeres se han formado en la lucha política y la gestión para el mejoramiento de los predios urbanos donde radican, ya sean urbanizaciones precarias o bien barrios populares en el centro y sur de la ciudad. Otro hallazgo visible fueron sus persistentes luchas grupales por el acceso a mejores condiciones laborales, sobre todo en el comercio ambulante y semifijo, e incluso a programas sociales de carácter federal y local. De ahí que los chilas, como se autonombran, expresen plenamente en espacios públicos y privados su condición de residentes y ciudadanos de la gran metrópoli mexicana.

Previo al cambio de milenio, los registros etnográficos e históricos sobre este grupo fueron escasos, pero a partir de la segunda década de este siglo se impulsaron diversas investigaciones, las cuales agrupo en dos campos: aquellas centradas en las formas de integración y reproducción de sus prácticas socioculturales en el espacio urbano, es decir, donde se etnografía su acontecer cotidiano desde el presente y la ciudad es el gran escaparate para analizar sus formas de reproducción étnica (Ruiz Oscura, Pineda y Luna 2019; Pineda Peláez 2019; Leal Sorcia 2014; 2015), y aquellas que se anclan en su región y pueblo de origen, abarcando temas histórico-regionales, de luchas agrarias, pugnas partidistas y de poder local (Villacorta López 2013; Gutiérrez Ávila 2006; Benítez Rivera 2019), así como celebraciones tradicionales y cívicas (Zambrano Rodríguez 1986; Arizpe 2011; Villela y Ocampo 2012; Villela 2021).1

La revisión en conjunto de ambos tipos de estudio permite conocer el devenir histórico de los chilas en los asentamientos urbanos donde han decidido instalarse. De hecho, ya se cuenta con un panorama pormenorizado de su historia migratoria, además de los destacados procesos organizativos que favorecen su visibilidad como colectivo étnico en coyunturas específicas, aun cuando exista una ausencia de rasgos culturales patentes, como el uso de la lengua náhuatl, sólo hablada por los abuelos, o bien la vestimenta tradicional, e incluso especificidades particulares de las viviendas. A pesar de ello, los chilas mantienen una vigorosa vida festiva, que para el caso de la ciudad de México se acentúa en las celebraciones del ciclo de vida, mientras que en Chilacachapa se condensa no sólo en la fiesta patronal, sino en fechas relevantes como el carnaval, el cambio de mayordomías de las capillas, la Semana Santa, el Día de Muertos, la Navidad, las peregrinaciones, el Día de las Cruces, la elección de mayordomos del templo, el Día de la Virgen de Guadalupe, el Corpus Cristi, y particularmente en la fiesta cívica del 8 de octubre, cuando se celebra en este lugar la Independencia de México (Zambrano Rodríguez 1986).

No obstante, aún quedan temas de investigación pendientes. Por ello, en este trabajo destaco los nexos entre su historia local-regional y las representaciones y discursos que realizan en la actualidad sobre su origen, sus particularidades organizativas y sus mecanismos de reconocimiento étnico, tanto al interior de las familias chilas como entre aquellos que no pertenecen al grupo. Así, el propósito de este escrito se enfoca en desentrañar los discursos y prácticas que los chilas han construido históricamente sobre lo colectivo en cuanto que representa un catalizador central para su reproducción étnica en la ciudad de México. Las preguntas iniciales se refieren a las causas por las que los chilas conforman asociaciones civiles y de gestión social, así como el papel que juegan en la configuración de una idea de lo colectivo. Otras interrogantes son las siguientes: ¿cuáles son los mecanismos impulsados por ellos para mantener diversos vínculos con la comunidad de origen, más allá de la reproducción de prácticas culturales, desde su asentamiento definitivo en la zona metropolitana del valle de México (ZMVM, en adelante)? y ¿desde qué intersecciones teóricas se puede analizar la preeminencia del trabajo grupal como una bandera que alimenta las identificaciones étnicas de los chilas engarzando lo suscitado en el pueblo de origen con las experiencias de participación social y política en la urbe capitalina?

A partir de un trabajo etnográfico desarrollado del 2009 al 2017, encuentro que la referencia a lo colectivo ha resultado ser una herramienta muy efectiva que los une para el logro de beneficios tangibles y que, al mismo tiempo, se ha convertido en un valor positivo, donde el líder, los líderes o los sujetos chilas, se subsumen bajo la idea de un nosotros, destacando siempre los beneficios colectivos, aun cuando claramente sobresale el trabajo de uno o varios chilas en determinados momentos o situaciones. Por lo tanto, la idea de pueblo cambia de significado si nos referimos a rasgos culturales, como las fiestas, las tradiciones y las costumbres, o bien a los ámbitos de la política, la competencia electoral, la economía, entre otros.

Lo anterior cobra mayor significado cuando, por ejemplo, al reconstruir la historia del asentamiento de los chilas en la ciudad de México, se observa que no se congregan en uno o dos puntos de la capital, sino que aparecen dispersos en seis o siete lugares diferentes de la ZMVM y que la cercanía de sus predios varía de manera considerable entre uno y otro, siendo la colonia Vista Hermosa, en Cuautepec, ubicada en la periferia norte de la ciudad de México, donde las relaciones cotidianas son más intensas. No realizan festejos en conjunto, como el del santo patrón o cualquier otra figura religiosa en la ciudad, ni se concentran como paisanos en ningún otro tipo de festividad, como ya se ha mencionado (una peregrinación, el carnaval, la Semana Santa, etcétera). No obstante, mantienen estrechos y vigorosos lazos a través de la celebración de fiestas familiares, de redes de parentesco y compadrazgo y de relaciones laborales, que abarcan desde el comercio formal e informal, los servicios y la maquila hasta la venta y elaboración de comida, entre otros.

En términos teóricos, este artículo reúne los postulados vertidos en otros estudios que he desarrollado en torno a la configuración de procesos de reconocimiento étnico, en los cuales sobresale la relación dialógica entre las identificaciones sociales y el reconocimiento en escenarios de disputas políticas y conflictos (Leal Sorcia 2019; 2021), donde los chilas generan vínculos de diversa índole con otros sujetos, grupos y niveles institucionales. Así, articulo este paraguas explicativo desde los postulados de Abner Cohen (1974), Roberto Cardoso de Oliveira (2007) y Eduardo Restrepo (2004), para problematizar la relación entre etnicidad urbana y reconocimiento, con base en la identificación de las actuales formas de adscripción étnica que vienen desplegando diversos grupos indígenas, las cuales parten de los cambios acelerados que a su vez son producto de las transformaciones globales del mundo contemporáneo (Brubaker y Cooper 2005), entre otras causas. ¿Qué estrategias y recursos crean y recrean los grupos indígenas desde su pasado (histórico y ficticio) para mantenerse y seguir reproduciéndose en las urbes modernas como ciudadanos que apelan a intereses colectivos y de reconocimiento? Ésta es otra de las preguntas que permean la reflexión a lo largo de este escrito (Fraser y Honneth 2006).

Como hipótesis, sostengo que las expresiones de etnicidad, para el caso de los chilas, se alimentan por dos vías, a saber, la identificación con lo que se considera propio (el origen, la comunidad, los rasgos culturales) y lo que reconocen y destacan otros grupos o actores sobre ellos, aunque la primera se contrasta con la segunda y es resignificada por ella también. Lo anterior nos ayudará a entender el gran dinamismo que históricamente han mostrado los chilas en el establecimiento de alianzas con otros grupos, al igual que su participación en frentes de lucha, donde pueden asumir otras identificaciones sociales más amplias, como trabajadores, colonos, damnificados, asalariados, proletarios, entre otros. También me permitirá discutir lo que Abner Cohen (1974) llama la “etnicidad política”, considerada como una estrategia sociocultural de agrupaciones políticas informales bajo circunstancias estructurales especiales. Lo interesante del caso chila es que, a lo largo de sus historias de lucha, hombres y mujeres de distintas generaciones han impulsado grupos formales, sin tratarse necesariamente de partidos políticos, sino transitando por otras vías de agrupación (por ejemplo, asociaciones civiles), lo que les ha permitido negociar de forma directa con actores sociales y con instituciones diversas.

En el plano metodológico, el insumo principal donde consulté y desde el cual reconstruí los datos para este trabajo parte de una experiencia editorial muy significativa, impulsada por un grupo de hombres y mujeres chilas que desde los años ochenta del siglo XX se dieron a la tarea de difundir entre paisanos sus inquietudes y demandas en torno a un abanico muy amplio de temas. Éstos abarcaban desde las necesidades de infraestructura en Chilacachapa, en particular la dotación de agua potable,2 hasta la promoción de eventos culturales y deportivos en cuanto espacios de encuentro entre quienes habían migrado; sin embargo, el más interesante fue la incorporación de demandas políticas que buscaban incidir en la arena de poder local tanto en Chilacachapa como en la cabecera municipal, Cuetzala del Progreso. Aunque también, al mismo tiempo, enunciaron de forma abierta sus simpatías políticas con los movimientos sociales populares que predominaron durante esa misma época y cuya base de operación se centró en la ciudad de México. En específico, me refiero a un periódico impreso titulado El Tequimil, órgano informativo oficial de la entonces llamada Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero, la cual fue impulsada por migrantes chilas que salieron de su comunidad de origen desde la década de los años setenta del siglo XX. Dicha publicación se imprimió de forma cuatrimestral sin interrupciones durante 10 años (1982-1992).

A partir de esta práctica editorial, quiero resaltar la rica producción de textos de diverso tipo (trípticos, oficios, notas, minutas) que los chilas han acumulado a lo largo de su historia de arribo a la ciudad de México. En muchos casos se trata de publicaciones rústicas, pero que muestran una gran riqueza en el sentido de que documentan sus propios procesos colectivos sobre las experiencias de vida, la importancia de mantener los vínculos con el pueblo de origen y los lugares de destino migratorio, la influencia e incluso determinación que ha jugado el contexto político y económico nacional en sus simpatías políticas y sus afiliaciones de clase, además de ponderar sus fuertes procesos de formación política a través de participar de manera activa en diversas luchas sociales, en vinculación con otras organizaciones sociales en la urbe.

