“Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida”.
Haruki Murakami
El corazón ha tenido un valor especial para la humanidad. Tal vez sea porque es un órgano cuya presencia se hace evidente, ya sea por taquicardia, bradicardia o arritmias que la persona experimenta. Este órgano es la pieza central del aparato circulatorio, pues bombea la sangre a través del sistema vascular para nutrir las células del cuerpo. En la literatura antigua, se le designa como el asiento de los afectos y las motivaciones.
Por ello, muy apropiadamente muchos dichos populares involucran al corazón: “Me dio un vuelco el corazón”, “Tengo el corazón roto” o, como diría Alejandro Sanz, “Tengo el corazón partío” 1. También se encuentran expresiones como “Se me salió el corazón” o “Te amo con todo mi corazón”, y muchas más con las que podrían llenarse páginas y páginas. Es obligado mencionar la canción Corazón, corazón, del gran compositor mexicano José Alfredo Jiménez2. La literatura y la música están repletas de referencias a este órgano que palpita entre 60 y 100 veces por minuto3.
Hablar del corazón también remite a una de las principales causas por las que mueren más connacionales y que ha impulsado al desarrollo de protocolos que intentan disminuir este problema como una de las primeras causas de fallecimiento4,5. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las enfermedades cardiacas son la principal causa de muerte en México. Tan solo en 2023, se registró el fallecimiento de 97,328 personas por esta razón. Desafortunadamente, esta tendencia ha prevalecido durante las últimas dos décadas6.
Antes de convertirse en objeto de estudio científico, el corazón fue considerado la morada de divinidades y sentimientos. Durante siglos, se creyó que era el depósito de todos los sentimientos y su significado en todas las culturas sobrepasó siempre al sitio que ocupa en el organismo humano. Se pensaba que albergaba el alma, que llevaba el pneuma al cerebro, que gobernaba a todos los órganos, etc. Fue necesario que Andrés Vesalio realizara una cuidadosa disección del corazón para comprender su verdadera función, y que William Harvey describiera los mecanismos de la circulación sanguínea para ubicarlo dentro de la fisiología humana.
Si se representara esquemáticamente esta víscera, el corazón se asemejaría a una pirámide recostada sobre uno de sus lados, con la punta orientada hacia abajo y hacia adelante, ligeramente rotada hacia la izquierda, mientras que la base se encuentra en posición posterior con una ligera rotación hacia la derecha.
Ya que hablamos de pirámides, es oportuno mencionar que una de las civilizaciones con los registros más antiguos sobre el corazón, aunque desconocían su fisiología, fue la egipcia. Para ellos, este órgano tenía una importancia fundamental, pues en él residía el alma o ka. Esta relevancia se refleja en la gran cantidad de amuletos con forma de corazón que se encontraron en las diversas tumbas que se han explorado. Uno de los más significativos era el escarabajo del corazón, que se colocaba entre las vendas durante el proceso de momificación y contenía un conjuro para evitar que el corazón del difunto lo delatara durante el proceso al llegar al salón de la diosa Maat7-9.
Durante la momificación, ciertos órganos que se consideraban esenciales para la resurrección eran extraídos y depositados en pequeñas urnas llamadas vasos canopos (canopic jars). En estos recipientes se resguardaban el hígado, el estómago, los intestinos y los pulmones; sin embargo, el cerebro era desechado, algo que hoy resultaría inaceptable. El corazón, en cambio, se mantenía en su lugar, pues se creía que albergaba la memoria, el pensamiento, la personalidad y los sentimientos del fallecido, elementos indispensables para ingresar al Reino de los Muertos, gobernado por Osiris. Una vez que el difunto recorría su viaje por el inframundo, su alma llegaba al salón de Maat, donde se llevaba a cabo la ceremonia del pesaje del corazón7.
En la primera fase del ritual, el alma se presentaba ante los 42 jueces, conocidos como Ren, y recitaba todos los pecados que había cometido durante su existencia terrenal. Después de esta prueba, se debía demostrar la pureza del corazón y que estuviera libre de pecado, por lo que el difunto colocaba su corazón en una balanza y varios dioses continuaban con la ceremonia.
