Introducción
La evolución en el desarrollo de la neurociencia ha contribuido a una comprensión más precisa de los sustratos anatómicos y funcionales que definen las actividades básicas del ser humano en términos de sensibilidad, motricidad y coordinación.1,2 También se han descrito con mayor detalle otras funciones relacionadas con el discernimiento, la función intelectual y emocional y los mapas cognitivos correspondientes. Adicionalmente, el estudio de las redes neuronales y el desarrollo tecnológico revelaron circuitos psicoemocionales y comportamentales específicos, a partir de los cuales se han identificado las redes que definen las emociones complejas y los procesos cognitivos vinculados al pensamiento crítico.3-7
Estas redes han dado lugar al desarrollo de redes digitales basadas en algoritmos informáticos mediante la llamada inteligencia artificial, que han generado sistemas de aprendizaje, análisis de datos y toma de decisiones con cierta autonomía. Las implicaciones éticas de esta nueva dimensión de la neuroética, como una disciplina validada y vigente, no han sido ponderadas ni totalmente reguladas respecto a los desenlaces potenciales y sus efectos colaterales.8
Considerando las recomendaciones del sistema PRISMA9 para revisiones sistemáticas, se utilizó la base de datos PubMed para la búsqueda de literatura mediante tres palabras clave: neuroethics, ciber-ethics y neurocyberethics. Además, se evaluaron los contenidos de 20 libros publicados sobre neuroética. Se encontraron 320 artículos sobre neuroética, nueve sobre ciberética y ninguno de neurociberética. Finalmente, se seleccionaron 20 libros y 22 artículos vinculados con el tema de interés para el desarrollo de esta revisión (Figura 1).
Evolución de la emoción y cognición
Una vez resuelto el rol histórico y cultural de la teoría cardiocéntrica en las emociones y la conducta, la teoría neuronal y las redes funcionales nos han acercado más a la comprensión de la identidad del homo sapiens y sus capacidades de interacción en ese espacio introspectivo (intrapersonal), además de las competencias interpersonales vinculadas con el entorno social.10
El rol evolutivo desde la filogenia y la ontogenia ha definido las partes más novedosas del sistema nervioso humano, mismas que siguen guardando una relación proporcional entre el aumento del volumen y la densidad de ramificaciones dendríticas neuronales, con el desarrollo de las habilidades cognitivas y emocionales. De esta forma, se ha comprendido con mayor precisión el papel del lóbulo frontal en el pensamiento reflexivo y crítico, además del discernimiento cognitivo, las funciones ejecutivas, la flexibilidad mental y los circuitos del placer y la recompensa. Algunos de estos sustratos neurobiológicos explican conductas prosociales relacionadas con el altruismo, la solidaridad, la compasión, la resiliencia y la conducta ética.11-14
Para la sustentación filosófica propuesta por Aristóteles, la felicidad consiste en cuando menos dos elementos: la hedonia (o placer) y la eudaimonía (una vida en plenitud). Elementos que explican también desde la psicobiología, el vínculo representativo del sentido y la reivindicación de la existencia humana. Tal es el caso del altruismo hedónico, como ejemplo de una actitud proactiva de solidaridad que a su vez genera una ganancia de placer y bienestar en quien lo provee.14
Así, la moral como concepción filosófica del discernimiento y su arraigo en las costumbres culturalmente aceptadas, y la ética como expresión cultural formal de estos preceptos y valores traducidos en normas, configura un escenario no solo argumentativo sino que se encuentra fundamentado en un sustrato neurobiológico. Por ello, se asume que la ética tiene implicaciones transferenciales a la vida diaria en los procesos intrapersonales y las acciones interpersonales, sean de carácter profesional o no, y el impacto en los individuos y la sociedad es de una gran trascendencia.14
Desde una visión global, la ética y su perspectiva filosófica y antropológica siguen vinculadas a la moral y a las costumbres socialmente aceptadas por una cultura, llevando implícita la forma en que se transmiten los valores éticos hacia la sociedad. Se asumen como un código conductual que también aplica para las áreas profesionales a manera de códigos deontológicos.15,16
En los últimos 30 años, han concurrido una serie de eventos y proyectos que han formalizado el estudio del cerebro como una prioridad, con lo que se ha logrado un mayor foco de atención. Esto ha contribuido a acrecentar la comprensión hacia los rasgos que nos hacen únicos, como también los elementos que nos hacen diferentes y nos permiten comprender la diversidad de ideas y costumbres que conforman los nuevos retos para coexistir de forma civilizada.17,18
Por otra parte, el desarrollo tecnológico ha tenido un impacto multidireccional en la identificación y comprensión de las estructuras del sistema nervioso humano desde una versión más funcional y no solo estructural. De esta forma, se ha generado una transición del conocimiento que permite conectar entornos diversos en una nueva vinculación con la conformación de redes neuronales, los mapas bioquímicos, los tractos subcorticales y las nuevas cartografías funcionales que brindan un panorama de los dominios cognitivos globales.