Apuntes sobre etnicidad, reconocimiento étnico e identificaciones sociales entre los chilas

La producción editorial de los chilas representa un vitral desde el cual se observa la permanente recreación de su propia historia. Por momentos, los caminos históricos se trazan de forma lineal, donde lo étnico se subsume a una conciencia de clase, por ejemplo, pero en otras ocasiones la pertenencia étnica sobresale para reclamar el derecho a la diferencia cultural, aglutinando demandas desde un posicionamiento moderno en el que se apela a lo individual, aunque pugnando por derechos que beneficien al colectivo. Al respecto, en otro trabajo he desarrollado la categoría de identificaciones sociales (Leal Sorcia 2021) como una vía para superar las connotaciones reificantes del término identidad que permita, justamente, explicar estas oscilaciones de pertenencia de sujetos con capacidad de acción social. Partiendo entonces de los postulados de Rogers Brubaker y Frederick Cooper (2005), destaco la idea de que la autoidentificación y la identificación del otro constituyen actos situacionales y contextuales, esto es, a partir de que un individuo se sitúa en una red relacional e identifica la posición que en ella guarda, le es posible destacar algún tipo de atributo categorial: raza, etnia, lengua, nacionalidad, ciudadanía, sexo u orientación sexual, para enfatizar sentidos de pertenencia, aunque lo anterior necesariamente se contrasta con las categorizaciones que los otros construyen sobre él. Con respecto a los chilas, como se describirá más adelante, sus procesos de identificación históricamente han moldeado sus adscripciones étnicas tanto en el pueblo de origen como en la capital del país, donde se han asentado de forma permanente.

Los discursos dinámicos que expresan los chilas sobre sus identificaciones se encuadran en campos sociales de lucha permanente, en los cuales la conflictividad, la disputa, el reclamo de los derechos agrarios y políticos, entre otros, apuntan hacia un manejo instrumental de lo que refieren como propio o singular. Así, Cardoso de Oliveira (2007) señala la identificación étnica como el uso que hace una persona en términos raciales, nacionales o religiosos para identificarse y, por ende, relacionarse con los otros. Por lo tanto, considero que para los chilas la etnicidad política parte de la identificación de un atributo distintivo que les permite interactuar con otras colectividades, en situaciones específicas donde demandan y disputan tanto elementos tangibles como intangibles (tierra, cargos políticos, programas, creencias, derechos, representación, etcétera) (Cohen 1974; Restrepo 2004). Y es a partir de esta dimensión de análisis desde donde vinculo el tema del reconocimiento.

Para Nancy Fraser y Axel Honneth (2006), los procesos de reconocimiento se gestan principalmente desde las interacciones conflictivas que devienen en una tensión permanente entre la identidad y la diferencia, además de que en el mundo contemporáneo el término reconocimiento devela las bases normativas de las reivindicaciones políticas. El contenido etnohistórico del caso chila, como se describirá, da cuenta de esta oscilación entre la reivindicación de la diferencia étnica y las identificaciones configuradas desde la pertenencia, por ejemplo, de clase, en un mismo espacio y tiempo en el marco de un contexto social caracterizado como conflictivo e incluso violento. Lo que refiero entonces como reconocimiento étnico (Leal Sorcia 2014) alude a una dimensión de la identidad que se configura principalmente desde las apreciaciones (definiciones, categorizaciones, estigmas) sobre la originalidad y la dignidad de unos u otros sujetos y grupos, alimentadas sobre todo desde interacciones tensas y conflictivas que, para los chilas, se sedimentan en una estructura espacial (como las ciudades), la cual determina los mecanismos de diferenciación y contraste entre grupos, donde algunos anclan sus características diferenciales desde una condición de etnicidad particular.

El trabajo colectivo y la lucha política en Chilacachapa

¿Cuáles son las causas de la continua existencia de organizaciones y asociaciones civiles en la historia del pueblo de origen de los chilas, en Guerrero, que también están presentes después de su arribo y asentamiento definitivo en la ciudad de México? Desde los primeros hallazgos de investigación con los chilas en Cuautepec, destacaron las similitudes en torno a las estrategias de lucha y las formas de agrupación de diversos colectivos, independientemente de los fines alrededor de los cuales se organizan e incluso de su temporalidad diferenciada. Otra interrogante planteada durante este estudio fue cómo los chilas concilian las diferencias políticas no sólo entre simpatizantes del priismo y el perredismo (durante esa época y en la actualidad entre militantes del partido Morena), sino entre posturas discordantes dentro de filiaciones de izquierda. Esta inquietud se acentuó cuando, al asistir a diversos festejos familiares, noté que podían coincidir chilas con simpatías políticas contrarias, pero que sus comportamientos tradicionales se colocaban sobre las diferencias y predominaba el respeto a los parentescos y los compadrazgos. También de forma reiterada, en los discursos sobre las tradiciones y costumbres, encuentro referencias hacia una noción unívoca del pueblo: “Como se hace en el pueblo”, “es la costumbre del pueblo”, siempre anclado en un sentido positivo que alude al trabajo colaborativo, la unidad paisanal, la cordialidad, la ayuda y la cooperación.3

No obstante, al ser utilizada en un contexto político, la noción de pueblo se concibe como algo en disputa, de lucha permanente para que se siga considerando ciudadanos a todos aquellos que han migrado; además, se observa una intención de transformación real, sobre todo en lo material, pero también en las formas de representación en los diferentes cargos, siempre en oposición a quienes son considerados como los caciques del pueblo y de la cabecera municipal, históricamente ligados a los poderes municipal y regional, esto es, militantes y simpatizantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Al respecto, David Benítez Rivera plantea que el municipio de Guerrero representa un espacio de disputa, un nivel de gobierno asequible en términos prácticos, por lo cual las luchas políticas, partidistas, territoriales y hasta económicas tienen un primer espacio de expresión natural en él (Benítez Rivera 2019, 33). Asimismo, lo que se ha caracterizado como la geopolítica municipal en esta entidad del país (Dehouve y Bey 2006) permite dar cuenta de la intrínseca relación que hay entre las prácticas sociales derivadas de la vida cotidiana a escala micro y, al mismo tiempo, de las pugnas por el control político de los recursos naturales, la tierra y el poder electoral en un plano municipal. Lo anterior conduce a escenarios altamente complejos, en los cuales las luchas sociales, justamente, se impulsan desde diversos flancos sociales, políticos, festivos o agrarios que, como se verá, para la historia de Chilacachapa y de la cabecera municipal donde se ubica, Cuetzala del Progreso, potenciaron conflictos (incluso armados), movilizaciones agrarias y acciones civiles a lo largo del siglo XX.4

Así, durante los años setenta, específicamente en Chilacachapa, Mercedes Villacorta López (2013, 104) menciona la aparición de diversas asociaciones civiles, culturales o recreativas que, de algún modo enfatiza, son los actores principales de la lucha agraria, pues la actividad de estas asociaciones se entrecruza con disputas por la tierra. Durante el mismo periodo, también indica la formación de una asociación civil (1978) anclada en la cabecera municipal, nombrada Cuetzala en Marcha A. C., pero cuyos antecedentes se remontan a una década atrás, cuando por primera vez la disidencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) adquirió una forma organizada, con lo que logró constituir

una organización juvenil compuesta por algunos jóvenes de la localidad que habían ido a estudiar a la ciudad de México. La sede de la organización, en principio estaba allí, y entre sus objetivos principales estaba el de organizar una serie de eventos de tipo cultural y deportivo […] Aquí entrevemos la importancia enorme de la aparición de una nueva generación, más instruida, que por radicar en la ciudad había escapado de algún modo al control directo y mental de los caciques del pueblo y era capaz de organizarse autónomamente. Es de notar, además el deseo de mantener e intensificar los vínculos con el pueblo natal […] Los objetivos de la asociación civil no eran, en principio estrictamente políticos […] sin embargo, contribuían a aumentar el prestigio de sus miembros en el pueblo, lo que podía constituir la base de un futuro liderazgo político (Villacorta López 2013, 102-103).

El relato sobre el surgimiento de la asociación Cuetzala en Marcha guarda asombrosas similitudes con lo recopilado para el caso de la Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero (en adelante referida como la Organización), fundada por un grupo de oriundos de Chilacachapa, pero radicados en la ciudad de México, en 1982. Uno de los rasgos similares es que dicha organización primero se centró en objetivos culturales y deportivos, pero más tarde incorporó demandas políticas. Otro dato significativo es que la Organización impulsó su propio medio de difusión, el cual representa una fuente valiosa para reconstruir sus principios y funcionamiento, así como sus posicionamientos políticos y sus disputas con diversos actores regionales. A partir de esta experiencia, iré destacando los elementos que aluden a la construcción de un discurso sobre un nosotros que vincula a los que han migrado con su lugar de origen.

Se trata de un periódico de calidad rústica llamado El Tequimil. En 1983 se imprimió el primer ejemplar, es decir, un año después de la fundación de la Organización. La periodicidad fue cuatrimestral y durante diez años se publicaron 33 números. A continuación, se transcriben las causas que los integrantes expresaron sobre su surgimiento como agrupación, así como el papel esperado del medio informativo.

Editorial

Este periódico nace por la necesidad de conocer los problemas que tenemos dentro y fuera de Chilacachapa. Nace como un medio informativo de difusión y denuncia, sobre los problemas y engaños que sufre nuestro país; ya que como indígenas NAHUAS, vivimos marginados, explotados y olvidados en un rincón de la República Mexicana en el Estado de Guerrero.

El carácter que la Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero le ha dado El Tequimil es de completa independencia para que no solo tratemos con los líderes o autoridades oficiales, como se había [venido] haciendo, sino por el contrario nos identifiquemos directamente con lo que nuestro pueblo quiere ¡Para que nuestro pueblo participe!

Ya que todos sabemos que aparte del agua están los problemas de salud, educación y otros más que hasta ahora no han solucionado las necesidades de nuestro pueblo, del cual todos somos testigos.

¡¡Unidos mediante la lucha y la organización para liberarnos de la explotación!! (“Editorial” 1983; las cursivas son mías).

Como se observa, desde sus inicios como organización expresaron posicionamientos claros en torno a su adscripción étnica y resaltaron su pertenencia como indígenas nahuas. Durante los primeros cuatro años de funcionamiento de la Organización (hasta 1985), en particular, la alusión a su distinción como nahuas aparece explícitamente en los diversos números del periódico, unas veces incorporando temas generales, por ejemplo, del vocabulario náhuatl, otras añadiendo contenidos relativos a las fiestas locales en el pueblo, con lo que subrayaban además su ubicación en la zona norte de Guerrero. Las diversas identificaciones sociales que se suscitaron años después permiten entender, precisamente, el sentido de etnicidad para los chilas como un atributo distintivo de pertenencia a una colectividad para diferenciarse de otra, u otras, en espacios y temporalidades definidos.

No obstante, como se comentará más adelante, la enunciación como nahuas o como indígenas por momentos dejará de cobrar relevancia, por lo menos en el discurso, hasta llegar a desdibujarse, dependiendo de la coyuntura social y política en el pueblo o en la capital del país.