Anubis, el dios de la momificación y guía de los muertos, estaba involucrado en el desarrollo de esta prueba, mientras que Thoth, dios de la escritura y la sabiduría, registraba el resultado. En un plato de la balanza se colocaba el corazón y en el otro, la Pluma de Maat que era la diosa de la verdad, el balance, la justicia y la harmonía7.
Si ambos elementos se equilibraban, el fallecido podía presentarse ante Osiris y se le concedía el acceso al Sekhet-Aaru o Campo de los Juncos, que era considerado el paraíso celestial donde residiría por la eternidad. En cambio, si el corazón pesaba más que la pluma, significaba que estaba cargado de impureza y pecados. En ese caso, el difunto era devorado por Ammit, una criatura con partes de león, hipopótamo y cocodrilo, y su alma era destruida para siempre, condenándolo a la aniquilación total en el Duat o inframundo egipcio5,7.
En ese sentido, una gran variedad de amuletos se colocaba en el cuerpo y se envolvía entre las telas mortuorias para garantizar la seguridad del difunto y facilitar su tránsito hacia la vida futura. Todo este arsenal de amuletos protectores, que en algunos casos podía superar el centenar, junto con un ejemplar lujosamente decorado del Libro de los Muertos adquirido poco antes de morir, aseguraban la supervivencia eterna. Las invocaciones escritas en el Libro de los Muertos debían ser pronunciadas sobre amuletos específicos, que luego se colocaban en partes específicas del cuerpo del difunto. Se han hallado amuletos con forma de corazón elaborados en cornalina, jaspe rojo, cerámica vitrificada roja o pasta de color. Tanto la cornalina como el jaspe rojo simbolizaban el dinamismo y el coraje necesarios para enfrentarse a los enemigos invisibles. Estas piedras estaban vinculadas con la ira de las divinidades al defender sus lugares, cuya raíz debe ser el cielo y no las pasiones animales10,11.
Platón denominó al corazón como el “nudo de los vasos”, una concepción similar a la de los aztecas, quienes representaban en el corazón el movimiento, el nudo que ata el espíritu a la materia y el alma a su herramienta. En este órgano se anudaba el alma. El corazón era el testigo del hombre y de su incesante marcha12.
A lo largo del tiempo, este interés por los indivisibles corazón y sangre han despertado el interés de otros pueblos. En Mesoamérica, el conocimiento anatómico del corazón era evidente que en muchos casos provenía de las prácticas rituales de inmolación humana, donde las ofrendas eran precisamente el corazón y la sangre para sus deidades, logrando así mantener inalterable el curso de los astros a través del universo. La importancia del corazón y la sangre, desde una perspectiva religiosa y cultural, quedó plasmada en numerosos testimonios artísticos, tales como pinturas, poesía, cerámica, esculturas y bajorrelieves13.
Para los aztecas, el corazón era el alimento que sus dioses requerían. Los sacerdotes, en sus templos, realizaban sacrificios humanos extrayendo el corazón (yóllotl)14. Este alimento era fundamental para que Huitzilopochtli, dios del Sol, continuara brillando y otorgando vida. En náhuatl, la palabra yóllotl significa esencia o fuerza vital. Los dioses se habían autosacrificado para transmitir la vida a los seres humanos, y los antiguos mexicanos, en respuesta, ofrecían lo más valioso: su corazón y su sangre. Este ritual era una forma de honrar a las divinidades que habían entregado su existencia para la creación del mundo y todo lo que en él habita.
De modo muy particular los cardiólogos, pero también todos los profesionales de la salud, apreciamos, ahora más que nunca, lo que vale tener un corazón sano y fuerte. Es innegable que las muertes por cardiopatías siguen siendo un problema de salud mundial. Por ello, es imperativo que en los años venideros se sigan impulsando la investigación y los avances en cardiología. Tal como lo comprendieron los antiguos mexicanos, el corazón es el motor de la vida. Todo estudio, pensamiento o expresión sobre él, así como la exploración de sus significados en las civilizaciones originarias, como la mesoamericana en nuestro caso, tienen relevancia tanto en el campo de la ciencia como en el de la cultura. No es casualidad que, al crearse el Instituto Nacional de Cardiología bajo la visión del doctor Ignacio Chávez, se eligiera como lema el siguiente apotegma en latín: Amor et scientia inserviant cordi. Que el amor y la ciencia sirvan al corazón15.









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