Estos hallazgos han dado lugar a una nueva configuración de mapas funcionales de carácter emotivo y comportamental, a partir de las contribuciones de algunos elementos neurobiológicos que sustentan la abstracción, la teoría de la mente, el pensamiento complejo y las emociones morales (prosociales), además de las primitivas, lo cual nos aproxima al reconocimiento de los sitios donde reside el discernimiento conductual de acuerdo con una escala de valores que tiene componentes biológicos intrínsecos, incluyendo los génicos y los epigénicos determinados por la cultura y la sociedad.18-20
Neuroética
La corteza prefrontal medial y lateral siguen siendo claves en esta capacidad analítica para entender lo correcto y lo incorrecto al traducir un panorama de valores asumidos culturalmente como aceptables, lo que en conjunto con otros hallazgos de la neurociencia contribuyó a que el prefijo neuro tuviese cada vez mayores implicaciones y aplicaciones en la vida común. De esta forma surgió la neuroeconomía, el neuromarketing, la neuroeducación, las neurociencias (en plural) y la neuroética.11
Hemos transitado del diseño estructural al diseño funcional, reconociendo no solo los patrones de neurodiversidad, sino las intrincadas implicaciones que representan la empatía emocional y la empatía cognitiva en los individuos, como dos elementos fundamentales de los que surge la argumentación ética desde la neurobiología evolutiva que hoy reconocemos como neuroética.21-24
Numerosas deliberaciones sobre el prefijo neuro aparecieron de inmediato y cuestionaron el valor de esta expresión semántica, que pudiera parecer una moda o un instrumento de consumo de acuerdo con las leyes del mercado, influido por grupos sociales o líderes de medios de comunicación. No obstante, la neuroética fortaleció su posición a través de la argumentación científica, por lo que en un principio se aceptó la neuroética como la neurobiología de la conducta ética, y como código deontológico entre quienes estudian el sistema nervioso.22,23
El desarrollo tecnológico en el mundo digital en el cual la inteligencia artificial y sus algoritmos tienen hoy en día un impacto de alta trascendencia en la comunicación humana, conduce a nuevos retos derivados de la interacción entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Esta precisión hace necesario un nuevo y pertinente planteamiento para vincular que la inteligencia artificial y sus algoritmos carecen aún de procesos críticos y reflexivos, lo que puede generar premisas falsas, distorsión de la realidad, alucinaciones y confabulaciones en los usuarios. Por ello, es fundamental integrar una nueva visión ética que regule y pondere estos efectos de sesgos colaterales a través de un nuevo concepto que seguramente se agregará a las dos premisas postuladas con antelación (neuroética como neurobiología de la conducta ética y neuroética como código deontológico que se aplica en el estudio del sistema nervioso): la neurociberética.23-27
Neurociberética
Este planteamiento se encuentra sustentado en la alta demanda que ha representado este concepto “sombrilla” de la inteligencia artificial, que incluye una serie de instrumentos, algoritmos y modelos de lenguaje a través del aprendizaje profundo (deep learning) que se han desarrollado con cierta autonomía en la retroalimentación, aprendizaje, análisis y, ahora, ejecución en toma de decisiones. Las alertas precautorias relacionadas con las cámaras de resonancia (eco chamber) y los sesgos en los datos desarrollados por mecanismos automatizados de producción de información han generado condiciones de riesgo que han sido señaladas como alucinaciones y confabulaciones, con potencial riesgo de distorsionar la verdad y la realidad.24
En consecuencia, se define a la pertinencia de la ciberética en la educación como la aplicación de la ética a la cibertecnología, respetando los elementos básicos del principialismo bioético que aplican a la cultura occidental. Este concepto ha sido validado a partir de la premisa de prevenir desviaciones en las decisiones que afectan a la comunidad a partir de inercias definidas por la competitividad de los mercados de consumo de tecnología, y buscar la cooperación equilibrada entre la sociedad industrial y las guías éticas consideradas básicas.24-26
Actualmente se encuentra bien definido el importante papel de la innovación en el manejo y apoyo para personas con alguna discapacidad que requieren rehabilitación de enfermedades neurológicas, como lo ha señalado el plan de acción global (2022) de la Organización Mundial de la Salud. Y se ha considerado indispensable que dichos avances se acoplen con lineamientos éticos de equidad, y que sean vinculados con la gobernanza.27 Por este motivo, la International Brain Initiative 2018 definió la importancia de la neuroética para formular guías éticas que definan las rutas de crecimiento entre los emprendedores y la neuroindustria.28 Esto aplica a la inteligencia artificial, modelos de lenguaje y otras herramientas generativas aplicadas a la investigación y diseño de neurodispositivos, en los cuales resulta prioritario que se respete la autonomía, privacidad, confidencialidad e identidad.29,30 De hecho, se definieron cuatro elementos claves a cubrir desde la perspectiva neuroética en el escenario neurotecnológico:
– Uso racional y seguro de modelos personalizados de lenguaje en enfermedades neurodegenerativas.
– Cómo esos modelos pueden afectar la identidad de las personas.
– Cómo pueden afectar su capacidad de relacionarse con otros.