Lo anterior se muestra claramente en el material escrito por los chilas, en el cual sobresalen las concepciones ideológicas que impulsaron durante una década, expresadas bajo un parámetro delimitado por su adscripción étnica como nahuas, pero al mismo tiempo reconociéndose desde una posición de clase trabajadora, de base proletaria y campesina, es decir, privilegiando un discurso donde se asumen como un sector estratégico, pero bajo el yugo de las clases dominantes en el país. Dicho posicionamiento se ancla en lo local, esto es, en la historia de lucha del pueblo de origen, pero de manera simultánea se vincula con un entorno mayor, influido por los principios ideológicos que predominaron en los movimientos sociales de la década de los ochenta del siglo XX.5

Muestra de ello son los principios de la Organización, que fueron divulgados detalladamente entre sus simpatizantes, tan sólo un año después de la publicación de El Tequimil (“Principios” 1983). En ellos, se tocaron temas diversos, por ejemplo, la preservación de la cultura y la urgencia de atender necesidades básicas, al igual que posicionamientos como indígenas, cuya lucha no puede plantearse de forma aislada de la de los obreros y los campesinos contra la explotación del sistema capitalista, además de sentar las bases para establecer un sistema de alianzas con otros grupos, incluso de simpatías políticas contrarias. Asimismo, se destacan los acuerdos tomados de forma colectiva por encima de los intereses individuales y se incluye un reglamento de disciplina interna de la Organización. A continuación, se presenta un fragmento de dichos principios:

  • 1. […] ante las condiciones de miseria, hambre, analfabetismo, marginación y la expresión de la clase explotada… y en lo particular al pueblo de Chilacachapa, Guerrero, planteamos: luchar por lograr nuestra identidad cultural mediante la valoración e impulso de actividades que eduquen a nuestro pueblo; nos planteamos luchar no solo por la defensa de la cultura sino para librarnos de la explotación de que somos objeto en este sistema capitalista, ya que la lucha de los indígenas no puede plantearse en forma aislada o aparte de las luchas que libran los obreros y campesinos explotados. Por ello manifestamos que la liberación del indígena es la liberación proletaria del campesino.

  • 2. […] Nuestra política de alianza está determinada en los principios de honestidad y lucha independiente organizada […]

  • 7. Los miembros de la Organización [no] antepondrán los intereses personales, individuales, a los de la Organización colectiva (“Principios” 1983, 3-4; las cursivas son mías).

La emergencia tanto de la Organización como del periódico El Tequimil se dio en un contexto regional en el que las luchas por el poder municipal desde principios de los años ochenta involucraron enfrentamientos directos con el PRI y una mayor presencia organizativa y visible del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Cabe recordar que, en 1980, el Partido Comunista Mexicano ganó las elecciones en el municipio de Alcozáuca, en la región Montaña de Guerrero, lo cual fue posible a partir de la reforma político electoral de 1977, impulsada por Jesús Reyes Heroles, la cual propuso institucionalizar las luchas de los opositores dando cauces institucionales a las protestas y demandas. Para algunos autores, esta reforma posibilitó un primer paso hacia el multipartidismo tutelado y controlado por los gobiernos estatal y federal. Cabe destacar que Guerrero fue la entidad que mayor influencia tuvo en su instrumentación, pues se impulsó como una respuesta a la crisis política que implicó el surgimiento de las guerrillas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, con lo que se logró trasladar el eje de la lucha política, esto es, de la confrontación armada por un cambio de régimen a la lucha electoral por el poder político bajo las reglas del régimen (Estrada Castañón 1993, citado en Gutiérrez Ávila 2006, 77-78). No fue casualidad, por lo tanto, que Reyes Heroles dictara el discurso donde anunciaba dicha reforma en la ciudad de Chilpancingo, Guerrero.

Del trabajo político colectivo en el pueblo a la organización popular en la urbe

En cuanto al análisis de los discursos sobre el trabajo colaborativo y la importancia que atribuirán los impulsores de El Tequimil a los principios de honestidad, compromiso y responsabilidad, conviene realizar un paréntesis para retomar los planteamientos de Catharine Good Eshelman, de tal suerte que permitan desentrañar los apoyos que lograron los integrantes de la Organización en la ciudad de México para continuar con su labor tanto de difusión como de representación en Chilacachapa a lo largo de una década. Así, considero que su insistencia en enfatizar la participación y el trabajo colectivo representa una marca de contraste para los chilas, que los identifica étnicamente. En este sentido, Good Eshelman (2005) propone un modelo fenomenológico cultural a partir del cual interpreta la organización social y la vida ritual de los nahuas. Dicho modelo se compone de cuatro ejes conceptuales. El primero se refiere al trabajo o tequitl, mientras que el segundo eje alude a las relaciones de intercambio y reciprocidad, el tercero se llama fuerza o energía vital y el último se trata de la conciencia de la continuidad histórica colectiva. Recupero sólo los apuntes centrales de su propuesta, los cuales, desde mi perspectiva, brindan elementos de encuadre para analizar los procesos organizativos que, desde principios de los años ochenta y hasta mediados de los noventa, impulsaron los chilas. Al respecto, la autora plantea que “desde la perspectiva nahua el trabajo nunca puede ser un fenómeno individual, uno no trabaja solo ni para uno mismo sino siempre comparte el trabajo con otros. Al trabajar se transmite la fuerza o la energía vital de la persona que trabaja hacia los que reciben los beneficios de su trabajo; a la vez como miembro de la comunidad uno siempre recibe los beneficios del trabajo de los demás” (Good Eshelman 2005, 92).

De esta forma, las relaciones sociales se fundamentan por el tequitl, pero también por la reciprocidad. Por ello, nociones como “trabajar juntos como uno”, señala Good Eshelman (2005, 93), no sólo se refieren a lo material, sino que operan en otros niveles ligados a su identidad colectiva, lo que está estrechamente vinculado a lo ritual y ceremonial, y que para los fines de este escrito de igual modo remite a la dimensiones políticas e incluso ideacionales y estéticas, como lo señala la autora.6 En este sentido, los primeros años de la publicación de El Tequimil representaron para los integrantes de la Organización una tarea compleja, al tratar de consolidarse como una opción legítima que asumiera un liderazgo capaz de incidir en diversos niveles de la vida agraria y política del pueblo; sería este último el ámbito que poco a poco empezaría a cobrar una mayor importancia en sus denuncias a través del periódico. Sin embargo, al mismo tiempo, enfrentarían el reto de convertirse en una alternativa que convocara a los paisanos radicados en la ciudad de México a generar acciones colectivas en beneficio del pueblo, apelando precisamente a prácticas colaborativas inspiradas en las formas tradicionales del tequitl, como analiza de manera muy amplia Good Eshelman (2005, 91-94).

Sobre las pugnas políticas en las que se verían inmersos, hacia 1984, los integrantes de la Organización, en el editorial de un número de El Tequimil, mencionan las rivalidades entre grupos políticos locales en la comunidad de Chilacachapa. Si bien no nombran simpatías políticas específicas, claramente reclaman tanto a los grupos que históricamente han mantenido el control político en la cabecera municipal como a aquellos que ocupan los cargos de comisario agrario y comisario municipal en el pueblo. Al respecto, conviene traer a colación la larga lucha sostenida en Chilacachapa en torno a la formación de dos grupos, a los cuales Villacorta López (2013) caracteriza como los agraristas, aquellos ligados a las familias ricas, militantes del PRI, que mantenían un control, por ejemplo, sobre el padrón de comuneros, y los antiagraristas, es decir, en contraposición a los anteriores, los pobres que se oponían al control político ejercido por los primeros y que la autora considera que se corresponden de manera muy similar a las familias y nombres que para la década del 2010 formaban parte de los partidos del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y del PRI (Villacorta López 2013, 97).

Esta oposición entre grupos fue expresada en una entrevista colectiva que realicé en el año 2011 a los fundadores de la Asociación Civil de Revisteros “Vicente Guerrero Saldaña”. En específico, cuando me platicaron los antecedentes de su formación política, refirieron como centrales las luchas agrarias en su pueblo y señalaron que ellos representan el “ala progresista”. Alberto Ortega, por ejemplo, apuntó que “siempre en el pueblo de Chilacachapa ha habido dos corrientes: la progresista, no importa que se llame hoy PRD y la tradicional que es el PRI” (Entrevista colectiva. Asociación de Revistas Atrasadas Vicente Guerrero, 23 de junio de 2011). Este comentario alude a uno de los grupos que enfrentaban los progresistas y que Villacorta López identifica como caciques. Para el caso de la Organización, si bien no incluye en sus publicaciones la palabra caciques, sí revela reclamos fuertes y directos hacia sus opositores, tal cual se puede observar en los siguientes posicionamientos.

Editorial

[…] Los que formamos parte de laOrganización Cultural Náhuatl de Chilacachapa, somos eternamente nativos e hijos de este pueblo y si por una u otra razón nos encontramos fuera de nuestra tierra, es por necesidad; eso no quiere decir que nos hemos olvidado de nuestros padres, hermanos, parientes, amigos y paisanos; sobre todo de las condiciones en que viven y las necesidades que padecen. Es por eso que la Organización desmiente y aclara que nunca hemos pretendido engañarlos o dañarlos o quitarles lo que por derecho les pertenece; por el contrario, nosotros procuramos hacerles ver cuando están abusando de cualquier persona, aprovechándose de su ignorancia, o cuando alguien maneja los intereses del pueblo para su beneficio personal […]

También hacemos un llamado a las personas que desde hace ya varios años han desempeñado un cargo público en nuestro pueblo y que hasta la fecha, después de haber robado tanto al pueblo quieren todavía exprimirle lo poco que le queda; no es necesario decir sus nombres pues el pueblo ya los conoce. Dirigimos este llamado para que recapaciten y cambien de actitud… se han embolsado los dineros del pueblo jugando siempre un papel de traidores y explotadores de sus propios hermanos (“Editorial” 1984, 2-3; las cursivas son mías).

La referencia como “Organización Cultural Náhuatl” durante los dos primeros años de funcionamiento aparece en varios de los comunicados, particularmente en las primeras ediciones del periódico El Tequimil, aun cuando su nombre oficial fue Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero. El subrayar dicha pertenencia encuentra su explicación en la necesidad de enfatizar su pertenencia al pueblo, aunque los integrantes de la Organización radicaban en la ciudad de México. Más allá de un sentimiento de añoranza al terruño o de una nostalgia idealizada sobre la vida campesina en la comunidad de Chilacachapa, el resaltar su pertenencia étnica se liga con la importancia de seguir siendo considerados vecinos, ciudadanos del pueblo o comuneros, ya que será sólo a través de estos mecanismos que podrán votar para la elección de los dos cargos más importantes: comisario municipal y comisario de bienes comunales. Los conflictos políticos que narra, por ejemplo, Villacorta López, ocurridos durante el siglo XX y hasta la primera década del XXI para todo el municipio de Cuetzala del Progreso, recalcan las permanentes disputas por ejercer los derechos de voto, elección y participación en diversos cargos públicos.

