Celebro el llamado a la «zambranización» de la medicina a la que nos invita Rodríguez-Orozco en su escrito.1 Llamado que pareciera una isla dentro de un océano de racionalidad que envuelve a la práctica médica. Y sin embargo la isla nos sirve de referencia, de lugar de descanso y abastecimiento de energía moral dentro de ese gran océano.
Isla de las que hay muchas como aquella donde el Dr. Ignacio Chávez escribió que «no hay peor forma de mutilación espiritual de un médico que la falta de cultura humanística. Quien carezca de ella podrá ser un gran técnico en su oficio, podrá ser un sabio en su ciencia, pero en lo demás no pasará de un bárbaro, ayuno de lo que da la comprensión humana y de lo que fija los valores del mundo moral».2
La filósofa Martha Nussbaum establece que el humanismo lleva al humanitarismo, y pienso que en el título de su libro, bien podría substituirse la palabra “democracia” por “medicina” sin perder en absoluto su contexto.3
En estas mismas páginas de la Gaceta otros insignes maestros han declarado una y otra vez sobre el valor de este tipo de conocimiento reconocido ahora por Rodríguez-Orozco. Ha habido muchos, pero traigo a colación al Dr. Alberto Lifshitz, quien distingue la condición humana dentro de la atención de la salud (tanto de pacientes como del personal: sus intereses, sentimientos, actitudes, apreciaciones, valores, emociones y sesgos), el carácter humanístico de su orientación filosófica (en tanto sus potencialidades y su lugar inseparable como parte de la naturaleza), el componente humanista de su preparación (su cultura para comprender mejor al ser humano — la «zambranización» que propone Rodríguez-Orozco—), que devienen en el carácter humanitario del quehacer (en tanto búsqueda del bien, del bienestar y de la beneficencia con reconocimiento de la dignidad de la persona).4
Finalmente, la clave «zambraniana» que adecuadamente expone Rodríguez-Orozco resuena mucho no solo con los antecedentes descritos, sino también con el movimiento de narrativa médica impulsada por Charon,4 quien la describe como «una disciplina clínica, conceptual y pedagógica diseñada para fortalecer las capacidades de los clínicos de hacer honor al recuento de sus pacientes y transformarlos en defensores y activistas en la mejora del sistema de salud».5 Una historia clínica a la par de su historia no clínica. No solo los eventos trazables en los cuerpos humanos derivados de intervenciones farmacológicas o quirúrgicas, sino también todas las secuelas personales, emocionales, relacionales y ontológicas de una salud alterada.
Y, sin duda, la poesía sirve. Pérez-Tamayo6 escribió que «un médico culto es un mejor médico, pero no porque sea culto, sino porque es un mejor ser humano». Eso es lo que necesitamos, ser mejores seres humanos.
Finalmente, conviene recordar a Percy Bysshe Shelley7 cuando escribe que «los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo», y pensar si el personal de la medicina no haría bien en seguir esos pasos ante la alborada de un nuevo sistema de atención médica que parece querer replicar sistemas que han mostrado la priorización administrativo-burocrática por encima del humanismo que implica la relación paciente-médico. La clave «zambraniana» que nos presenta Rodríguez-Orozco merece atención.










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