– Cómo estos modelos de interfaz-cerebro-computadora pueden afectar su privacidad,31,32 incluyendo a los niños.33
Todo ello abre un nuevo frente de conflictos y dilemas éticos que no han sido considerados en la agenda neuroética tradicional.34-37
De acuerdo con estos elementos, puede resumirse la siguiente trilogía propuesta de la neuroética de acuerdo con las condiciones y retos contemporáneos:
Neuroética como neurobiología de la ética
Los circuitos identificados en la porción más nueva de la historia evolutiva del cerebro del homo sapiens residen en particular en la corteza cerebral y están vinculados con redes en el lóbulo frontal. Estos circuitos se relacionan con numerosos procesos transicionales entre las emociones primarias (primitivas) y las emociones complejas que cuentan con un componente prosocial. Redes neuronales relacionadas con el placer, la recompensa, la regulación conductual inhibitoria, la flexibilidad emocional y cognitiva, la planeación, la anticipación de riesgos, la predicción, el lenguaje y la ejecución, son algunos de los ejemplos de las redes que interactúan con las emociones complejas que definen la capacidad para desarrollar el pensamiento reflexivo y crítico que sustentará la neurobiología de la conducta ética. En otras palabras, definen los sustratos neuroanatómicos en donde reside el comportamiento ético en los cerebros de otras especies y en los más desarrollados.
Neuroética como código deontológico en el estudio de la neurociencia básica y clínica
El cerebro social y sus interacciones y relaciones con otros cerebros conforman grupos comunitarios, y define la forma en que estos grupos se comunican a través de procesos funcionales o disfuncionales, e incluso eventualmente disruptivos. Por ello, se buscaron mecanismos regulatorios que permitieran, a través de códigos comportamentales de índole teológica, religiosa, filosófica, social, jurídica, penal y civil, configurar formatos de convivencia más equilibrados. En las áreas profesionales y disciplinarias se adoptaron, además, códigos de conducta que representaban los mínimos valores aceptables para una interacción respetuosa y surgieron los códigos deontológicos, que contaban con la aceptación de grupos de pares que tenían una autoridad moral y reputación distinguida.
Entonces aparece la neuroética como código de conducta, que discierne sobre cómo se comportan los cerebros, que estudia al cerebro desde su perspectiva evolutiva, experimental, de neurociencia básica, clínica, aplicada, y en los rubros de la gestión y transferencia del conocimiento científico en la neurociencia.
Neurociberética
El advenimiento del desarrollo tecnológico, la era digital y los procesos sustentados en algoritmos que denominamos inteligencia artificial como concepto “sombrilla” acoge diferentes instrumentos. Estos cuentan con la capacidad de aprender (deep learning), de procesar datos de forma sistemática, analizarlos a través de rutas críticas, conformar diferentes modelos de lenguaje, generar nuevos datos, tomar decisiones y, además, ejecutar acciones con cierto grado de autonomía.
La vinculación existencial con la neuroética no solo es fundacional en términos representativos de la equivalencia entre la red neuronal y una red digital, sino que sus rutas analíticas se sustentan en un lenguaje algorítmico que ha avanzado con pasos enormes hacia el desarrollo de interacciones de interfaz cerebro-máquina, las cuales requieren una ponderación precautoria en cuanto a los neuroderechos y el respeto a la identidad, la confidencialidad de los datos personales y la autonomía (Figura 2).37-43

Figura 2 Diagrama que muestra las vertientes validadas para el concepto de neuroética y sus implicaciones en diferentes campos del conocimiento. Neurobiología de la conducta ética, códigos deontológicos en el estudio y abordaje del sistema nervioso y la ética en el desarrollo y aplicaciones de la neurotecnología.
Conclusiones
Las aplicaciones que hoy tiene la inteligencia artificial en todas sus facetas tienen un destino de interacción y convivencia ineludible con la inteligencia humana, que fácilmente puede entrar en sesgos propiciados por las “cajas de resonancia” de datos, y generar distorsiones de la realidad. Estas alucinaciones y eventualmente confabulaciones requieren una supervisión de la inteligencia humana, especialmente en procesos de toma de decisiones, y representan el tema central de la neurociberética, toda vez que un dispositivo inteligente no garantiza un uso inteligente.
Recapituación de los puntos de interés
– Se analizó la evolución de la neuroética con sus vertientes tradicionales que siguen vigentes respecto a la neurobiología de la conducta ética y la ética en la neurociencia.
– La incursión de la inteligencia artificial con sus diferentes modelos de aprendizaje profundo y modelos de lenguaje generativo ha permeado en todas las actividades humanas en el plano individual y colectivo. Las ciencias biomédicas no son la excepción.
– Pese a importantes evidencias de la participación de la inteligencia artificial en la neurociencia, además del desarrollo de aplicaciones y dispositivos neurotecnológicos que han generado nuevos retos, dilemas y conflictos éticos, la neuroética no ha postulado una actualización al respecto.
– Es de alta pertinencia integrar el concepto de la neurociberética en el conocimiento disciplinario de la neuroética, toda vez que existen aspectos de alta prioridad no discutidos en la agenda de la neuroética tradicional.










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