Según un importante líder del PRI de esta misma localidad (Chilacachapa), los agraristas sólo tuvieron el poder en 1957 y se dedicaron a invadir tierras y casas deshabitadas; según esta versión, éste fue el motivo por el que tuvieron que intervenir los federales. El caso es que desde entonces el Comisariado de Bienes Comunales está en poder del PRI porque ellos tienen el padrón, y sólo los que están registrados en ese padrón tienen derecho, por ley, a opinar, quejarse o solicitar apoyos del gobierno como comuneros. De esta forma los del PRD no pueden registrarse como comuneros porque aquéllos no los dejan, y aunque cultiven y tengan, de hecho, tierras, no figuran como comuneros con los derechos que ello les da (Villacorta López 2013, 97).

El considerar Chilacachapa como pueblo indio en el contexto regional abre en sí mismo un tema de discusión claramente expuesto tanto por Carlos Zambrano Rodríguez (1986) como por Villacorta López (2013). Esta última, desde la introducción de su obra justifica las razones o por qué lo nombra de esa manera, en contraste con la cabecera municipal a la que se refiere como mestiza. De la misma forma, la autora enfatiza que no tomó como criterio principal el tema lingüístico, porque para 2005 del total de habitantes, que alcanzó la cifra de 1 995, reportada por el II Conteo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), sólo 460 eran hablantes del náhuatl. Bajo este criterio, la Secretaría de Desarrollo Social clasificó a Chilacachapa como una localidad no predominantemente indígena. A pesar de este escenario de pérdida de la lengua, la caracterización que hace Villacorta López (2013, 19) de este asentamiento como pueblo indio se basa en “la autoadscripción identitaria y a la percepción del resto del municipio del carácter indio de esta población”.

Por otro lado, la preeminencia de las organizaciones convertidas en asociaciones civiles para el caso de los chilas en la ciudad de México representa un patrón que encontramos en tres momentos de lucha diferenciada y superpuesta (Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil y Asociación Civil de Revistas Atrasadas). Hallamos parte de los antecedentes en referencias que menciona Villacorta López para el caso de la Agrupación Cuetzala en Marcha, fundada en 1978, pero cuyos precedentes se remontan hasta 1964, como ya se comentó. Al igual que para los chilas, la autora menciona que su integración se debió a una voluntad claramente política, aun cuando impulsaran actividades deportivas, bailes regionales y posadas decembrinas. Si bien su intención era política, la estructura jerárquica partidista y el férreo control de ciertos grupos priistas en asuntos públicos del municipio en Cuetzala del Progreso impedían que pudieran participar como una oposición institucionalizada, como también se señaló anteriormente, por lo cual se recurrió a otras formas asociativas, en este caso, la figura de asociación civil. También menciona otro grupo fundado en 1987 en el poblado vecino de Teloloapan, con un nombre prácticamente igual, a saber, Organización Cultural y Deportiva de Guerrero, cuyos reclamos se centraron en la introducción de agua potable y, de nuevo, en la promoción del deporte y de actividades culturales.

Así, existe una recurrencia en la creación de grupos conformados para el impulso de actividades deportivas y culturales, aun cuando sus fines también sean políticos. Al respecto, Villacorta López considera que el surgimiento de las asociaciones civiles, en particular en la región norte de Guerrero, expresa una disidencia que tomó una forma más organizada e independiente, a contracorriente de los grupos políticos hegemónicos regionales, lo cual no impidió que sus integrantes en coyunturas electorales posteriores apoyaran a determinados candidatos priistas y/o perredistas, cuando a finales de la década de los ochenta, ante el fraude electoral de 1988 y con la emergencia del Frente Democrático Nacional (FDN), que posteriormente derivó en el Partido de la Revolución Democrática, surgió una posibilidad real de gobierno, lo que desató en la región largos conflictos poselectorales e incluso situaciones de violencia entre grupos opositores.7

Sin duda, la preminencia de las asociaciones civiles posibilitó que sus integrantes movilizaran recursos de diversa índole y además crearan simpatías bajo demandas más neutrales con las que la población chila se sintiera identificada. No obstante, existe otro nivel que, para el caso de la ciudad de México, impulsó la organización de ciertos grupos lidereados por chilas en asociaciones civiles.8 La coyuntura, por lo tanto, representó un parteaguas en las formas de lucha de ciertos colectivos que, al sumar sus experiencias de organización previas, potencializaron sus formas de trabajo y por ende favorecieron el logro de beneficios en periodos muy cortos de tiempo. Lo anterior también les permitió anclar su arraigo (residencial y ocupacional) en la ciudad de México.

Un ejemplo revelador es la creación de la Unión de Inquilinos de la colonia Pensil, en el año 1982, prácticamente en el mismo periodo en que surgió la Organización. A modo de paréntesis y tomando como fuente un escrito-homenaje9 redactado por Fortino Ortega, líder chila que para ese momento fue uno de los principales dirigentes, destaco los siguientes aspectos: los mecanismos de formación en la gestión que aprendieron los chilas para enfrentar el tortuoso camino que implicó la demanda de vivienda ante los organismos creados exprofeso, la intervención de actores externos que apoyaron y guiaron a los chilas en sus peticiones, así como la relevancia de adscribirse a agrupaciones más amplias (para ese momento, la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular) como una estrategia de participación social históricamente caracterizada por el trabajo organizativo de los chilas en diversos frentes de lucha.

Al respecto, un recuerdo al que se refieren constantemente varios chilas durante el periodo de lucha por la vivienda en la colonia Pensil es su continua formación política. En este sentido, ellos asignan un valor positivo a las concurridas asambleas en las que se suscitaban largas discusiones entre los habitantes de las colonias Guerrero, Morelos, Roma, Alfonso XIII y Centro. En el caso de la colonia Pensil y de las vecindades donde residían numerosas familias chilas (aunque no eran las únicas), el primer decreto expropiatorio (publicado el 11 de octubre de 1985) no las incluyó, por lo cual tuvieron que redoblar esfuerzos en sus estrategias de lucha, aglutinándose en torno a la organización que para ese momento encabezaba las negociaciones directas entre los demandantes y los gobiernos local y federal, la Coordinadora Única de Damnificados. Asimismo, se puede observar la importancia de transitar de una organización vecinal más a transformarse en una asociación civil con capacidad de ejecutar acciones legales en beneficio de sus agremiados. En un apartado precisamente titulado “La situación de la vivienda en el Distrito Federal”, en el periódico El Tequimil, se aprecian estos cambios en los procesos organizativos.

La Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil, dan un fraternal saludo a la Organización Cultural y Deportiva, Chilacachapa Guerrero, así como a sus habitantes de ese pueblo indígena que lucha por la obtención de agua potable hoy en día.

[…] es por esto que nosotros (La Unión de Inquilinos) nos encontramos en pie de lucha, en contra de las alzas de la renta, a los desalojos; y ahora nos sumamos a las demandas de los damnificados por los temblores ocurridos el 19 y 20 de septiembre del año en curso. ¡¡POR LA AMPLIACIÓN DE LA EXPROPIACIÓN HASTA NUESTRA ZONA!!

El pasado 30 de noviembre, todos los inquilinos realizamos y organizamos el primer encuentro de inquilinos de la colonia Pensil. El encuentro tuvo la finalidad: (de) reestructurar, reforzar y ampliar dicha organización con todas las vecindades de las colonias (Pensil, Argentina, Popotla) donde acordamos crear nuevas formas de trabajo en las vecindades, aceptar la incorporación de la Asociación Civil que con anterioridad había sido formada como una forma organizativa y como un instrumento legal que nos da representación, también para solicitar créditos para la compra de vecindades [] (“La situación” 1985, 4-5; las cursivas son mías).

El aprendizaje en torno a la luchas sociales, en particular en materia inquilinaria, no sólo se nutrió de la relación con otras agrupaciones de colonos, las cuales ya contaban con varios años de lucha previa en la ciudad de México, sino que también se alimentó de la injerencia de diversos actores que asesoraron y gestionaron, en calidad de terceros, numerosas peticiones y trámites para primero solicitar la expropiación de predios y posteriormente acceder a los planes de reconstrucción o, en ciertos casos, edificación de vivienda nueva. Para los chilas, resultaba primordial seguir residiendo en la colonia Pensil, pues se trataba de un espacio urbano estratégico, ubicado en la zona centro poniente de la ciudad de México.

Esta triada, justamente, ha resultado muy fructífera a lo largo de toda la historia de integración de los chilas a la vida urbana: organización colectiva-activistas intermediarios o gestores-alianzas estratégicas, misma que se enriquece de manera notable de los entrecruzamientos entre las formas de lucha suscitadas en el pueblo y de aquellas gestadas en la ciudad de México. De ahí viene la continua información sobre los avances en la gestión que, por ejemplo, se documentan de nueva cuenta en el periódico El Tequimil, tan sólo dos años después.

Lucha de la Colonia Pensil

A más de 4 años de lucha inquilinaria, los habitantes de la colonia Pensil (D. F.) hoy más que nunca estamos más unidos y más organizados. Hoy demostramos a nuestros opresores que la unión hace la fuerza y que a más de 4 años de lucha, de constantes amenazas de desalojo por parte de la dueña, de agresiones físicas que hemos sufrido y de las calumnias a que hemos sido objeto, le decimos a la gente que se organiza y lucha, que gracias a las movilizaciones conscientes, ya se ha hechado a andar en nuestra colonia el programa de emergencia de vivienda fase II, ya adquirimos 2 vecindades y estamos en proceso de construcción de nuevos campamentos mientras se construyen nuestras viviendas (“Lucha” 1987, 7).

Pero ¿cómo lograron en tan poco tiempo la obtención de beneficios significativos, tales como la adquisición de predios, la edificación de vivienda nueva y el acceso a créditos, posterior a la coyuntura de la reconstrucción con motivo de los sismos de 1985? Y en otro plano de análisis ¿cómo se organizaron para demandar y lograr resultados más allá de la movilización en bola, las marchas y las consignas? Sin duda la clave para el logro de resultados significativos fue el liderazgo ejercido por varios sujetos chilas, en combinación con un trabajo de gestión permanente que poco a poco fue escalando en torno a los actores interpelados, hasta lograr una comunicación fluida con instancias de gobierno locales y federales, bajo el asesoramiento de terceros que siempre los apoyaron y asesoraron.

Sin embargo, la coyuntura política nacional en los años subsecuentes impactó de forma diferenciada los posicionamientos políticos de cada colectivo, lo cual se reflejó en el tipo de demandas y consignas de la organización. En particular, durante las elecciones presidenciales de julio de 1988, las movilizaciones previa y posterior a la jornada electoral tuvieron impactos muy fuertes en el nivel regional, especialmente para el estado de Guerrero. Estos hechos volvieron a vincular fuertemente a los chilas radicados en la ciudad de México con lo suscitado en la comunidad y el municipio de origen.

La emergencia de lo colectivo como estrategia de identificación étnica entre los chilas

Los años 1988 y 1989 representan el punto más álgido de agrupación de diversos colectivos chilas en torno a demandas sociales y políticas. También constituyen el periodo de mayor dinamismo en el cruce de apoyos y participación diferenciada entre un grupo o asociación y otro, dependiendo la coyuntura tanto en el pueblo de origen como en la arena local de la ciudad de México. Los posicionamientos políticos e ideológicos que encontramos explicitados por parte de los chilas ilustran la variación en torno a los objetivos, principios y formas de lucha.

Un ejemplo relevante se encuentra en los vaivenes alrededor de las posiciones políticas que se manifestaron desde la Organización, por ejemplo, ante la creación del Frente Democrático Nacional, en 1988, para apoyar la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la república. Si bien, como comenté en párrafos anteriores, las simpatías políticas de varios integrantes de la Organización claramente simpatizaban con una tendencia de izquierda, lo cierto es que existía una corriente más radical que sustentaba sus posturas desde el rechazo a que los partidos políticos representaran el principal mecanismo para acceder a un cambio de régimen y, por ende, a que las elecciones (es decir la vía democrática) significaran el mejor camino para mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras. De ahí que, en un editorial de El Tequimil, se expresara lo siguiente:

Hoy criticamos las falsas ilusiones que se han sembrado en las mentes de los campesinos; con el surgimiento del neocardenismo, se está haciendo a que el campesino y el obrero crean y tengan fé en las elecciones, cuando formalmente sabemos que para llegar a un verdadero cambio, es necesario tomar las armas y tirar este gobierno priista formado por financieros, banqueros y terratenientes (“Editorial” 1988, 2).

En el caso de las elecciones federales y locales de Guerrero, en los números 25, 26 de 1988 y 28 y 29 de 1989 (El Tequimil 1988a, 1988b, 1989a, 1989b) del mismo periódico, se detalla información sobre los resultados y formas de lucha contra lo que fue considerado un engaño dentro del proceso electoral. No obstante, ya a finales de 1989, en particular en el número 29 de El Tequimil, se les pide a los lectores que apoyen precisamente al profesor Antonio Simbrón del Pilar, oriundo de Chilacachapa, candidato por parte del PRD a las elecciones de presidente municipal de Cuetzala del Progreso. Lo anterior se da en un escenario local que diversos autores han caracterizado como el surgimiento del pluripartidismo en el estado de Guerrero, pues consideran que las elecciones municipales de dicho año fueron decisivas para lograr la alternancia electoral, en el momento que el PRD aparece como opción real de gobierno, cuyos resultados en las urnas dieron lugar a situaciones tanto de violencia como a un largo conflicto poselectoral (Gutiérrez Ávila 2006; Benítez Rivera 2019).

Lo suscitado en el municipio de Cuetzala del Progreso merece una explicación más detallada. Para ello, retomo una cita extensa de la obra de Danièle Dehouve y Marguerite Bey:

En asamblea pública los campesinos nombran en 1989 a Antonio Simbrón del Pilar, profesor indígena de Chilacachapa, como candidato a la presidencia municipal de Cuetzala del Progreso. El partido oficial (PRI) se adjudicó el triunfo (imponiendo) a Pablo Sandoval Sandoval quien contó con el apoyo de la familia Rabadán. Los campesinos […] se trasladaron hasta la cabecera municipal […, pero] al día siguiente llegó un contingente de 200 granaderos procedentes de la capital del estado para desalojarlos […] El ayuntamiento de Cuetzala fue tomado de manera inmediata como protesta al fraude […] El pueblo le tomó protesta al candidato opositor, Antonio Simbrón del Pilar, al síndico y sus regidores, así como a la policía popular campesina. El presidente impuesto no pudo tomar posesión en el ayuntamiento, de tal manera que hubo dos gobiernos paralelos. El gobierno que encabezó el profesor Simbrón procedió a despachar abriendo las oficinas del catastro, el registro civil, e incluso organizó la feria en honor al santo patrono, el Señor de Cuetzala. El ayuntamiento popular funcionó durante el plantón hasta los primeros días del mes de enero de 1990, cuando el Congreso otorgó la sindicatura y tres regidores (de obras, salud y de agricultura al PRD) (Dehouve y Bey 2006, 331-332).

Desde la perspectiva de Villacorta López (2013, 109), la novedad de dicha elección radica en que por primera vez se postulaba un candidato opositor que no era oriundo de la cabecera municipal, además de ser profesor y enarbolar su origen indígena. No obstante, el cambio en los apoyos brindados a un candidato, mediante las elecciones municipales, por parte de los chilas agrupados en torno a la Organización, debe leerse bajo el paraguas interpretativo propuesto por Villacorta López sobre la importancia que juega en el norte de Guerrero la definición de los electores como vecinos del pueblo. En otras palabras, la vecindad se vuelve problemática en aquellas comunidades en donde la lucha entre facciones o partidos resulta muy intensa (Villacorta López 2013, 108) y, por lo tanto, la posibilidad de votar puede inclinar la balanza entre un candidato u otro. Esta situación se complejiza cuando, además, quien controla la presidencia municipal también controla a los comisarios agrarios. En el caso de Chilacachapa, los resultados en las elecciones municipales de 1990 tuvieron repercusiones cuando no se pudo realizar la asamblea general de comuneros debido a que no se contaba con un censo actualizado, en un momento coyuntural como ése, en el que prevalecían problemas políticos por la designación del presidente municipal exactamente un año antes, en 1989 (Villacorta López 2013, 110).

Sobre esto, al revisar el Archivo del Comité Vecinal de la colonia Vista Hermosa, pude ubicar un oficio que de hecho se inscribe en ese episodio clave de disputa política en el pueblo, pero desde la perspectiva de los migrantes, quienes lo firman, todos asentados en la ciudad de México, y que demandan a la Comisaría Municipal de Chilacachapa el seguir siendo reconocidos como ciudadanos, con derecho a voz y voto, a través de mantener apoyos monetarios para la construcción de ciertas obras públicas. Para este caso, los firmantes no se identifican con ningún colectivo en particular, aun cuando varios de ellos, para ese momento, participaban activamente en diversas organizaciones.

México, D. F., a 22 de marzo de 1989

Comisaría Municipal, Chilacachapa, Guerrero

Comité de Construcción del Puente Mapache

Al pueblo en general

Los que suscribimos somos originarios de pueblo de Chilacachapa Municipio de Cuetzala del Progreso, Guerrero. Ante las grandes carencias de agua potable, salud, educación carretera, etc., nos vimos obligados a migrar hacia otros lugares de la república mexicana, pero que a la vez manifestamos nuestro apoyo moral y económico en que algunas obras (en el pueblo) han iniciado y otras están por realizarse

[…] Puentes de las piedras anchas, kínder, ampliación de calles, introducción de agua potable […]

Asimismo exigimos a las autoridades que nos tomen como ciudadanos con el mismo derecho a voz y voto, siempre y cuando nuestra participación vaya encaminado hacia el progreso de nuestro pueblo.

Porque es recriminante cuando en algunas asambleas nos catalogan como extraños.

Lista de cooperación para el puente de Mapache
Nombre Cantidad Firma
Lalislao del Pilar T. 10 000 __________
José Ortega G. 10 000 __________
Pedro Garrido Ferrer 10 000 __________
Rogelio Flores Vázquez 5 000 __________
Irineo Padilla Salinas 7 000 __________
Filemón Luciano F. 5 000 __________
Irene Aceves Medina 10 000 __________
Hortensia Rosas Del Pilar 5 000 __________
Francisco Brizar Medina 5 000 __________
Efrén Simbrón Moreno 5 000 __________
Constantino Gómez V. 10 000 __________
Ernesto Pacheco L. 10 000 __________
Vicente Alcántar V. 7 000 __________
Antonio Gabino del Pilar 10 00010 __________

Una forma de organización que ha resultado muy eficaz desde esa época hasta la actualidad en la reproducción de lazos de comunicación son las llamadas comisiones, las cuales mantienen un carácter diferente de aquellas que cada organización o unión crea para dar seguimiento a sus estrategias de lucha. Me refiero, por ejemplo, a las comisiones de prensa y propaganda, finanzas, difusión, comité de agua potable, etcétera, las cuales son diferentes a las que llamo de vinculación, pues se forman con chilas que en el momento requerido pueden viajar al pueblo con el apoyo monetario del colectivo. Dichas comisiones de vinculación son temporales y tienen carácter de representatividad en el que los miembros se manejan como voceros y en algún sentido pueden tomar decisiones sobre la base de que representan a un grupo determinado. Su duración y número de integrantes puede variar significativamente, dependiendo del asunto sobre el cual deben recuperar información o negociar. Esta estrategia les permite conocer de primera mano los hechos o situaciones suscitados en el pueblo, sin la intervención de intermediarios, con lo que se garantiza, además, que en la comunidad se les mire no como individuos, sino como representantes de grupos que aglutinan a varios hombres y mujeres chilas, quienes muestran interés por los asuntos públicos colectivos, y que en determinados momentos se les incluya en las decisiones comunitarias, gracias a lo cual logran mantener su presencia e incluso acumular simpatías por parte de los residentes del pueblo. Esto, de alguna manera, contradice lo expuesto en la carta anterior, en cuanto a que no se debe considerar como extraños a los avecinados en la capital, sino como ciudadanos. En uno de los números del mismo periódico, El Tequimil, se comenta la petición, hecha por las autoridades del pueblo, de difundir entre los paisanos radicados en la ciudad de México trabajos en torno a obras de infraestructura, en la cual los exhortaban a crear una comisión exclusiva para llevar a cabo esta tarea.

Por otro lado, el surgimiento de otros grupos organizados para el mismo periodo es señalado en varios de los números de El Tequimil. Así, se tiene registrado que en 1988 se da la bienvenida a una nueva organización de campesinos llamada Aspiraciones Libres de Chilacachapa Guerrero, cuyos integrantes radicaban en el pueblo y estaban enfocados en solucionar el problema del agua potable ([“Aspiraciones”] 1988). Un año después, en 1989, también se menciona y se aplaude la creación de la Asociación Civil de Revisteros Vicente Guerrero Saldaña (“Editorial” 1989; Leal Sorcia 2021).

A lo largo de 1989, podemos decir que los chilas se mueven en varios frentes organizativos: acceden a vivienda propia en la colonia Pensil, continúan demandando su reconocimiento como ciudadanos del pueblo de Chilacachapa a través de seguir enviando cooperaciones monetarias y, como ellos comúnmente señalan, integrando comisiones de ayuda, por ejemplo, para la gestión del agua potable. Impulsan el inicio de la Asociación Civil de Revistas Atrasadas, además de vincularse como colectivo mediante otros espacios tradicionales, como los grupos que participan en la fiesta del 8 de octubre en el pueblo de Chilacachapa, cuando se festeja la Independencia Nacional.

El cambio de década dio cuenta de las transformaciones en la estructura organizativa de diversos colectivos chilas. Lo anterior se debió a factores tanto de carácter estructural como internos de los propios grupos. En los años noventa, los logros que fueron producto de la gestión social en varios niveles favorecieron los procesos de asentamiento e integración a las dinámicas urbanas, debido a la obtención escalonada ya sea de una vivienda nueva, como fue el caso en la colonia Pensil, o bien a través de la compra de un predio en zonas de la periferia metropolitana, donde poco a poco empezaron a edificar sus viviendas de acuerdo a sus posibilidades de recursos monetarios (Ruiz Oscura, Pineda y Luna 2019).

De esta forma, identifico el inicio de la institucionalización de las demandas por parte de las organizaciones, al adentrarse plenamente en la gestión de estas demandas sociales, como un mecanismo fundamental para la adquisición de recursos e insumos de diversos tipos. Si bien los chilas ya contaban con una larga experiencia en este terreno, la obtención de logros tangibles (un departamento, un predio, un puesto de periódico) alimentaba su sentido de fortaleza, como sucede dentro de cualquier tipo de colectivo, además de que debieron acostumbrarse de alguna manera a ser pacientes y tolerantes ante los embates, por decir algo, de la burocracia institucional. La rotación de dirigencias, el reacomodo de cuadros militantes, el dinamismo de las comisiones, el trabajo individual de ciertos liderazgos, pero con la bandera de lo colectivo, serían los factores clave para entender la militancia disciplinada durante más de dos décadas. Éstos son aspectos recurrentes puestos en marcha, como ocurrió durante los procesos de domesticación del espacio urbano en el caso de la colonia Vista Hermosa, en Cuautepec, donde se lograron afianzar diversos servicios urbanos como una base indispensable para mejorar las condiciones de vida (Leal Sorcia 2019).

En 1992 la Organización decretó su extinción, aunque El Tequimil dejó de publicarse cuatro meses después del anuncio de su desaparición. Sin duda, el desgaste de los cuadros, el cambio generacional, el arduo trabajo que implicaba sacar a la luz este periódico, así como la transformación de la arena política en el pueblo de origen influyeron en su cierre. En el editorial del número 32, sus propios integrantes detallan los logros obtenidos el transcurso de ocho años de trabajo.

Editorial

El Tequimil, órgano de información de la Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero se mantuvo al margen de las noticias más importantes durante ocho años, bajo los principios de unidad en el terreno de los hechos vinculándose siempre con los sectores más oprimidos de nuestra sociedad. De los trabajos más relevantes se cuentan los siguientes:

  • Elaboración de un centro deportivo en los terrenos de El Tequimil que cuenta con tres campos de futbol.

  • Apoyo para la elaboración de dos tesis sobre Chilacachapa.

  • Gestión y encabezamiento del proyecto de agua Chapa-Chilacachapa.

  • Eventos culturales.

  • Apoyo a la construcción del puente.

  • Gestión para la dotación de muebles que actualmente ocupa la comisaría y otros centros.

Y así podemos citar muchos hechos más, sin embargo, los momentos políticos cambian y así también el rumbo de las organizaciones, como es el caso de esta organización que hoy se plantea una reestructuración total para la creación de una organización nueva que nazca y crezca bajo nuevas formas organizativas que garanticen en los hechos la materialización de sus objetivos, se pretende llevar a la práctica el pluripartidismo agrupando a los sectores campesinos, obreros, estudiantiles y profesionistas no importando posiciones religiosas, académicas, económicas o políticas, por lo que se hace un llamado a todas las personas con inquietudes para que nos organicemos de manera conjunta y así lograr la unidad y podamos atacar y resolver los problemas más inmediatos de nuestra comunidad.

A todos los lectores de este boletín informativo se les comunica que posteriormente se dará a conocer el nombre de la nueva organización así como de su programa de acción y de su órgano informativo, también se aceptan por escrito las observaciones, propuestas o críticas que vengan a consolidar a los miembros de esta nueva organización (“Editorial” 1992, 2).

Resalto de la cita anterior, en primer lugar, el énfasis expresado en la puntualización de los logros obtenidos, en un sentido que en la actualidad se promueve por medio de la rendición de cuentas, es decir, en la difusión de los resultados alcanzados, producto del esfuerzo colectivo. De hecho, a lo largo de varios números de El Tequimil, se incorporan cuadros y cifras en los que se señalan los medios monetarios obtenidos, por ejemplo, para la realización de torneos de futbol, rifas, bailes populares, así como los insumos comprados o bien la relación de las aportaciones individuales o colectivas. Esta práctica ha representado un fuerte recurso de legitimidad ante sus seguidores o detractores, en el sentido de utilizarla como una manera de reforzar los principios de honestidad, los cuales, se subraya, no buscan el bienestar individual, sino el colectivo. En segundo lugar, el texto citado también muestra el permanente interés de los chilas por que se escriba sobre su propia historia, ya sea del pueblo de origen o de quienes han migrado a la ZMVM. En tercer lugar, destaca el desdibujamiento de las reivindicaciones de carácter étnico, pues ya no aparece su pertenencia como indígenas nahuas, lo que sí se enfatizó sobre todo durante el primer quinquenio de la década de los ochenta. Por el tipo de discurso, sobresale más bien su afiliación a un sector popular desfavorecido que lucha contra la opresión del capital, del gobierno priista local y federal, y también se unifica con la lucha más amplia de obreros y campesinos. Lo anterior es alimentado por los logros electorales alcanzados en el pueblo de Chilacachapa y en el municipio de Cuetzala del Progreso ante el surgimiento del pluripartidismo y por ende de la posibilidad real de la alternancia electoral por primera vez en la historia de la región norte del estado de Guerrero.

Si bien se anuncia la creación de una nueva organización, ésta ya no se concretará, y algunos chilas transitarán a otras agrupaciones. Por otro lado, tan sólo dos años más tarde, la coyuntura política nacional se conmocionó ante el levantamiento zapatista de 1994 y aunque en un primer momento, por ejemplo, la Asociación Civil de Revisteros Vicente Guerrero Saldaña lo apoyó, posteriormente se dio paso a lo que he llamado un periodo de bajo perfil en cuanto a la participación militante de los chilas. Esto también se explica, según me han comentado, por experiencias con la presencia de lo que identifican como infiltrados de la Secretaría de Gobernación en las organizaciones sociales que operaron en esos años, razón que los motivó a restringir sus actividades de lucha. Asimismo, agregan que en los años setenta se dio asilo en el pueblo a Lucio Cabañas, lo que fue razón suficiente para considerar su vinculación con el movimiento zapatista.

Abajo reproduzco una nota de periódico publicada en 1990, en la cual se rememoraba la creación de la Organización y los logros alcanzados.

Los jóvenes en diciembre de 1983 formaron la “Organización Cultural Indígena Náhuatl de Chilacachapa” para mejorar el pueblo, conseguir agua, rescatar el idioma, fomentar deportes. Un ejemplo muy bello de que para la gente sencilla y sensata la cultura es muchas cosas, no limitada a lo intelectual. A través de esta asociación y sus miembros que estudiaban en el D. F. o en Chilacachapa, el pueblo hizo una serie de gestiones (“Aniversario” 1990, 6).

Ya para la segunda mitad de la década de los noventa, la militancia política de varios sujetos chilas se relacionaba estrechamente con lo suscitado en el pueblo de Chilacachapa, así como en la cabecera municipal Cuetzala del Progreso, en particular durante las elecciones locales de 1996 y 1999, cuyos resultados sentaron las bases para que en el 2002 por primera vez se produjera una alternancia electoral con la victoria del PRD. Esto fue posible debido a que los cuadros militantes y simpatizantes de dicho partido apoyaron una coalición para presentar a un solo candidato a la presidencia municipal. Este suceso se vivió intensamente en el pueblo de Chilacachapa cuando un grupo de mujeres propuso a una precandidata, quien finalmente perdió ante otro precandidato, que contaba con estudios profesionales, de un pueblo llamado Tianquizolc y con el apoyo de otras localidades en el municipio (Villacorta López 2013). Si bien los procesos electorales que ocurrían en el pueblo siguieron vinculando a los avecindados en la ciudad de México con su lugar de origen, no se consolidó otro medio de comunicación que informara de los acontecimientos más significativos, como en su momento lo hizo El Tequimil.

Así, en el cambio de década, las agrupaciones referidas también sufrieron transformaciones en sus mecanismos internos de trabajo. La Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil se desintegró cuando entró de lleno en el proceso de obtención de vivienda nueva, por lo cual sus objetivos primarios organizativos se desvanecieron. Varios de los chilas que participaron de manera activa en la Unión, pero que aún no formaban una familia o recién habían contraído nupcias, una vez lograda la edificación de viviendas nuevas, se involucraron principalmente en la obtención de predios y se desplazaron hacia diversos puntos de la ciudad y de la periferia. Se sumaron por lo tanto a las familias que llegaron a esas zonas de la capital una década atrás. Esto en gran medida explica por qué varios de los recién llegados a los asentamientos periféricos se enfocarían en la demanda de servicios y la regularización de predios, ya que su militancia previa en la Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil era un capital político importantísimo en el impulso de nuevos procesos organizativos, mismo que, para el caso de la colonia Vista Hermosa en Cuautepec, impulsaría varios años después la creación de un comité vecinal liderado por hombres y mujeres chilas, que se convirtió en la principal instancia de intermediación entre los vecinos chilas y las autoridades locales y del gobierno de la ciudad de México. Dicho comité se formalizó en el 2003, y el periodo de 2008 a 2015 fue cuando se alcanzaron los mayores logros organizativos y de acceso a servicios, obra pública y programas sociales, los cuales beneficiaron a decenas de familias radicadas en esta colonia, pero en particular a las familias chilas.

Consideraciones finales

A manera de síntesis, en la década de los noventa del siglo XX, las formas de organización plurales impulsadas por los chilas buscaron caminos alternos a lo que consideraban monopolios políticos, bajo las cuales resaltaron su adscripción étnica en la comunidad de origen, pero para el caso de la lucha inquilinaria y de mercado de trabajo en la ciudad de México se circunscribieron a una condición de clase. Por lo tanto, al tiempo que se presentaban luchas políticas por el acceso al poder político en el pueblo y la mejora en general de la población, se impulsaron otros terrenos de lucha, los cuales resultarían muy significativos en la estabilidad residencial y de empleo por parte de muchas familias chilas radicadas en diversas zonas de la ciudad de México. Al respecto, como se describió en otro apartado, la Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil encuentra sus antecedentes desde el año 1983, pero se fortalece y crece a partir de los sismos de 1985, cuando los chilas se vieron inmersos en una coyuntura que posibilitó la afiliación al gran movimiento que encabezó la Coordinadora Única de Damnificados. Con la definición de objetivos más acotados, como evitar el desalojo de las vecindades que habitaban en la colonia Pensil y más tarde la lucha por la expropiación de los predios, fueron recorriendo un camino muy intenso de participación en movilizaciones colectivas, pero se ocuparon de conocer y apropiarse de la jerga burocrática que para ese tiempo imperaba, como la demanda de créditos para la vivienda a través de las instancias creadas exprofeso para atender la magnitud de la catástrofe que significó la pérdida de miles de viviendas.

El caso de los chilas y sus procesos históricos de lucha social nos invita a discutir otras categorías de análisis que enriquecen su actuar como grupo de interés, el cual pareciera que sólo se aglutina y se autorreconoce como singular con el fin de obtener recursos y beneficios de diversa índole. Lo documentado en este escrito da cuenta de lo que puedo llamar la base de su formación política, donde lo vivido en el pueblo en combinación con las historias de lucha como avecindados en la ciudad de México configuran su núcleo duro de identificación étnica. Por lo tanto, no es la lengua, ni ciertos rasgos culturales, lo que los unifica, más bien se trata de una construcción simbólica de su origen como referente central que los enlaza en cuanto colectivo étnico, donde el trabajo grupal aparece en el núcleo de toda su configuración social como chilas (Good Eshelman 1996; 2005).

Al respecto, Abner Cohen refiere el caso de los estudios sobre inmigrantes reportados en la ciudad de Nueva York, en los cuales se sugiere que en numerosas ocasiones los miembros de la tercera generación o más han perdido la lengua y muchas de sus costumbres; también señala que, no obstante, los indígenas continuamente recrean sus distinciones de diferentes formas, no sólo por el simple conservadurismo, sino porque estos grupos son en efecto grupos de interés, los cuales despliegan propósitos económicos y políticos en común, pero que, agrega el autor, están en una continua competencia por el poder con otros grupos (Cohen 1974, 191-192), y eso aplica para los chilas. Así que, para nuestro caso, la idea de poder se puede desmenuzar para dar cabida a varios elementos, como el acceso a los recursos materiales, a programas y apoyos institucionales, el control de espacios de decisión comunitaria, nichos ocupacionales, entre otros.

Para finalizar, un elemento que señalé al inicio de este texto es la rica producción escrita generada por los chilas en el transcurso de tres décadas. Durante mi investigación sobresalió el encontrarme con diversos materiales que dan cuenta de sus propios procesos de militancia social y política, por momentos detallando todas sus acciones colectivas y otras veces denunciando injusticias en planos donde se cruza lo local con lo global. Representa también un caso particular en el cual la oralidad se complementa considerablemente con los registros históricos generados por los mismos sujetos étnicos y que, para fines de investigación, hacen posible descubrir puntos de encuentro entre diversos procesos organizativos nodales en la historia social de los chilas a lo largo del último tercio del siglo XX. Lo anterior me permitió dar cuenta de la creación de una espiral histórica desde la cual narrar los procesos de politización y militancia tan acentuada que manifiestan diversos colectivos chilas. A diferencia de otros grupos indígenas con los que resulta difícil acceder a registros escritos, el caso de los chilas muestra esta particularidad significativa. Para dar cuenta de la riqueza de dicha producción escrita, se presenta un cuadro con datos recuperados del Archivo del Comité Vecinal de la colonia Vista Hermosa sobre tres publicaciones editadas a lo largo de 10 años y una más en el nivel municipal en Guerrero (cuadro 1).

Sin duda El Tequimil representa el mayor logro editorial impulsado por un grupo de chilas en el curso de una década. En 1986, en la misma publicación impresa, se mencionaban cifras que nos permiten ponderar su alcance como medio de difusión, principalmente entre los chilas radicados en la ZMVM. Ese año se informó de la impresión de 15 000 ejemplares con un costo total de $150 000. Incluso se reconoce a todos aquellos que colaboraron, aun cuando se hubiesen distanciado “por motivos personales o de índole ideológica” (El Tequimil 1986). Por otro lado, al realizar un concentrado de todos los temas abordados por una década, se ilustra claramente cuáles fueron los diversos ámbitos en torno a los cuales se centraron los análisis políticos, además de que también está presente la confluencia de estrategias de lucha colectiva, impulsadas principalmente desde 1982 hasta 1987.

Cuadro 1 RELACIÓN DE PUBLICACIONES CHILAS, 1982-1992 

Nombre de publicación Organización editora Número de ediciones Periodo
El Tequimil* Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero 33 ejemplares 1982-1992
Chispita*+ Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil 6 ejemplares 1989-1990
Arando la Tierra* - 3 ejemplares 1992
Cuadernillo del Municipio de Cuetzala del Progreso y de Tierra Caliente** - - -

+ Reemplaza un periódico mural llamado “La lucha del 50”.

*Fuente: Archivo del Comité Vecinal de la colonia Vista Hermosa.

** Fuente: Villacorta López (2013).

El señor Efraín, uno de los principales ideólogos de la fundación de la Organización, fallecido en 2018, quien además encabezó durante varios años la edición del periódico, rememoró en una entrevista lo que significaron los trabajos de organización y lucha entre los chilas, así como el impacto que tuvo dicho agrupamiento en la historia del pueblo.

Si hoy por ejemplo podemos estructurar pláticas de las luchas en el pueblo, llegaríamos a la conclusión de que como pueblo originario en 10 o 15 años, avanzamos lo que otros pueblos no habían avanzado. Tuvimos un órgano de difusión, un boletín informativo, más bien tuvimos dos boletines, periodiquitos que trataban los temas de la vida de Chilacachapa [… se refiere a los periódicos El Tequimil y Arando la Tierra]. Pero no separado de esto [de la lucha de los revisteros]. No, al contrario. Allá se sabía lo que estábamos haciendo acá, y aquí lo de allá, aquí se sabía. Entonces a mí me gustaría que si van a hacer una cuestión de ésta [se trata de una investigación], pues que tengan un conocimiento más amplio (Entrevista colectiva. Asociación de Revistas Atrasadas Vicente Guerrero, 23 de junio de 2011).

A partir de lo que refiere el señor Efraín, a manera de hipótesis, considero que los chilas ya no dividen su sentido del mundo entre la comunidad de origen y la ciudad, sino que han integrado un universo de identificaciones y pertenencias en el que ambos ámbitos forman parte de su socialización diaria y además soportan la base para recrear permanentemente su ser chila.

FUENTES

Documentos

“Comentarios sobre la relación del Lic. Sergio Alcázar y la Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil”. 12 de julio de 2009. Archivo personal de Fortino Ortega. [ Links ]

[Oficio dirigido al Comité de Construcción del puente Mapache]. Archivo del Comité de la colonia Vista Hermosa. [ Links ]

Obras publicadas

“Aniversario de la Organización Cultural Indígena Náhuatl de Chilacachapa”. 1990. El Universal. 30 de noviembre de 1990. [ Links ]

Arizpe, Lourdes. 2011. “‘El simulacro de la guerra de Independencia’ en Chilacachapa, Guerrero”. En El patrimonio cultural cívico de México. La memoria política como capital social, coordinación de Lourdes Arizpe, 29-43. México: Miguel Ángel Porrúa/Universidad Nacional Autónoma de México. [ Links ]

[“Aspiraciones libres de Chilacachapa Guerrero”]. 1988. El Tequimil. Año 7, núm. 24, julio. [ Links ]

Benítez Rivera, David. 2019. “El Sur en lucha. Una panorámica de los movimientos sociales en Guerrero”. En Por los laberintos del sur. Movimientos sociales y luchas políticas en Guerrero, coordinación de David Benítez Rivera y Pierre Gaussens, 19-46. México: Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. [ Links ]

Brubaker, Rogers y Frederick Cooper. 2005. “Mas allá de la identidad”. En Repensar los Estados Unidos. Para una sociologia del hiperpoder, coordinación de Loïc Wacquant, 178-208. Barcelona: Anthropos Editorial. [ Links ]

Cardoso de Oliveira, Roberto. 2007. Etnicidad y estructura social. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social/Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/Universidad Iberoamericana. [ Links ]

Cohen, Abner. 1974. Urban Ethnicity. Londres: Tavistock Publications. [ Links ]

Estrada Castañón, Alba Teresita. 1993. “Guerrero: transición democrática, obstáculos y perspectivas”. En Elecciones y partidos políticos en México, coordinación de Leonardo Valdés, 53-67. México: Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, Centro de Estadística y Documentación Electoral. [ Links ]

Dehouve, Danièle, y Marguerite Bey. 2006. “La política vista desde el municipio”. En Multipartidismo y poder en municipios indígenas de Guerrero, coordinación de Danièle Dehouve, Víctor Franco Pellotier y Aline Hémond, 309-389. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social /Universidad de Guerrero. [ Links ]

“Editorial”. 1983. El Tequimil . Año 1, núm. 3, [s. m.] 1983. [ Links ]

“Editorial”. 1984. El Tequimil . Año 2, núm. 7, abril de 1984. [ Links ]

“Editorial”. 1988. El Tequimil . Año 7, núm. 24, julio de 1988. [ Links ]

“Editorial”. 1989. El Tequimil . Año 8, núm. 28, julio de 1989. [ Links ]

“Editorial”. 1992. El Tequimil . Año 11, núm. 32, julio de 1992. [ Links ]

Fraser, Nancy, y Axel Honneth. 2006. ¿Redistribución o reconocimiento? Madrid: Morata. [ Links ]

Good Eshelman, Catharine. 1996. “El trabajo de los muertos en la sierra de Guerrero”. Estudios de Cultura Náhuatl 26: 275-287. [ Links ]

Good Eshelman, Catharine. 2005. “Ejes conceptuales entre los nahuas de Guerrero. Expresión de un modelo fenomenológico mesoamericano”. Estudios de Cultura Náhuatl 36: 87-113. [ Links ]

Gutiérrez Ávila, Miguel Ángel. 2006. “Historia política y elecciones”. En Multipartidismo y poder en municipios indígenas de Guerrero , coordinación de Danièle Dehouve , Víctor Franco Pellotier y Aline Hémond , 27- 96. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social /Universidad de Guerrero. [ Links ]

Leal Sorcia, Olivia. 2014. “Reconocimiento étnico y periferias multiculturales. Los chilas (nahuas) en Cuautepec, Ciudad de México”. Tesis de doctorado, El Colegio de Michoacán. [ Links ]

Leal Sorcia, Olivia. 2015. “Enclave migratorio de nahuas oriundos de Chilacachapa Guerrero en la colonia Vista Hermosa, Distrito Federal”. Rutas de Campo 2 (6): 63-71. [ Links ]

Leal Sorcia, Olivia. 2019. “Indígenas nahuas y sus procesos de etnicidad urbana en la ciudad de México”. Revista Antropologías del Sur 6 (11): 199-221. [ Links ]

Leal Sorcia, Olivia. 2021. “Identificaciones sociales y construcción de sentidos étnicos entre nahuas urbanos”. Entre Diversidades 8 (2): 186-211. [ Links ]

“Lucha de la colonia Pensil”. 1987. El Tequimil . Año 5, núm. 19, marzo de 1987. [ Links ]

Pineda Peláez, Ismael. 2019. “Mundos distantes. Diversidad indígena en Cuautepec”. En Cuautepec. Actores sociales, cultura y territorio, coordinación de Iván Gomez-César Hernández y Cuauhtémoc Ochoa Tinoco, 363-394. México: Universidad Autónoma de la Ciudad de México. [ Links ]

“Principios en los que se sustenta la Organización Cultural y Deportiva de Chilacachapa Guerrero”. 1983. El Tequimil . Año 1, núm. 4, julio de 1983. [ Links ]

Restrepo, Eduardo. 2004. Política del conocimiento y alteridad étnica. México: Universidad de la Ciudad de México. [ Links ]

Ruiz Oscura, Karla, Ismael Pineda y Rubén Luna. 2019. “Diversidad cultural en el norte de la Ciudad de México. La Delegación Gustavo A. Madero”. En Indígenas Urbanos. Proyecto de investigación etnográfica de la ciudad de México, coordinación de Iván Perez Tellez, 44-65. México: Secretaría de Cultura, Gobierno de la Ciudad de México. [ Links ]

“La situación de la vivienda en el Distrito Federal”. 1985. El Tequimil . Año 4, núm. 14, diciembre de 1985. [ Links ]

El Tequimil . 1986. Año 4, núm. 16, julio de 1986. [ Links ]

El Tequimil . 1988a. Año 7, núm. 25, octubre de 1988. [ Links ]

El Tequimil . 1988b. Año 7, núm. 26, diciembre de 1988. [ Links ]

El Tequimil . 1989a. Año 8, núm. 28, julio de 1989. [ Links ]

El Tequimil . 1989b. Año 8, núm. 29, octubre 1989. [ Links ]

Villacorta López, Mercedes. 2013. La disputa por el templo. Política, religión y etnicidad en un municipio del norte de Guerrero. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Publicaciones de la Casa Chata. [ Links ]

Villela, Samuel, y Nélida Ocampo. 2012. Memoria y tradición en el norte de Guerrero. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia. [ Links ]

Villela, Samuel , coord. 2021. Chilacachapa. Un pueblo del norte de Guerrero. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia . [ Links ]

Zambrano Rodríguez, Carlos. 1986. “Chilacachapa. Síntesis cultural del presente indígena en la región norte de Guerrero”. Tesis de licenciatura, Escuela Nacional de Antropología e Historia. [ Links ]

1Los trabajos de Robert J. Weitlaner son un referente histórico central para el caso de Chilacachapa, Guerrero. Para este texto se consultaron tres artículos clásicos de su autoría publicados en la obra coordinada por Samuel Villela (2021): “Nuevos apuntes sobre Chilacachapa” en coautoría con Roberto H. Barlow, “Chilacachapa. Viernes primero de noviembre a lunes 4 de noviembre de 1946” y “Todos Santos y otras ceremonias en Chilcachapa”.

2La falta de agua potable en el pueblo de Chilacachapa representa una problemática aguda que ha impulsado procesos organizativos desde hace ya varias décadas; sobre esto se presentarán diversas aristas en los siguientes apartados.

3Para Catharine Good Eshelman (1996) la concepción nahua del trabajo, referida como tequitl en lengua náhuatl, representa el concepto organizador central de la vida social en la región del Alto Balsas, pero considero que puede aludir también a los oriundos de Chilacachapa. Si bien señala que este término incluye actividades necesarias para la producción material, su alcance es más amplio, pues también comprende “dar servicio a la comunidad, hablar y dar consejos a otros, compartir conocimientos, enseñar algo a otra persona, curar, hacer ofrendas, rezar, cantar, tener relaciones sexuales, emborracharse en una fiesta. Esta idea de trabajo abarca todo uso intencionado de la energía humana en términos físicos, espirituales, intelectuales, emocionales” (Good Eshelman 1996, 276). Más adelante ampliaré dicho presupuesto, retomando otros planteamientos de la misma autora, para caracterizar las formas de organización colectiva impulsadas por los chilas tanto en Chilacachapa como en los destinos migratorios urbanos.

4Como parte de la historiografía de las luchas político electorales en la zona norte de Guerrero, Miguel Ángel Gutiérrez narra un hecho que muestra las fuertes pugnas suscitadas en la región norte: “La familia Rabadán, compuesta por cinco hermanos, cuatro hombres y una mujer, David, Melquiades, Francisco, Epigmenio (el finado) y Macrina, habían instaurado, desde 1930, un poder caciquil despótico en Cuetzala. Contaban con dos pelotones de reservistas a su servicio y habían cometido innumerables crímenes sin que en ninguno de los casos se hiciera justicia. Cierto es también que las ‘fuerzas ojedistas’ no se habían quedado con los brazos cruzados: del bando cayeron varios del municipio de Cuetzala. En 1943, se le dictará auto de formal prisión a Macrina Rabadán al ser juzgada culpable de difamación por las acusaciones que le hizo a Nabor Ojeda, con relación a ser el autor intelectual del asesinato del diputado Epigmenio Rabadán” (Gutiérrez Ávila 2006, 46). Sobre el papel del coronel Nabor Ojeda Caballero, diputado y senador, además de líder agrarista, véase la misma obra (44-47). También se puede consultar la aparición de diversas asociaciones civiles, uniones y grupos organizados a lo largo del siglo XX en diversas regiones del estado.

5En torno al tema de movimientos sociales, retomo una cita extensa de David Benítez Rivera (2019, 25): “En México, los nuevos movimientos sociales han crecido exponencialmente a partir de la década de 1980, en primera instancia como resultado del giro que el gobierno dio con la adopción de las políticas neoliberales impuestas desde los organismos internacionales. Esto implico en gran medida el abandono de las políticas sociales y el desmantelamiento del sistema de seguridad social cuyas bases se establecieron en la Constitución de 1917, y que se perfilo a partir de las luchas sociales a lo largo de ese siglo. Este giro represento también la ruptura del pacto de dominación construido sobre el discurso de la herencia de los ideales de la Revolución por parte del gobierno priista, lo que abrió la posibilidad de nuevas expresiones políticas desde la sociedad civil”.

6Reproduzco una pregunta que se plantea Good Eshelman (2005, 106), la cual resulta pertinente para los propósitos del presente texto: “¿Es posible encontrar una continuidad histórica en el modelo [fenomenológico que sugiere] al trabajar materiales etnohistóricos?”, como sería el caso de El Tequimil. Apelando a un espíritu comparativo, como también lo sugiere esta autora, para el caso chila la respuesta resulta afirmativa.

7Lo que diversos autores llaman la emergencia del multipartidismo en Guerrero implicó la desaparición de pequeños partidos políticos y de asociaciones civiles, para dar paso a nuevas fuerzas políticas y coaliciones, además de recursos financieros destinados a los municipios (Dehouve y Bey 2006). Para octubre de 1989, 47 municipios fueron tomados por campesinos e indígenas agrupados en el FDN como medida de protesta por el fraude electoral de las elecciones presidenciales. Estos acontecimientos se presentaron en el municipio de Cuetzala del Progeso, donde los oriundos de Chilacachapa jugaron un rol protagónico, acontecimientos que se abordarán más adelante.

8En otro escrito retomo la creación de una asociación civil impulsada por chilas residentes en la ciudad de México dedicada a la venta de revistas atrasadas en puestos de periódicos instalados en las principales avenidas de la capital. Este nicho laboral representa hasta la actualidad un espacio relevante en la reproducción económica de decenas de familias chilas radicadas en diversos puntos de la capital (véase Leal Sorcia 2021).

9El documento se titula “Comentarios sobre la relación del Lic. Sergio Alcázar y la Unión de Inquilinos de la Colonia Pensil”, fechado el 12 de julio de 2009. Archivo personal de Fortino Ortega.

10[Oficio dirigido al Comité de Construcción del puente Mapache], Archivo del Comité de la colonia Vista Hermosa, en el cual firman cuatro personas más, pero no se especifica su cooperación ni sus nombres; también aparece el sello de la Comisaria Municipal Chilacachapa, Municipio de Cuetzala del Progreso, Guerrero. Las cursivas son mías.

Recibido: 10 de Diciembre de 2021; Aprobado: 30 de Octubre de 2023; Publicado: 01 de Agosto de 2024

SOBRE LA AUTORA: Olivia Leal Sorcia es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán. Sus líneas de investigación son etnicidades urbanas, nahuas urbanos y sus procesos de reconocimiento étnico, etnografía socioantropológica en contextos metropolitanos. Entre sus últimas publicaciones destacan “Desafíos del trabajo de campo en la formación de socioantropólogos en México”, en Más allá de la sociología y la antropología. Reflexiones en torno a la socioantropología (2023); “Identificaciones sociales y sentidos étnicos entre nahuas urbanos”, Entre Diversidades 8 (2) (2021); “Indígenas nahuas y sus procesos de etnicidad urbana en la ciudad de México”, Revista Antropologías del Sur 6 (11) (2019).

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons